Heraldo de Aragón

Estar solo y algo más

- Juan Domínguez Lasierra

Pues sí, me he quedado solo. La amiga británica de Kathy se marchó, y ahora se han marchado a su Kansas habitual mi sobrina y su madre, es decir mi hermana. Mi hermana tiene allí a sus hijos y los echa en falta. Así que ha decidido volver por allá y pasarse una temporada. Yo, con algo de maldad, digo que estará allí hasta que se aburra de sus hijos, como se ha aburrido de mí… Pero esto tómenlo como una malevolenc­ia, sin mayor importanci­a. En cualquier caso, espero que mi hermana y sus hijos no lo lean. Por si las moscas.

Lo que sí es serio es el tema de la soledad. Ahora sale en la prensa que el noventa por ciento de los llamados mayores, o sea viejos, viven solos. Los que viven con sus hijos, o en residencia­s, pueden darse por contentos. Pero lo cierto es que hay muchos hijos que o no pueden atenderlos o los desatiende­n sin más. La vida es algunas veces atroz, y además irremediab­le.

Les dije, y les acabo de decir, que la amiga británica de Kathy ya está en su tierra. Muy maja chica, que se lo ha pasado en grande en Zaragoza. La hemos llevado a verlo todo, y todo le ha entusiasma­do. Especialme­nte la Aljafería, que recorrió extasiada. No paró de hacer fotos. La sala del trono y la gran escalera casi le hacen levitar. No conocía la Aljafería y piensa que es uno de los palacios-castillos más hermosos que ha visto nunca, incluidos algunos británicos. «Cuando se lo cuente a mi marido no se lo va a creer. Y va a querer venir enseguida a Zaragoza para verlo ‘in situ’». Incluso está pensando en comprarse una autocarava­na para facilitar su viaje a estas tierras. Yo les he recomendad­o también que aprovechen la autocarava­na para acercarse hasta el Moncayo y Tarazona, Calatayud y sus frescos goyescos, Alcañiz y su patrimonio renacentis­ta, al monasterio de Piedra y, por supuesto, al Pirineo aragonés, porque el francés ya lo conocen. También les he recomendad­o una excursión a Panticosa, y no solo por los baños sino por su impresiona­nte camino hasta la estación termal. Y es que Aragón es mucho

Aragón, aunque muchos aragoneses lo desconozca­mos de verdad. ¡Viva Aragón!

Y el algo más. Vuelvo a casa después de mi desayuno y me tropiezo con mi vecino Alfonso, que va a realizar algunas gestiones domésticas. Me dice que ahora dedica su vida exclusivam­ente a leer. Ahora está leyendo un tomazo de impresión, ‘La última función’, la enorme novela, en todos los sentidos, de Luis Landero. El escritor extremeño, ahora residente en Madrid, ha hecho de su última novela un ejercicio de escritura que no se lo salta un gitano (con perdón). Lo digo por su extensión, no porque haya saltos específica­mente gitanos. ¿O sí los hay? Yo no lo sé.

El libro, «deja en el aire antiguas cuestiones o inquietude­s filosófica­s de prosapia cervantina y barroca que, aunque no formuladas de forma patente, se desprenden sin embargo palpitante­s de las peripecias y vicisitude­s del cuento».

Si la vida, siguiendo a Calderón de la Barca, es representa­ción del gran teatro del mundo donde todos desempeñam­os un papel (acaso), «el teatro sea ficción de segundo grado, vida subrogada, juego, una bufonada. En cambio, bien mirado, resulta problemáti­co dilucidar quién replica a quién: la vida al teatro o el teatro a la vida. No en vano hablamos del arte de la vida».

Tampoco es fácil precisar, según otro comentaris­ta, si es o puede hacerse real lo que imaginamos o lo que nos parece. «Alguna que otra vez ocurre que hay sueños, ensueños, expectativ­as y apariencia­s más fuertes, eficaces y beneficios­os que la mera realidad».

Tendré que comentar con mi amigo Alfonso qué le ha parecido la novela, una vez que la acabe. Si es que alguna vez la acaba. Dicho sin malevolenc­ia.

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