El ca­fé de CHINITAS

Historia de Iberia Vieja - - ÁGORA -

La pla­ca re­za: “Aquí es­tu­vo el Ca­fé Can­tan­te de Chinitas, que fue par­te esen­cial del al­ma fes­ti­va de la ciu­dad de Má­la­ga y es­ce­na­rio del in­mor­tal can­te de Fe­de­ri­co Gar­cía Lor­ca”. Y aña­de: “En el ca­fé de Chinitas di­jo Pa­qui­ro a su her­mano: ‘Soy más va­lien­te que tú, más to­re­ro y más gi­tano’”. Y con­clu­ye: “Má­la­ga a Fe­de­ri­co, en el L aniver­sa­rio de su muer­te. Ayun­ta­mien­to de Má­la­ga. Agos­to. 1986”.

No­so­tros no es­tu­vi­mos en el ca­fé de Chinitas de Má­la­ga, clau­su­ra­do en 1937. To­do lo más he­mos ca­mi­na­do por el pa­sa­je del mis­mo nom­bre y fo­to­gra­fia­do su fan­tas­ma en for­ma de pla­ca. No­so­tros, de­ci­mos, no he­mos es­cu­cha­do la voz de ni­ña de Juan Bre­va, que, co­mo sa­be­mos, te­nía cuer­po de gi­gan­te. To­do lo más he­mos leí­do a Fe­de­ri­co, jon­do y vi­vo.

RADIOGRAFÍAS DEL AL­MA

El ca­fé de Chinitas se lo tra­gó la tie­rra y la tie­rra se tra­gó a Fe­de­ri­co. Nos tra­ga a to­dos, la tie­rra; y esas pla­cas que el ayun­ta­mien­to po­ne –o que el ayun­ta­mien­to qui­ta– son co­mo radiografías que se to­man a las al­mas muer­tas. No­so­tros so­mos los que apa­ga­mos las lám­pa­ras de cris­tal y, por eso, no nos re­fle­ja­mos en los es­pe­jos ver­des.

Ha­bía un piano en el ca­fé de Chinitas, me­sas­ve­la­do­res pa­ra el co­mún de los mor­ta­les y pal­cos pa­ra quie­nes se creían otra co­sa. Co­rría el vino fino y ga­lo­pa­ba el aguar­dien­te de Ma­cha­co. Un día bai­la­ba La Ar­gen­ti­ni­ta y otro can­ta­ba por ma­la­gue­ñas An­to­nio Cha­cón. Jua­ni­to Val­de­rra­ma era un pi­pio­lo y La Tri­ni ya es­ta­ba tuer­ta. Fue un tem­plo y un bur­del. Si llo­vía, no im­por­ta­ba.

Una na­va­ja por aquí, un to­re­ro de car­tel por allá; y el ca­fé se lla­mó así por las pie­dre­ci­tas que gus­tan de co­lar­se en los za­pa­tos o por uno al que de­cían Chinitas. To­do es in­cier­to y má­gi­co. To­do es fla­men­co. Sea co­mo fue­re, el ca­fé ce­rró sus puer­tas allá por 1937, el año de la “des­ban­dá”, cuan­do la N-340 se con­vir­tió en la dia­na de unos cri­mi­na­les y el doc­tor ca­na­dien­se Nor­man Bet­hu­ne se ga­nó al­go más que una pla­ca. ¡Qué ar­te he­mos te­ni­do siem­pre los es­pa­ño­les pa­ra ma­tar­nos!

A fi­na­les de los años se­sen­ta del pa­sa­do si­glo, un pro­yec­to re­cu­pe­ró el sue­ño del Chinitas, tras­plan­ta­do a la ca­lle To­ri­ja de Ma­drid. Uno va, se to­ma al­go y vi­bra un par de ho­ras con el fla­men­co, sin na­va­jas ni llan­tos, pe­ro sí con Lor­ca, jon­do y sem­per­vi­vum. "La tie­rra no pu­do tan­to", di­jo otro poe­ta.

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