Heraldo de Aragón

Comerse un clon

- Juanma Fernández @juanmaefe

La gran huella de innovación y calidad que ha dejado Aragón en Madrid Fusión supone un hilo de esperanza ante un panorama muchas veces desolador en las grandes ciudades. Mi exilio laboral en Madrid me conecta con la hostelería aragonesa cuando hablo con mi hermana o mis amigos. Rara es la vez en que no me recitan un montón de sitios a los que «tenemos que ir». Y no solo en Zaragoza sino por todo el territorio de una región ‘vaciada’ de relevo generacion­al en algunas zonas pero que, por fortuna, sostiene la tensión de esos puntos a los que acudir, aunque solo sea por comer. Esto, como digo, es una alegría inmensa. Madrid, que cada vez es más un decorado donde a la autenticid­ad y a la originalid­ad les toca resistir para sobrevivir, está padeciendo en los últimos años una vergonzant­e repetición de cartas y menús que ponen muy complicado arriesgart­e a salir a una mesa fuera de casa. Obviamente no estoy hablando de restaurant­es donde cada comensal debe apoquinar alrededor de sesenta u ochenta euros; me refiero a esa oferta gastronómi­ca para una mayoría que también tiene derecho a disfrutar por veinte o treinta euros. La proliferac­ión de croquetas de chipirones, tataki, hamburgues­as de carne ‘deluxe’, gyozas, algún plato con lo que dice ser atún rojo y, cómo no, tarta de queso, obedece ya a una clonación en la oferta de la capital tal, que ni en Corea del Norte se ha visto homogeneid­ad igual. Esto obliga al residente en Madrid a guardar como oro en paño los rincones de buena mesa que pelean para no ser otro clon, pero también le sitúan en cierta perplejida­d cuando se llega a Aragón, que sostiene una oferta con mucha más personalid­ad. En la propia Zaragoza, resulta una suerte ya no solo los magníficos restaurant­es que hay para bolsillos de la ancha clase media sino, como apuntaba hace poco un buen amigo, la fortuna de que muchos de ellos no pivoten únicamente en el centro de la ciudad. Las Fuentes, plaza San Francisco, Delicias… son barrios con una oferta gastronómi­ca que, más allá del casco histórico, sostienen negocios con una apuesta que además es capaz de ir más allá de la tradición. Un hecho notable para quienes vemos desde fuera cómo la despersona­lización de la comida es una amenaza real para una mayoría que quiere platos accesibles pero con evolución y memoria. sión, la vida te llevó al medio rural a seguir sirviendo a los demás, y allí donde fuiste llevaste la felicidad. Recuerdo cuando me decías la alegría que sentías al haber podido llevar a gente de ochenta años, que en su vida habían visto el mar; tú lo conseguist­e. Volviste a la ciudad para cuidar de tus padres y me decías qué satisfacci­ón era poderles cuidar hasta el final de sus días. Teníamos unos planes ahora que yo iba a disponer de más tiempo libre que no podremos realizar, pero te prometo que cuando lo haga allí estarás conmigo en mi corazón. Me acompañast­e en los momentos más importante­s de mi vida y en la tristeza de despedir a mis seres queridos, y hoy me tengo que despedir de ti. No me lo creo, me queda el consuelo de que te reunirás con tus padres y hermana que tanto querías y cuidarás de nosotros. Escribo esto en homenaje a tu persona, aunque el homenaje nos lo diste en vida a todos los que te conocimos y compartimo­s tu amistad. Jesús Ángel Lázaro Peiró ZARAGOZA

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