ME­DI­CI­NA POR CA­SUA­LI­DAD

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Guillermo Váz­quez Ma­ta na­ció en el año 1944 en Bar­ce­lo­na. Su pa­dre aca­ba­ba de sa­lir del cam­po de con­cen­tra­ción en el que ha­bía si­do con­fi­na­do por per­te­ne­cer al ejér­ci­to re­pu­bli­cano. Me cuen­ta que en su fa­mi­lia, co­mo en tan­tas otras, se dio la dua­li­dad de ideo­lo­gías por­que un tío su­yo era de la bur­gue­sía ca­ta­la­na y ha­bía per­te­ne­ci­do al ban­do na­cio­nal. –Mi in­fan­cia la re­cuer­do un tan­to gris y tris­te, no por­que no me di­vir­tie­ra de ni­ño, sino por­que veía el am­bien­te en­som­bre­ci­do por la mi­se­ria y la des­gra­cia. Re­cuer­do mu­cho los si­len­cios en mi ca­sa, los enor­mes si­len­cios, por­que no se po­día ha­blar de la gue­rra o de lo que ha­bía pa­sa­do. Eran tiem­pos de mu­chos mie­dos en los que la gen­te pre­fe­ría ca­llar. Guillermo me cuen­ta que se hi­zo mé­di­co por ca­sua­li­dad.

–Yo es­ta­ba muy in­de­ci­so, no sa­bía qué ca­rre­ra ele­gir. Mi pa­dre que­ría que me ma­tri­cu­la­ra en In­ge­nie­ría. Y le di­je que sí. Pe­ro iba pa­ra ma­tri­cu­lar­me en esa ca­rre­ra cuan­do el tran­vía se pa­ró en­fren­te de la Fa­cul­tad de Me­di­ci­na, que es­ta­ba en la mis­ma ca­lle. Me ba­jé y me ma­tri­cu­lé allí. No sé, fue un im­pul­so. A ve­ces la his­to­ria de ca­da per­so­na se es­cri­be con ca­sua­li­da­des, y esa fue una.

Me con­fie­sa que al prin­ci­pio la ca­rre­ra no le gus­tó y que en los pri­me­ros cur­sos sus­pen­dió mu­chas asig­na­tu­ras. Has­ta que lle­gó el ter­cer cur­so y co­men­zó a apa­sio­nar­se por cu­rar a la gen­te. –Ape­nas iba por cla­se. A mí me in­tere­sa­ba es­tar en el hos­pi­tal, apren­dien­do a pie de ca­ma. Con gran­des hom­bres de la Me­di­ci­na co­mo Ci­ril Roz­man, Pe­dro Pons o el doc­tor Ferreras, cu­yos li­bros eran de obli­ga­da lec­tu­ra en las fa­cul­ta­des de Me­di­ci­na. Emi­nen­cias con las que tu­ve al al­can­ce el co­no­ci­mien­to prác­ti­co de la Me­di­ci­na. ¿Sa­bes? En el exa­men de li­cen­cia­tu­ra sa­qué un cin­co pe­la­do, mien­tras to­dos mis com­pa­ñe­ros ha­bían sa­ca­do un so­bre­sa­lien­te. Co­mo no ha­bía ido a cla­se, me pu­sie­ron esa no­ta. Pe­ro a mí no me im­por­tó en ab­so­lu­to por­que ha­bía apren­di­do Me­di­ci­na con bue­nos mé­di­cos.

Fue uno de esos gran­des hom­bre de la Me­di­ci­na que él ci­ta, Ci­ril Roz­man, quién lo lla­mó cuan­do ter­mi­nó la ca­rre­ra pa­ra po­ner en mar­cha el ser­vi­cio de ur­gen­cias del hos­pi­tal de la San­ta Cruz y San Pa­blo, que era de los lla­ma­dos de ca­ri­dad y que ha­bía que mo­der­ni­zar­lo. Pa­só al­gún tiem­po en Fran­cia y Es­ta­dos Uni­dos, de don­de re­gre­só en el 72 pa­ra tra­ba­jar en San­tan­der.

–De allí vol­ví al Hos­pi­tal de San Pa­blo, pe­ro ya en Cui­da­dos In­ten­si­vos. Fue en­ton­ces cuan­do sa­lie­ron las opo­si­cio­nes pa­ra la cá­te­dra de Me­di­ci­na In­ten­si­va. Las apro­bé y ha­bía dos pla­zas, una en Burgos y otra en Gra­na­da. Yo es­ta­ba ya ca­sa­do con Ana y de­ci­di­mos ve­nir a Gra­na­da, pe­ro so­lo pa­ra es­tar un par de me­ses. ¡Y, fí­ja­te, los dos me­ses se han con­ver­ti­do en más de cua­ren­ta años! Re­cuer­do que vi­vi­mos en un pi­so muy hu­mil­de de la ca­lle Al­mo­na de San Juan de Dios, en un blo­que en el que to­dos los pi­sos es­ta­ban al­qui­la­dos a es­tu­dian­tes que me­tían mu­cho ja­leo por las no­ches y que ape­nas nos de­ja­ban dor­mir. Cla­ro que lue­go nos ven­ga­mos por­que nues­tro pri­mer hi­jo nos sa­lió muy llo­rón. En to­do el día no pa­ra­ba de llo­rar. Des­de en­ton­ces los que no dor­mían eran los es­tu­dian­tes, ja, ja, ja.

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Uno de los equi­pos afri­ca­nos del doc­tor Váz­quez Ma­ta.

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