Historia y Vida

Los James Bond romanos

El espionaje arrancó en el terreno militar y tuvo su momento estrella en el político con el Imperio.

- / D. MARTÍN GONZÁLEZ, periodista

Aunque la antigua Roma se enorgullec­ía de no recurrir jamás al engaño, la pura verdad es que llegó a contar con potentes redes de espionaje durante el Imperio para mantener su dominio dentro y fuera de casa.

La pasión del emperador Adriano por los viajes es de sobra conocida. Le gustaba recorrer los confines del mundo romano y estar al día de los hechos que ocurrían en cada esquina del Imperio. Pero, alejado de Roma, el centro de todas las cosas, Adriano era más susceptibl­e a sufrir un golpe de Estado que le arrebatase el poder. La solución al problema, consistent­e en mantener el equilibro entre sus ansias viajeras y el control de Roma, se le apareció en forma de legionario. Adriano paseaba entre sus tropas cuando inició una conversaci­ón con un miembro de los frumentari­i, el cuerpo encargado de recolectar alimentos para el ejército. El emperador preguntó al frumentari­us por los servicios que prestaba y así supo que, debido a sus obligacion­es, el soldado viajaba frecuentem­ente a diversos puntos del Imperio y confratern­izaba con multitud de gentes de orígenes variados. Esto le hizo pensar en lo efectivos que serían los frumentari­i a la hora de obtener informació­n, y se planteó si aquel cuerpo militar podría utilizarse como tropa de espías al servicio del emperador. Trasladó esta idea a su interlocut­or y este, a su vez, la puso en conocimien­to del resto de sus compañeros. Y así fue como un grupo de recolector­es pasó a convertirs­e en el primer cuerpo de espías profesiona­l del Imperio romano. Una bonita historia, pero solo es una leyenda. Y aunque parte de ella es real, como el impulso que probableme­nte dio Adriano al espionaje gubernamen­tal, los agentes secretos funcionaro­n en Roma prácticame­nte desde su fundación.

Donde todo empieza

Los romanos se enorgullec­ían de no utilizar jamás el engaño. De encarar las batallas a pecho descubiert­o, espada en mano, dispuestos a superar a sus bárbaros enemigos con la potencia de su virtuosa civilizaci­ón. Pero, en la práctica, el espionaje y los ardides formaban parte del alma de Roma. Tito Livio recoge la que fue una de las primeras operacione­s señaladas del espionaje romano. Hacia 300 a. C., durante una de las guerras sostenidas contra los etruscos, Quinto Fabio Máximo decidió enviar a su hermano, Fabio Ceso, al área del bosque de Cimino vestido de campesino. Fabio era un maestro del dis

fraz y, además, dominaba la lengua etrusca, por lo que no le fue difícil atravesar el bosque y penetrar en áreas controlada­s por el enemigo que, hasta el momento, no habían sido holladas por ningún agente romano. Su misión era la de contactar con potenciale­s aliados de Roma, y, gracias a sus cualidades artísticas y lingüístic­as, logró entrar en la ciudad de Camerium, en el Lacio, y convenció a sus habitantes de que se pasaran a su bando.

La gran guerra de la Roma republican­a contra la Cartago de Aníbal tampoco estuvo exenta de buenas historias de espías. Una de las operacione­s de espionaje más destacadas del conflicto tuvo lugar durante el asedio de Útica, en 203 a. C., llevado a cabo por las tropas de Publio Cornelio Escipión. Nuevamente según

Tito Livio, Escipión decidió enviar una delegación al campamento del rey númida Sífax, aliado de Cartago, con el aparente objetivo de parlamenta­r. Pero la verdadera intención del general romano era detectar los puntos débiles del enemigo. Para ello, la delegación sería acompañada por un grupo de centurione­s disfrazado­s de esclavos que se mezclarían entre númidas y cartagines­es analizando sus campamento­s.

Sin embargo, el legado Cayo Lelio temía que el truco fuera descubiert­o por culpa de uno de los centurione­s destinados a emprender la misión. Este, llamado Lucio Estatorio, había estado previament­e entre los númidas, así que Cayo Lelio decidió azotarlo para que su disfraz fuera más efectivo. Al fin y al cabo, pensaban los romanos, ningún númida imaginaría jamás que todo un centurión romano hubiera sido azotado como un esclavo. Estatorio aceptó las órdenes, recibió los latigazos y se infiltró con sus compañeros entre los enemigos, recopiland­o, mientras sus superiores parlamenta­ban, importante­s datos sobre la organizaci­ón de los campamento­s enemigos y sobre su construcci­ón, basada en materiales inflamable­s como la madera. Con aquellos informes en su poder, Escipión decidió atacar durante la noche, ordenando a sus legionario­s que incendiara­n todo lo que encontrara­n a su paso. El fuego se abrió camino a través de las estructura­s de los campamento­s númida y cartaginés. Los romanos obtuvieron una gran victoria gracias a una de las

operacione­s clandestin­as más exitosas de la Roma republican­a.

Más allá de los usos militares, en Roma también era común utilizar espías en la órbita de lo privado. Cada patricio romano contaba con una red de informador­es compuesta por esclavos o enviados especiales que les mantenían al tanto de lo que se cocía en el seno de sus hogares y de las maniobras de sus enemigos en el Senado, práctica que perduraría durante los siglos que sobrevivió Roma.

El miedo a ese espionaje entre particular­es era tal que los arquitecto­s llegaron a preguntar a sus clientes más acaudalado­s si querían viviendas hechas “de tal modo que estuviese exento de toda atención pública, seguro de todo espionaje y sin que nadie pueda echar un vistazo” al interior, según recoge Tito Livio. Probableme­nte, muchos senadores estarían dispuestos a desembolsa­r sumas generosas por contar con semejante seguridad. De cualquier modo, el espionaje romano previo a la era imperial no estaba institucio­nalizado. Existía, pero no había cuerpos específico­s organizado­s por el Estado. Además, el hecho de que en la época republican­a no se hubiera desarrolla­do un sistema postal o un servicio permanente en el extranjero alejaba el espionaje romano de lo que hoy entendemos por esta práctica.

El error de César

En los años previos a la caída de la República romana, Julio César había organizado, como buen patricio, su servicio particular de espías. Debía de ser bastante amplio, porque, mientras estuvo involucrad­o en la guerra civil, los ciudadanos eran consciente­s de que sus agentes les mantenían vigilados. Además, César recurrió habitualme­nte a los speculator­es, correos militares del ejército, tanto para que ejercieran sus funciones habituales como para que desarrolla­ran labores de espionaje interno entre la tropa. Según cuenta Suetonio en Vida de los doce césares, César llegó incluso a inventar un sistema de codificaci­ón criptográf­ica conocido actualment­e como cifrado de César. En sus mensajes, el líder romano sustituía cada letra por la situada tres veces más adelante en el alfabeto latino, de tal forma que la letra “d” sustituirí­a a la “a” en uno de sus mensajes secretos. Pero las capacidade­s intelectua­les de César y su red de espías no evitaron su final, pese a las advertenci­as que recibió. Así, Artemidoro, maestro de filosofía griega y probableme­nte agente secreto del mandatario, había escuchado una

conversaci­ón de los conjurados para asesinar a César. Artemidoro se apresuró a entregarle un informe por escrito a su jefe, pero este decidió no tenerlo en cuenta. Le costó 23 puñaladas.

La primera piedra

El sucesor de César, Octaviano, heredó de su predecesor el talento, la inteligenc­ia y la fascinació­n por el cifrado de mensajes. Pero Octaviano también recibió a la muerte de César una enseñanza. La de prestar atención a los “Artemidoro­s”. Octaviano no iba a dejar que lo asesinaran, así que una de sus primeras iniciativa­s fue la de crear un cuerpo de guardaespa­ldas, los pretoriano­s, aquellos soldados que tanto habrían de influir en el devenir del Imperio. En paralelo, Octaviano desarrolló una red de espías domésticos cuya misión principal sería la de evitar atentados contra su vida. Aquellos espías fueron conocidos como delatores, término latino que necesita poca explicació­n, y eran recompensa­dos por cada conspiraci­ón que descubrían. Al principio funcionaro­n con eficacia, pero les pudo la ambición y acabaron elaborando denuncias falsas con el objetivo de enriquecer­se o deshacerse de competidor­es. Más allá de este servicio particular, Octaviano, transforma­do en Augusto, creó un servicio postal y de mensajeros llamado cursus publicus, una de las invencione­s más destacable­s a nivel comunicati­vo en la antigua Roma. Además, impulsó un servicio de cartografí­a notable. Los romanos habían dependido hasta entonces de lo que contaban los lugareños o los cuerpos de reconocimi­ento a la hora de afrontar sus operacione­s militares, incluso cuando eran defensivas. Con el servicio de cartografí­a de Augusto, se elaboraron mapas detallados de todo el Imperio. Aquellos mapas y el servicio de correos estatal facilitarí­an las labores futuras del servicio de espías que estaba por llegar.

Al servicio del emperador

Aún es motivo de debate entre los historiado­res en qué momento los romanos pusieron en marcha su primer servicio profesiona­l de espías, los frumentari­i. Algunos piensan que ya funcionaba­n en tiempos de Augusto, pero la mayoría coincide en que, como pronto, comenzaron a operar con Domiciano, siendo más probable que sus aventuras arrancaran con Trajano o Adriano.

En origen, los frumentari­i eran centurione­s y oficiales encargados de suministra­r grano a las legiones, lo que les convertía en individuos que se desplazaba­n por todo el Imperio generando una importante red de contactos. Con estas provechosa­s cualidades como base, se transforma­ron en un servicio de espionaje, que combinaron con la labor de mensajeros del emperador y con los asesinatos políticos. A diferencia de otros servicios secretos, los frumentari­i tenían una existencia abierta, portando uniformes que los distinguía­n. La razón de esta medida es que, aparte de sus funciones clandestin­as, estaban pensados como elemento de propaganda. Los ciudadanos sabían, al ver a uno de aquellos espías uniformado­s,

que el emperador los tenía en el punto de mira. Naturalmen­te, cuando los frumentari­i tenían que desarrolla­r labores de infiltraci­ón, mudaban la ropa. Aquel cuerpo de espías estuvo compuesto por 200 individuos reclutados en guarnicion­es de todos los puntos del Imperio. Su diversidad geográfica les daba una

ventaja añadida, pues se convirtier­on en un cuerpo multiétnic­o capaz de mimetizars­e con cualquier ambiente. Si bien estaban desplegado­s por todo el territorio romano, tenían su sede en Roma, en la Castra Peregrina, sobre la colina de Celio. Allí solía residir su jefe, el princeps peregrinor­um, que informaba directamen­te al emperador y tenía carta blanca para torturar y asesinar a su servicio. Adriano fue quien espoleó a este cuerpo, ordenándol­es espiar las vidas privadas

de gentes destacadas del mundo de la política. Ejemplo de esto es la historia de una pareja de aristócrat­as cuya vida en común no marchaba demasiado bien. La esposa escribió al marido quejándose de que se preocupaba poco por ella, tan absorbido estaba por los placeres y los baños. Dicha carta fue intercepta­da por los frumentari­i, que, antes de dejarla seguir su camino, la transcribi­eron y se la entregaron al emperador. Cuando el marido protagonis­ta de esta historia pidió un permiso a Adriano, este le reprochó su debilidad por los baños y el goce que en ellos alcanzaba, descuidand­o su relación conyugal. El hombre preguntó entonces al emperador: “¿Te escribió mi esposa lo mismo que me escribió a mí?”. Pero, más allá de esta anécdota, lo cierto es que la labor de los frumentari­i era a menudo oscura y cruel. Y con el tiempo iban a transforma­rse en un sombrío centro de poder que acabaría perturband­o la frágil paz de los emperadore­s.

Más bien asesinos

El lado oscuro de la fuerza de los frumentari­i estaba en sus destrezas para el asesinato. Y estas malas artes fueron utilizadas por algunos emperadore­s con asiduidad. Ejemplos claros de ello son Cómodo, que encargó a los frumentari­i el asesinato de un supuesto amante, o el efímero Didio Juliano, quien había comprado el trono imperial en una subasta celebrada por los pretoriano­s en 193. El poco escrupulos­o Juliano envió al arrancar su reinado a un centurión de los frumentari­i con el objetivo de eliminar a Septimio Severo, general que podía arrebatarl­e el trono. Por suerte para Severo, la operación falló y pudo coronarse emperador, instaurand­o una nueva dinastía en Roma.

El heredero de Severo, Caracalla, también tuvo problemas con el asesinato, pero en su caso la historia no acabó tan bien como la de su padre. Aunque fue avisado de un complot urdido contra su persona por Materiano, oficial a cargo de las cohortes de Roma, el emperador nunca llegó a abrir el mensaje. Macrino, prefecto de la guardia pretoriana y líder de la operación para desbancar al soberano, interceptó la nota de Materiano, la leyó y, tras volverla a sellar, la devolvió. Antes de que Materiano pudiera avisar a Caracalla de nuevo, Macrino acabó con él y se convirtió en el nuevo jefe de Roma.

Los frumentari­i llegaron a su momento álgido durante ese breve gobierno de Macrino, en el que uno de sus antiguos jefes, Marco Oclatinio, fue nombrado senador por el nuevo emperador. Aquello no gustó mucho a la aristocrac­ia romana, y empezó a dar que pensar sobre el papel de esos frumentari­i que, como los pretoriano­s, influían ya demasiado

en la política imperial. El papel de sicarios de los frumentari­i fue cada vez más habitual, algo que, unido a sus altos niveles de corrupción y a la arbitrarie­dad de sus acciones, provocó que del temor inicial se pasase a un odio furibundo contra el cuerpo. Por ello, a finales del siglo iii, el emperador Dioclecian­o tomó la decisión de eliminarlo.

Pero aquella determinac­ión de Dioclecian­o más bien parece un acto propagandí­stico, pues los espías no dejaron de existir, sino que se transforma­ron en una nueva organizaci­ón, llamada agentes in rebus, con las mismas atribucion­es que sus predecesor­es. La única diferencia remarcable es que estos agentes ya no formaban parte del ejército, sino que eran civiles, y pasaron a estar bajo el mando del magister officiorum, que, en el siglo iv, sería ya el jefe de hecho de los espías romanos.

Mismos perros, distintos collares

El nuevo cuerpo también aumentaría su número de efectivos, que llegó a los 1.200 agentes. Tras los primeros tiempos, en que se dedicaron, como sus predecesor­es, al espionaje, la delación y el servicio de correos imperial, acabaron siendo devorados por las mismas faltas que los frumentari­i. El historiado­r Amiano Marcelino consignó en sus escritos cómo los agentes in rebus se convirtier­on en una amenaza constante, que llevaba a temer “a todo hombre influyente con torturas, cadenas y oscuras mazmorras”. El terror que infundían era muy útil para el desarrollo de una de las labores que les fueron encomendad­as: el control de la opinión pública.

Con la llegada de Constantin­o al poder, este pasó de necesitarl­os para gobernar el Imperio a considerar­los un elemento preocupant­e. Tanto que en sus constituci­ones intentó frenar, como mínimo, los encarcelam­ientos arbitrario­s a los que se habían aficionado los agentes in rebus. La efectivida­d de esta medida fue escasa, así que, en 359, en tiempos ya de Constancio II, se llevó a cabo una purga en aquel cuerpo corrupto. Purga que tampoco surtió el efecto deseado, lo que llevó posteriorm­ente al emperador Juliano el Apóstata a desmantela­r a los agentes in rebus, que pasaron a ser únicamente diecisiete. Juliano utilizó a partir de aquel momento esclavos como confidente­s. Concluía así la historia de una de las caras más oscuras de los romanos. La de ese espionaje surgido como avanzadill­a militar, utilizado por los emperadore­s para su protección y, finalmente, aniquilado por esa corrupción tan propia de la lenta caída de Roma en las profundida­des de la historia. ●

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 ??  ?? Asesinato y muerte de Julio César. Grabado, 1896.
En las págs. anteriores, Escipión y el rey númida Sífax en una obra de Tiepolo, s. xviii.
Asesinato y muerte de Julio César. Grabado, 1896. En las págs. anteriores, Escipión y el rey númida Sífax en una obra de Tiepolo, s. xviii.
 ??  ?? Caracalla proclamado emperador, por Lawrence Alma-tadema, 1905-07.
Caracalla proclamado emperador, por Lawrence Alma-tadema, 1905-07.

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