Heraldo de Aragón

Recordando a San Valero

- Por José Luis Melero José Luis Melero es miembro de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis

En 1615 se publicó en Zaragoza la biografía de San Valero escrita por Martín Carrillo, canónigo de la Seo y catedrátic­o de la universida­d cesaraugus­tana. En ella se cuenta la peripecia de este obispo del siglo IV que es el patrón de la capital aragonesa

Martín Carrillo, nacido en Zaragoza en 1561 pero criado con sus abuelos en Velilla de Ebro, se doctoró en Cánones en 1590 y dos años más tarde ya era catedrátic­o en la Universida­d de Zaragoza. Fue también beneficiad­o de la iglesia de Santa Cruz en nuestra ciudad, canónigo de la Seo, rector de la Universida­d y diputado del Reino. Murió en Montearagó­n en 1630. Latassa escribió que Lope de Vega lo tuvo «por gloria de la nación española… por su nobleza, por sus virtudes y por sus letras». Escribió muchos libros, y entre ellos destaca su ‘Historia del glorioso San Valero, obispo de la ciudad de Zaragoza’, que imprimió Juan de Lanaja en Zaragoza en 1615. Es la biografía más conocida de San Valero, que yo compré, encuaderna­da en pergamino de la época, un día feliz de hace más de 20 años.

El poeta Prudencio, nacido en el 348 d. C., escribió que San Valero era natural de Zaragoza. Descendía de romanos, de la familia de los Valerios, muy «estimada y preciada entre ellos». Algunos de esos Valerios llegaron a Zaragoza y fueron los ascendient­es de nuestro San Valero, de cuya «crianza, estudios y principios» no tenemos certezas, aunque como nos dice Carrillo «sería de lo mejor y más virtuoso, de ejemplo y vida, que en aquella era y tiempo se podía hallar», puesto que el pueblo lo nombró obispo (por esa época a los obispos los nombraban los propios cristianos) y los obispados entonces «no se apetecían ni procuraban por hacienda ni honra, sino para ser martirizad­os», ya que ser obispo no era otra cosa que «exponerse y aparejarse para persecucio­nes, porque los primeros que las padecían eran los obispos».

Nos cuenta Carrillo que en el año 303, cuando Valero regía y gobernaba su Iglesia zaragozana, «se levantó y movió tanta persecució­n contra los cristianos, cual jamás, ni en ningún tiempo se había levantado. Porque Maximiano y Dioclecian­o pusieron grande cuidado en perder y destruir del todo los cristianos. Y para esto se valieron de los más crueles ministros que para este ministerio se pudieron hallar». Daciano fue el elegido para venir a España y aquí, dice Carrillo, «no hubo género de crueldad que no ejecutase. A unos despeñaban, a otros apedreaban, a otros quemaban vivos, a otros desollaban y cubriéndol­os de sal debajan así morir». Es la época en que «padecieron martirio Santa Engracia, San Lamberto y los Innumerabl­es Mártires de Zaragoza».

San Valero, apresado, fue llevado a Valencia, «cargado de cadenas». Le daban poco de comer «y lo más desechado, como quien lo da a perros». Debió de ser nuestro patrón tartamudo y sufrió en el camino por ello afrentas, burlas y mofas («como era algo trabado de la lengua, tomaban ocasión de esto para burlarse de él y escarnecer­le»). En la primera jornada del viaje llegaron a Cariñena y ahí San Valero, muerto de sed, hizo un milagro y sacó «agua de la tierra seca» para poder beber. Desde entonces, aseguraba Carrillo, nunca había faltado el agua allí, en un pozo que llamaron de San Valero «y lo tienen con grande veneración cercado y cubierto».

En Valencia, San Valero fue en

«Fue sepultado en el castillo de Estrada. En 1055, 740 años después, sus supuestos restos fueron trasladado­s a Roda de Isábena»

carcelado «y atormentad­o con hambre, sed y cadenas; y también con pesadísimo­s yerros que tiraban desde el cuello hasta las manos». Desterrado, con la prohibició­n de entrar en Zaragoza ni en pueblo alguno que pasase de 20 casas, «salió de Valencia a ciertos huertos fuera de la ciudad (que en tiempo de los moros se dijeron Ruzafa)», pasó por Castelnou, en el ducado de Híjar (donde se conserva como reliquia, dice Carrillo, el «hueso o nuez del hombro», y llegó a la aldea ribagorzan­a de Aneto, donde murió, «muy viejo», el 29 de enero del año 315. Fue sepultado en el castillo de Estrada, cuyas ruinas aún pueden verse, a un kilómetro de Aneto. En 1055, 740 años después, sus supuestos restos fueron trasladado­s a Roda de Isábena, y tras la conquista de Zaragoza por Alfonso I «y para una correcta restauraci­ón de la mitra cristiana», como escribió Eliseo Serrano, se trasladaro­n algunas reliquias a la Seo: primero, un brazo, el 20 de octubre de 1121, y luego la cabeza en 1170, un 27 de diciembre. Así se contó la vida de San Valero, por un rector de la Universida­d, a comienzos del siglo XVII.

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