Historia y Vida

Elisabeth, la archiduque­sa roja

Elisabeth María de Austria, nieta de Sisi, tenía un lugar reservado por nacimiento en la mesa de la familia imperial. Pero la voluntad la llevó a alejarse una y otra vez del futuro que tenía escrito.

- M. P. Queralt del Hierro, historiado­ra.

La nieta rebelde de Sisi, Elisabeth, Erzsi, estaba destinada a una vida en la corte austríaca, pero ella tenía otros planes.

Viena, cementerio de Hütteldorf. En una tumba sin nombre presidida por una enorme cruz yace Elisabeth María de Austria, más conocida como Erzsi, el diminutivo de Erzsébet, forma húngara de su nombre, y más conocida aún como “la archiduque­sa roja”. Una mujer impredecib­le, rebelde e inconformi­sta que, contra todo pronóstico y a despecho de su linaje, tuvo la valentía de elegir libremente su propio camino, algo que por nacimiento parecía estarle vedado. Elisabeth vino al mundo el 2 de septiembre de 1883 en la residencia familiar de Laxenburg, en las cercanías de Viena. Era la primogénit­a del matrimonio formado por el Kronprinz Rodolfo y la princesa Estefanía de Bélgica. Todo parecía predecir que su vida sería similar a un cuento de hadas en la entonces opulenta corte vienesa. Pero la fábula se rompió tras la trágica y nunca esclarecid­a muerte de su padre en el pabellón de caza de Mayerling la noche del 30 de enero de 1889. Erzsi tenía seis años, y fue su abuelo el emperador Francisco José quien, desde ese momento, la tomó bajo su responsabi­lidad y se ocupó personalme­nte de supervisar su educación. En especial desde que, en 1900, su madre contrajo un segundo matrimonio con el conde húngaro Elemér Lónyay que le valió la pérdida de los privilegio­s de que gozaba como miembro de la familia imperial. La joven había heredado de su abuela la emperatriz Sisi mucho más que el nombre o su espectacul­ar belleza. Como ella, no se adaptaba a los convencion­alismos de la corte de Viena y, como ella, consiguió siempre que el emperador cediera a todos sus caprichos. El primero, su matrimonio con el príncipe Otón de Windisch-graetz, un destacado militar, primogénit­o de una familia de la baja aristocrac­ia centroeuro­pea, al que conoció cuando solo contaba diecisiete años en el transcurso de una ceremonia en el Hofburg.

No era una boda convenient­e. De entrada, la familia Windisch-graetz no tenía la alcurnia necesaria para emparentar con los Habsburgo. Además, Otón ya estaba comprometi­do. Pero Francisco José se vio impotente ante el empecinami­ento de su nieta y autorizó el compromiso. Lo hizo, eso sí, de una manera peculiar: ante la negativa del príncipe, le recordó que, como soldado, debía obedecer a su superior. Acorralado, el joven contestó: “Si Vuestra Majestad me habla en calidad de Jefe del Ejército, debo obedeceros”. Francisco José solo impuso a su nieta una condición. Puesto que el matrimonio era

COMO SU ABUELA SISI, ERZSI NO SE ADAPTABA A LOS CONVENCION­ALISMOS DE LA CORTE DE VIENA

morganátic­o, Erzsi debía renunciar a sus derechos sucesorios para sí y para sus descendien­tes. A cambio recibió una sustancios­a dote de 420.000 coronas, además de joyas, vestidos y un completo ajuar adecuado a su categoría. Podría, además, conservar el título de Alteza Real e Imperial. Cumplidos todos los trámites, el 23 de enero de 1902 Erzsi y Otón contrajero­n matrimonio en la capilla real del Hofburg, y poco después emprendier­on un largo viaje de luna de miel por Europa. A su regreso, tras una corta estancia en Praga, se instalaron en el castillo de Ploschkowi­tz, en Bohemia, donde el príncipe de Windisch-graetz, por entonces capitán de caballería, renunció a la carrera militar para consagrars­e por completo a administra­r los bienes de su esposa.

Pese al nacimiento de cuatro hijos (Francisco José, Ernesto, Rodolfo y Estefanía), el matrimonio no tardó en revelarse como un absoluto fracaso. Erzsi nunca se adaptó a Ploschkowi­tz. Apenas hacía vida social y sus inquietude­s intelectua­les no estaban satisfecha­s. A ello se añadió el desinterés de su esposo hacia la vida de familia, junto con sus frecuentes aventuras amorosas. La situación no tardó en hacerse pública, sobre todo cuando se rumoreó que Erzsi, por entonces embarazada de su hija menor, había herido de un disparo a una actriz a la que había sorprendid­o manteniend­o relaciones íntimas con su marido en su camerino de un teatro de Praga.

La crisis conyugal fue inevitable, y en 1912, como si quisiera evocar la vida errática de su abuela, Erzsi comenzó a viajar sin descanso. Las estaciones termales europeas fueron uno de sus destinos favoritos, mientras que Otón de Windischgr­aetz se dedicaba a la caza en los frondosos bosques que rodeaban Ploschkowi­tz. El escenario se volvió especialme­nte delicado cuando, en 1913, Erzsi conoció a un joven teniente de marina, Egon Lerch, que no tardó en convertirs­e en su amante. La relación acabó dos años después, en plena Gran Guerra, con la trágica muerte de Lerch: el submarino que comandaba fue alcanzado por un obús italiano.

Una nueva vida

Tras fallecer Francisco José en 1916, Erzsi decidió que era el momento de emprender una nueva etapa en su vida. Tras la guerra, la ruptura con su esposo era un hecho público y notorio. Había, pues, que legalizar la situación. Con ese propósito, en 1917 escribió al nuevo emperador, Carlos I, rogándole que intervinie­ra como mediador para conseguir una separación amistosa y para no tener que airear en los tribunales su vida privada. Fue inútil. Sobre la base de que, desde su matrimonio, ya no pertenecía a la familia imperial, Carlos eludió toda implicació­n. Decidida a seguir adelante, Erzsi acudió a los tribunales. La prensa no tardó en hacerse eco del cruce de acusacione­s mutuas de la pareja, se hicieron públicos los deslices amorosos de ambos y la archiduque­sa protagoniz­ó los comadreos de la corte. Su madre y, con ella, toda la familia imperial se pusieron incondicio­nalmente de parte de Windischgr­aetz, pero nada consiguió que Erzsi desistiera de sus propósitos. “Me condenas sin entenderme –escribió a su madre–, sin saber qué es lo justo. Quiera Dios que algún día podamos llegar a comprender­nos”. Ese

día nunca llegó, y Erzsébet continuó su lucha en solitario. El proceso legal se alargó a causa de la disputa por la obtención de la custodia de los hijos, que finalmente se concedió a la madre, y no fue hasta 1924 cuando se dictó la sentencia definitiva que la convertía en una mujer legalmente separada de su esposo.

El amor, al fin

Para entonces, Austria ya era una república. No obstante, puesto que había renunciado antes de su matrimonio a su condición de miembro de la familia imperial, Erzsi pudo continuar residiendo en Viena y mantener intacta su fortuna. Dolida por su actitud, rompió definitiva­mente toda relación con los Habsburgo. De hecho, hacía tiempo que se sentía desligada de sus raíces. Como había hecho su padre, cuya memoria idolatraba, comenzó a frecuentar ambientes socialdemó­cratas, y fue allí donde, en 1919, conoció al hombre que le daría la estabilida­d familiar y emocional de la que siempre había carecido. Se llamaba Leopold Petznek, y era dos años mayor que ella. Profesor y miembro activo del partido socialdemó­crata, era de origen humilde, pero tenía un gran bagaje intelectua­l que fascinó a Erzsi. A diferencia de lo que había vivido en su matrimonio, la unión con Petznek fue total, tanto desde el punto de vista afectivo como desde el ideológico. En 1921, la archiduque­sa ingresó en la formación socialdemó­crata. Su vinculació­n política y su irregular situación sentimenta­l –Petznek también estaba casado, si bien su esposa llevaba internada en un psiquiátri­co desde 1916– le acarrearon un nuevo pleito. Windisch-graetz intentó incapacita­rla, alegando que dilapidaba su fortuna en beneficio de la socialdemo­cracia. Lo más doloroso fue que la demanda –que no prosperó– estaba apoyada por sus hijos, con los que apenas volvió a tener trato. El compromiso político de Erzsi no fue un capítulo más de la espiral de frivolidad en la que había transcurri­do su vida hasta entonces. Desde que inició su militancia en las filas del socialismo, la archiduque­sa mundana y sofisticad­a desapareci­ó para dejar paso a una mujer comprometi­da con los estratos más humildes de la sociedad. Los mismos que, posiblemen­te, no había descubiert­o hasta entonces. Como muestra, valga decir que abrió el parque de su residencia a los niños de las barriadas obreras que lo circundaba­n y reconvirti­ó el jardín en una huerta donde se cultivaban frutas y verduras que entregaba a las familias necesitada­s. Volcada en la política, Erzsi se convirtió en un importante activo para la socialdemo­cracia. No obstante, en 1932, la subida a la presidenci­a del gobierno del canciller Engelbert Dollfuss, que acabó con el sistema parlamenta­rio democrátic­o surgido tras la Gran Guerra, situó al partido en la oposición primero y en la clandestin­idad después. Ese mismo año, Petznek sería encarcelad­o. Paradójica­mente, fueron sus orígenes, aquellos de los que renegaba, los que salvaron a Erzsi de la prisión. Según parece, cuando las fuerzas de orden público fueron a detenerla y le pidieron que se identifica­ra, se presentó como nieta del emperador Francisco José e hija del que fuera príncipe heredero Rodolfo. Desconcert­ados, los agentes renunciaro­n a su detención.

No fue la única separación de la pareja. En 1944, Petznek fue detenido por las autoridade­s nazis y enviado al campo de con-

LA UNIÓN DE ERZSI CON EL SOCIALDEMÓ­CRATA PETZNEK FUE TOTAL, TANTO EN LO AFECTIVO COMO EN LO IDEOLÓGICO

centración de Dachau, donde sobrevivió hasta su liberación, en marzo de 1945. Mientras, Erzsi hubo de refugiarse en las religiosas del Sagrado Corazón de Jesús, porque la villa de Hütteldorf que había comprado en 1929 y donde residía fue incautada por las autoridade­s nazis. Pudo volver a su residencia cuando, acabada la contienda, se proclamó la II República de Austria. Se formó un gobierno de coalición entre socialista­s, socialcris­tianos y comunistas que, en 1945, una vez liberado de Dachau, nombró a Petznek presidente del Tribunal de Cuentas. Fueron probableme­nte los años más serenos de la vida de Erzsi. La nueva situación política le permitió obtener el divorcio y, puesto que la esposa de Petznek falleció en 1948, contraer matrimonio.

La anciana de Hütteldorf

El 27 de julio de 1956, una crisis cardíaca acabó con la vida de Leopold. Por entonces, la salud de Erzsi también era muy delicada, y la gota la obligaba a permanecer confinada en una silla de ruedas. Sumida en una profunda depresión, herencia tal vez de su sangre Wittelsbac­h, desde la muerte de su esposo vivió aislada, con la única compañía de sus perros y sus libros y evitando ser vista, como si no deseara mostrar su decrepitud. Prácticame­nte sin familia, ya que dos de sus hijos, Ernesto y Rodolfo, habían fallecido y Francisco José residía en Kenia, solo recibía de forma esporádica la visita de su hija Estefanía. Se vieron por última vez brevemente el 16 de marzo de 1963, poco antes de que Erzsi –o Elisabeth Petznek, como le gustaba ser llamada– falleciera serenament­e en su villa de Hütteldorf. Con Erzsi murió el último testigo del esplendor de la corte imperial de Viena. Idealista, inconformi­sta, culta y libre, como su padre Rodolfo y su abuela Elisabeth, Erzsébet consiguió lo que ellos, pese a todo, nunca lograron: vivir y morir según su propio criterio.

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ELISABETH y Otón de Windisch-graetz con uno de sus nietos, c. 1924. A la izqda., el castillo de Laxenburg.
 ??  ?? EL CANCILLER de Austria Engelbert Dollfuss pasa revista a las tropas en una foto de los años treinta.
EL CANCILLER de Austria Engelbert Dollfuss pasa revista a las tropas en una foto de los años treinta.
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