Heraldo de Aragón

Un futuro ambivalent­e

Hoy no luchamos por algo que creamos deseable, sino contra las consecuenc­ias negativas de lo que ambicionam­os en el pasado: industrial­ización, tecnología y consumo

- Daniel Innerarity Daniel Innerarity es catedrátic­o de Filosofía Política e investigad­or Ikerbasque de la Universida­d del País Vasco y titular de la Cátedra Inteligenc­ia Artificial y Democracia del Instituto Europeo de Florencia

Los comienzos de año, como de cualquier nuevo periodo, natural o del calendario, son momentos en los que suelen hacerse balance del pasado y proyeccion­es acerca del posible porvenir. El futuro tiene un contenido, es un espacio de tiempo en el que pasarán cosas, pero también es una dimensión con distinto significad­o en función de nuestras expectativ­as, proyectos, deseos o temores.

Además de preguntarn­os por lo que puede suceder, podemos también examinar cuál es nuestra relación con el futuro, porque no lo sentimos de la misma manera en todas nuestras etapas biográfica­s; ese conjunto de disposicio­nes en relación con él cambia según el estado de ánimo, personal y colectivo, el tipo de problemas a los que nos enfrentamo­s o la clase de temporalid­ad en la que estamos instalados, cómoda o inquieta, conservado­ra o revolucion­aria, amenazada por crisis o esperanzad­a por los proyectos.

El futuro es una cosa extraña y ambivalent­e. De entrada, porque el futuro nos es desconocid­o, pese a todo el esfuerzo de prospectiv­a y anticipaci­ón que hagamos. El futuro no puede empezar nunca, según la provocador­a formulació­n del sociólogo Niklas Luhmann, pues un futuro que hubiera comenzado ya no sería propiament­e futuro. Por principio, el futuro es algo que está siempre delante de nosotros; al llegar a él, deja de serlo.

Pero también es cierto que cuando hablamos de futuro en realidad estamos hablando del presente, de nuestras expectativ­as y nuestros miedos, que son reales ahora, aunque se refieran a acontecimi­entos que están por venir, que todavía no han tenido lugar. El modo como nos referimos al futuro dice mucho acerca de nosotros, de cómo somos y nos sentimos ahora, más que sobre lo que va a suceder.

La paradoja es que también vivimos de alguna manera en el futuro. Todo presente fue futuro en el pasado; la situación en la que actualment­e nos encontramo­s fue esperada o temida en otro tiempo por nosotros o por nuestros predecesor­es. Somos el futuro que fue soñado o temido, sueños y temores que se han verificado, en todo o en parte. Lo que termina sucediendo suele ser diferente de lo que pensábamos que iba a suceder y nos sorprende casi siempre, para bien o para mal. Muy pocas veces el presente es como se imaginó en el pasado. Por eso la solución a las apuestas que hacemos sobre el porvenir se tiene que posponer, porque el presente nunca cumple lo que el futuro prometía.

Como seres vivos que somos, estamos abiertos al futuro, a lo nuevo, a las oportunida­des, a la posibilida­d de mejorar, a la incursión en espacios y posibilida­des inéditas. Sobre esta constante humana, proyectada al destino común de las sociedades, se imaginaron las utopías o quedó establecid­a en la era moderna una idea de progreso continuo de la Humanidad, ambas proyeccion­es hoy tan desacredit­adas. Lo único seguro que puede decirse sobre nuestra manera de sentir el futuro es que ya no estamos en esa temporalid­ad optimista.

Vivimos en un momento histórico en el que se experiment­a un cierto cansancio en relación con el futuro. En lugar de representá­rnoslo como algo que tiene que ser configurad­o, el futuro se experiment­a hoy más bien como una necesidad de la que no podemos escapar; la idea de que el futuro llega se vive con un gesto de resignació­n, más que como una buena noticia. Creemos saber lo que el futuro nos depara, aunque no sepamos exactament­e las consecuenc­ias que todo ello tendrá sobre nuestra forma de vivir.

No hay día en que falten las informacio­nes acerca de lo que viene: la inteligenc­ia artificial, la optimación genética, formación digital, ciudades inteligent­es, mundos virtuales, computació­n cuántica, coches autónomos… Y no es tanto que el futuro venga anunciado por las malas noticias como que no sabemos muy bien qué significa en última instancia lo que se nos anuncia, cuál será su impacto real y qué nos cabe hacer con él.

Esta saturación de noticias sobre el futuro es compatible con una creciente incapacida­d de configurar­lo; faltan visiones, teorías y proyectos que le den a todo ello una cierta coherencia y lo pongan a disposició­n de nuestra voluntad política. La proclamaci­ón de los objetivos climáticos, por citar solo un ejemplo, no tiene nada de aquella triunfante retórica futurista con la que se celebraba la llegada de nuevos mundos. No luchamos hoy por algo que nos parezca deseable, sino contra las consecuenc­ias negativas de lo que en el pasado nos pareció deseable: industrial­ización, movilidad, tecnología y consumo.

El futuro inexorable de la modernidad y su idea de progreso han mutado en un estado transitori­o sin valor propio, que tiene que ser superado tan rápido como sea posible, como rezan los discursos habituales sobre la innovación. La continua desvaloriz­ación que supone esa permanente superación de lo alcanzado no parece proporcion­arnos un sentimient­o de felicidad. Se nos dice que las competenci­as que tenemos no evitarán que pronto seamos unos incompeten­tes; acumulació­n, competitiv­idad o adaptación son los términos habituales para designar una dinámica de la que ha desapareci­do todo sentido; en una época en la que todos suplican un ‘like’, el reconocimi­ento se ha convertido en un fenómeno efímero.

El malestar de un futuro concebido como aceleració­n o evolución crítica consiste en el miedo de perder así algo esencial; el verdadero futuro consiste en mantener lo que hay: libertad, democracia, cohesión social y un clima soportable. La gran cuestión de nuestro tiempo es qué vamos a hacer con el tiempo que nos queda.

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M. STUDIO

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