YO OPINO QUE...

Huelva Informacion - - Opinión - MA­NUEL BA­REA

TO­MO no­tas en un bloc con la in­ten­ción de que a me­di­da que va­ya es­cri­bien­do lo que sea sur­ja la idea y em­pie­ce a desa­rro­llar­la. Pe­ro na­da, no hay na­da. Na­da de na­da. No ten­go na­da que de­cir. No hay na­da que de­cir. No hay na­da de lo que es­cri­bir. Aun­que to­do el mun­do lo ha­ce so­bre to­do y al fi­nal lo que se di­ce es eso: NA­DA. Aho­ra to­do el mun­do es­cri­be. Uno mis­mo, por ejem­plo. ¿Con qué au­to­ri­dad? Pues ya ven. Es al­go que só­lo de­be­rían ha­cer per­so­nas con pres­ti­gio. Con ta­len­to. Aho­ra hay muy po­co de eso. Aho­ra hay mu­cha opi­nio­ni­tis. Y más que es­cri­ta, ha­bla­da. La es­cri­ta, la lees si quie­res. Pe­ro la ha­bla­da. Jo­der.

Es una trans­mi­sión de 24 ho­ras. A ca­da mo­men­to. Im­po­si­ble no oír­la. De es­to y de lo otro y so­bre aque­llo y por­que sí. De car­ne po­dri­da y de la car­ne con to­ma­te, de un te­nor sa­li­do, de la en­tra­da al ta­lón de Aqui­les del con­tra­rio, de las elec­cio­nes, de un bar­co con pa­rias y de la vir­gen san­ta... Pa­la­bre­ría y más pa­la­bre­ría. Un bu­cle de chá­cha­ra rui­do­sa. No hay un mi­nu­to de si­len­cio ni en los mi­nu­tos de si­len­cio. Un día va a sal­tar el muer­to. Son sos­pe­cho­sos los ca­lla­dos. Ape­nas los quie­re al­guien. Des­de pe­que­ños. Se des­con­fía de ellos. Al­gu­nos ni­ños que no ha­blan –no por­que no se­pan, sino por­que no quie­ren– aca­ban en el mé­di­co. Y és­te com­prue­ba que la ma­dre ha­bla por los dos. No, por los tres. Y que ella sa­be más que el ga­leno. Se pien­sa de los si­len­cio­sos que es­tán tra­man­do al­go. Na­da bueno. Por­que si no, lo di­rían. Co­mo si

fue­ra obli­ga­to­rio com­par­tir los pen­sa­mien­tos. ¿Có­mo es que no ra­jan? Si no se su­man al par­lo­teo es que es­tán ocul­tan­do al­go. Se­gu­ro. O qui­zás es que no tie­nen opi­nio­nes. Des­de lue­go no tan­tas co­mo otros, que las tie­nen pa­ra to­do. Mi­re a su la­do, a iz­quier­da y de­re­cha. Ha­ga una prue­ba, aun­que sea con es­fuer­zo si es us­ted de los si­len­cio­sos, de esos a los que los de­más lla­man ta­ci­turno (ya es­tán opi­nan­do). Suel­te un co­men­ta­rio en voz al­ta. So­bre lo que sea. Es más: di­rí­ja­se a otra per­so­na que no sea el in­di­vi­duo en cues­tión, pe­ro cer­ció­re­se de que és­te le oye. Ya verá. Se­rá au­to­má­ti­co. Tie­nen co­mo un re­sor­te que se ac­ti­va de in­me­dia­to. Ele­va­rá el vo­lu­men de su voz por en­ci­ma de to­dos y pon­drá co­mo ejem­plo de lo que lar­ga una vi­ven­cia pro­pia. Sus días son de 72 ho­ras, sus se­ma­nas de 21 días, de lo con­tra­rio no se en­tien­de que ten­gan tiem­po pa­ra tan­ta ex­pe­rien­cia y co­no­ci­mien­to. ¿No se oyen a sí mis­mos? Sí, cla­ro que sí. Y con gus­to. Da la im­pre­sión de que es­tán te­nien­do un or­gas­mo con su pa­li­que. Tal vez es que el otro ha­ce tiem­po que de­ja­ron de te­ner­lo. Cuan­do el úl­ti­mo se pu­sie­ron al aca­bar a dar­le la cha­pa a su pa­re­ja. Y és­ta los echó de la ca­ma y los man­dó le­jos pa­ra siem­pre. “Ve­te a opi­nar”.

Son sos­pe­cho­sos los ca­lla­dos. Se pien­sa de ellos que tra­man al­go. Co­mo si fue­ra obli­ga­to­rio com­par­tir los pen­sa­mien­tos

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