VIREN VI LA VI DA REAL

Fren­te a los ar­qui­tec­tos es­tre­lla de dé­ca­das pa­sa­das, el ja­po­nés KEN­GO KU­MA tie­ne una vi­sión mu­cho más hu­ma­na: su ob­je­ti­vo no es crear edi­fi­cios, sino fe­li­ci­dad.

Harper's Bazaar (Spain) - - ESTILO - Por Ma­ría Ló­pez-Fe

Los edi­fi­cios son co­mo las per­so­nas: las hay que ha­blan y las hay que gri­tan; los míos, su­su­rran». Co­mo sus edi­fi­cios, Ken­go Ku­ma ja­más al­za la voz. No lo ne­ce­si­ta. La cohe­ren­cia de su dis­cur­so es­té­ti­co le ha per­mi­ti­do lle­gar a lo más al­to de la ar­qui­tec­tu­ra con­tem­po­rá­nea sin trai­cio­nar sus prin­ci­pios: «Lo me­jor que po­de­mos ha­cer co­mo ar­qui­tec­tos pa­ra la gen­te es crear fe­li­ci­dad». Na­da de efec­tos vi­sua­les o, co­mo él la lla­ma, «ar­qui­tec­tu­ra sin al­ma», sino to­do lo con­tra­rio: «Lo im­por­tan­te de un pro­yec­to no es que sea be­llo o es­té pen­sa­do pa­ra una re­vis­ta, sino que sea ha­bi­ta­ble. El peor pe­ca­do de un ar­qui­tec­to es que so­lo pien­se en la be­lle­za de la ima­gen, pe­ro ol­vi­de la di­men­sión hu­ma­na». Au­tor de vi­vien­das de bam­bú o cris­tal, ha fir­ma­do tam­bién me­ga­pro­yec­tos co­mo la nue­va se­de del Vic­to­ria and Al­bert Mu­seum, que se aca­ba de inau­gu­rar en Dun­dee, Es­co­cia; el Sun­tory Mu­seum of Art de To­kio, o las ofi­ci­nas ge­ne­ra­les de LVMH en Ja­pón. En to­dos los ca­sos, tie­ne muy cla­ro cuá­les son sus prio­ri­da­des: «Los ar­qui­tec­tos tra­ba­ja­mos pa­ra el cuer­po hu­mano. Esa es mi de­fi­ni­ción de la ar­qui­tec­tu­ra útil, un ti­po de ar­qui­tec­tu­ra que tie­ne una fun­ción, que se re­la­cio­na con el cuer­po y tam­bién con el en­torno». Esa es otra de sus gran­des ob­se­sio­nes: el pai­sa­je. «Cuan­do pien­so en las for­mas de un edi­fi­cio no po­de­mos ol­vi­dar­nos del pai­sa­je y de la gen­te que va a vi­vir ahí. In­clu­so si pien­sas de una ma­ne­ra ab­so­lu­ta­men­te lo­cal, to­do lo que ha­gas en ese es­pa­cio va a te­ner un im­pac­to glo­bal.To­do es­tá re­la­cio­na­do». Pa­ra Ku­ma, la for­ma no exis­te si no va acom­pa­ña­da de otro in­gre­dien­te: la cohe­ren­cia. «Pa­ra mí, la ar­qui­tec­tu­ra per­fec­ta no de­pen­de de las pro­por­cio­nes, sino de la co­mu­ni­ca­ción». Un ar­qui­tec­to cohe­ren­te que no crea di­se­ños efí­me­ros, sino edi­fi­cios per­du­ra­bles; más allá del coup de théâ­tre que ga­ran­ti­za un im­pac­to fu­gaz, apues­ta por otro ti­po de di­se­ño: na­da que ver con el de los lla­ma­dos star­chi­tects. «Si siem­pre ha­ces lo mis­mo, sea cual sea el es­pa­cio, eso no es ar­qui­tec­tu­ra, es bran­ding. El di­se­ño apro­pia­do es siem­pre nue­vo; pe­ro si cons­tan­te­men­te ha­ces lo mis­mo, eso es te­rri­ble. Pue­de que no sean tan bue­nos ar­qui­tec­tos, pe­ro sí son… ex­ce­len­tes co­mu­ni­ca­do­res».

Hos­pi­tal Ume­da, en Hi­ka­ri, Ja­pón. A la dcha., nue­vas ofi­ci­nas Hong­kou Soho en Shang­hái. La Ca­sa de Té, en Pe­kín, re­su­me per­fec­ta­men­te su fi­lo­so­fía.

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