Heraldo de Aragón

Giuseppe, el cicerone

- Juan Domínguez Lasierra

Se llama Giuseppe Bartolomeo y es de La Basilicata, frontera con La Apulia, en el sur siciliano. Giuseppe es un maestro de maestros, pues ha enseñado historia a generacion­es de alumnos, aquí en España y en otros muchos lugares. Un maestro de valores, que él ha transmitid­o con devoción.

Ha sido mi ‘chico’ Giovanni quien me ha impulsado a conocer al maestro. Giovanni y Luisa, su compañera, lo habían tratado hace años. A Giuseppe lo conocieron cuando hacía de cicerone para los extranjero­s que visitaban Zaragoza, y a los que obsequiaba con un recorrido pleno de sabiduría histórica. Aquello era más que una excursión. Algunos que ya habían estado en la ciudad declararon que de verdad, de verdad, aquella era la primera vez que descubrían el auténtico rostro de la capital del Ebro. Ahí es nada.

Giuseppe, pese a sus muchos años, sigue manteniend­o un espíritu activo y juvenil. Todos los días recorre las orillas de nuestro río durante un par de horas. Vinculado muchos años a la Societá Dante Alighieri, todavía hay alumnos que lo recuerdan como un maestro ejemplar.

Se ha casado Nieves, la primogénit­a de Xuan, el chino, el dueño de Maiomar, uno de los bares frente a mi casa. Nieves es una chica muy guapa que ha conquistad­o el corazón de otro chico chino, además de guapo, y no han celebrado el evento en cualquier sitio. Se han ido nada menos que a París, ‘oh, lá lá’. Y hasta la capital francesa se ha desplazado toda la familia, numerosísi­ma, de padres, hermanos, hijos, nietos, amigos… Nieves y su chico han venido encantados de la ciudad de su amor, y el patriarca, o sea Xuan, está tan encantado como ellos. Ya ha aprendido a decir ‘bon jour’, aunque él lo pronuncia tan raro, al estilo chino, que casi no se le entiende. Pero la sonrisa lo delata. Ha venido encantado. Y hasta nos invitó a una copa de un champán chino, que no parece champán, pero da lo mismo. Lo que vale es la intención.

Volviendo a Giovanni, y a Luisa, hoy han venido a casa para comer conmigo. Giovanni, como buen italiano, es un experto cocinero, y ha preparado tantas cosas que tengo comida para varios días. Y aún sobrará. Ha hecho unos tallarines que no se los salta un gitano (con perdón). Y unas hamburgues­as que no tienen nada que envidiar a las que comí en mi reciente viaje a los USA, o sea a yanquiland­ia. Después de la comida nos vamos a tomar un poco el aire. Bueno, en realidad nos vamos hasta el chino frente a casa, porque, entre otras cosas, tenemos que felicitar a Nieves por su reciente matrimonio.

Viene Mauro a cortarme el pelo. Mauro es mi chico italiano de Milán y viene a casa a ejercer su oficio de peluquero. Heidi, mi cocinera nica, o sea, nicaragüen­se, le dice a mi chico milanés que me deje bonito. Cuando Mauro termina de tomarme el pelo, en su escricto sentido, le pregunto a Heidi si he quedado bonito. Me dice que sí, pero que me tiene que quitar la barba, para que esté aún más bonico. Mauro y yo nos oponemos. Quitarme la barba sería como quitarme la identidad. Y bastantes cosas ya en la vida nos la quitan. Así que dejaremos la barba como está. Aunque no le guste a Heidi, que por cierto es una mujer de armas tomar, como su homónima de las montañas tirolesas. Tal para cual, menuda pareja.

Me miro en el espejo y contemplo lo bonico que estoy. Casi no me reconozco. Las chicas de Calgary (Merche, Mary, Marisol, María Teresa…), mi principal referencia cafetera, seguro que me encuentran bonico. Así que todo está bien, en el mejor de los mundos posibles. Aunque sean imposibles, según la pesimista Marisol, que todo lo ve oscuro. La verdad es que sí están oscuros los tiempos, y no solo por la niebla que lo opaca todo. Pero de esto ya hablaremos en otro momento, que ahora solo tengo espacio para decir amén.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain