EL GE­NE­RAL DE LOS ELE­FAN­TES

De to­dos los gru­pos que lu­cha­ron en la se­gun­da gue­rra pú­ni­ca, el más fa­mo­so ni si­quie­ra era hu­mano.

Historia y Vida - - CARTAGO -

LOS ELE­FAN­TES DE GUE­RRA uti­li­za­dos por Aní­bal sa­lie­ron en su ma­yo­ría de las sel­vas del nor­te de África. En su ma­yo­ría, por­que al me­nos uno de ellos era de tie­rras mu­cho más le­ja­nas. Se lla­ma­ba Si­rio y es pro­ba­ble que fue­ra in­dio. ES­TE ELE­FAN­TE, RE­COR­DA­DO co­mo el más va­lien­te de aque­llas bes­tias pe­se a que so­lo te­nía un col­mi­llo, ha­bría lle­va­do a Aní­bal a cues­tas cuan­do el ge­ne­ral per­dió un ojo. Y, de ser real su pro­ce­den­cia, fue el más exó­ti­co de los com­ba­tien­tes en la gue­rra y, sin du­da, el más via­ja­do de to­dos.

REALI­DAD O LE­YEN­DA de Si­rio apar­te, los ele­fan­tes (aba­jo, en Za­ma) cau­sa­ron una fuer­te im­pre­sión en las ciu­da­des ita­lia­nas, co­mo ates­ti­guan las mo­ne­das que al­gu­nas acu­ña­ron mos­tran­do la estampa de las ate­rra­do­ras bes­tias.

PE­RO LOS RO­MA­NOS se qui­ta­ron pron­to el mie­do a es­tas mons­truo­si­da­des. Apren­die­ron a de­rro­tar­los con de­pu­ra­das tác­ti­cas, co­mo la de que­brar sus pier­nas y to­bi­llos a ha­cha­zos o lan­zar cer­dos en­vuel­tos en lla­mas con­tra ellos. No po­de­mos de­cir que los an­ti­guos fue­ran gran­des de­fen­so­res de los ani­ma­les.

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