Ma­yo del 68: el gri­to de la con­cien­cia

Historia de Iberia Vieja - - EDITORIAL - Bruno Car­de­ño­sa Di­rec­tor @His­to­riaI­be­ria

Ha pa­sa­do me­dio si­glo. No fue ayer, pe­ro ca­si, aun­que no hay pe­ro pa­ra de­cir que fue el co­mien­zo de la his­to­ria mo­der­na.

No tie­ne na­da que ver ni con ideas, ni con po­lí­ti­ca, ni con na­da que no sea la so­cie­dad. Se­gu­ra­men­te el mun­do ne­ce­si­ta­ba nue­vos mo­de­los y ma­yo del 68 aca­bó por per­fi­lar­los. Fue un gri­to que se iden­ti­fi­ca con Pa­rís, por­que allí em­pe­zó to­do, pe­ro es al­go que afec­tó al mun­do en­te­ro y que em­pe­zó a di­bu­jar un mo­de­lo de vi­da que es­tá en ple­na for­ma­ción y que se cons­trui­rá día a día. Oja­lá se im­pli­ca­ran to­dos los paí­ses –en los del pri­mer mun­do tam­bién hay pro­ble­mas, na­da es per­fec­to, pe­ro nues­tros pro­ble­mas no son co­mo los de ellos, y hay que cam­biar el mun­do en­te­ro–. Ese ma­yo del 68 fue el co­mien­zo de una nue­va era, po­si­ble­men­te una de las me­jo­res co­sas que ocu­rrie­ron a lo lar­go de es­te si­glo de gue­rra y muer­te.

Que na­die se ol­vi­de de que du­ran­te el si­glo XX ha muer­to en conflictos ar­ma­dos más gen­te que en to­da la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad,

pe­ro oja­lá den­tro de dos, cua­tro o diez si­glos, cuan­do los li­bros cuen­ten qué pa­só en es­te tiem­po, se re­cuer­de tam­bién lo que su­ce­dió en Pa­rís; por­que en esa ola de con­cien­cia lo im­por­tan­te eran las per­so­nas, sus re­cla­ma­cio­nes es­ta­ban di­ri­gi­das a te­ner una vi­da me­jor y los que par­ti­ci­pa­ron en esas re­vuel­tas que­rían que ellos y sus hi­jos y las fu­tu­ras ge­ne­ra­cio­nes pu­die­ran le­van­tar la vis­ta y so­bre­vi­vir con sus co­ra­zo­nes cu­bier­tos y, so­bre to­do, con sus es­tó­ma­gos lle­nos.

Ha­bi­tual­men­te se pien­sa que ma­yo del 68 no pa­só por Es­pa­ña. Y co­mo mos­tra­mos aquí, eso no es cier­to. Vi­vía­mos en una épo­ca de dic­ta­du­ra fé­rrea y lo que se es­ta­ba de­fen­dien­do en Pa­rís era con­tra­rio a lo que el ré­gi­men que­ría.

El po­der que­ría que las con­cien­cias de la gen­te es­tu­vie­ran ata­das y lo que se re­cla­ma­ba era pre­ci­sa­men­te que esas con­cien­cias fue­ran li­bres.

Allí se cla­ma­ba por una libertad de la que tam­bién aquí nos be­ne­fi­cia­mos. Cuan­do se glo­san los gran­des lo­gros so­cia­les, te­ne­mos que sa­ber que esos gran­des lo­gros co­men­za­ron ahí. Y que no co­men­za­ron por ge­ne­ra­ción es­pon­tá­nea, sino que to­do fue po­co a po­co lar­ván­do­se has­ta que la so­cie­dad se hi­zo ma­yor y sa­lió de su ca­pa­ra­zón. Una dé­ca­da an­tes –co­mo se pue­de com­pro­bar en es­tas pá­gi­nas– co­men­za­ron en la uni­ver­si­dad una se­rie de mo­vi­mien­tos cu­yas re­cla­ma­cio­nes so­cia­les eran muy si­mi­la­res a las que una dé­ca­da des­pués es­ta­lla­ron en el mun­do en­te­ro. Bueno, la pa­la­bra es­ta­llar no es la ade­cua­da, por­que to­das las re­cla­ma­cio­nes re­que­rían que se aca­ba­ran la vio­len­cia y las gue­rras. No hay me­jor ca­mino pa­ra la libertad que la paz. Por eso el sím­bo­lo de ma­yo del 68 es una flor. El mun­do tie­ne que ser así. Y sus pé­ta­los so­mos no­so­tros.

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