“Cuan­do eli­ges la so­le­dad es ge­nial, cuan­do te la im­po­nen es un ho­rror”

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–Aun­que sea una pe­ro­gru­lla­da, ¿có­mo sur­ge Cuan­do es­tés aquí?

–Sur­ge al prin­ci­pio del con­fi­na­mien­to, cuan­do em­pie­zo a ver las no­ti­cias, la lo­cu­ra me­diá­ti­ca, có­mo reac­cio­na­mos to­dos... Me emo­cio­nó mu­chí­si­mo ver a la gen­te en pri­me­ra lí­nea de ba­ta­lla. Ahí me sur­gió la ne­ce­si­dad de es­cri­bir una can­ción que es una re­fle­xión, es mi­rar­lo to­do des­de una pers­pec­ti­va po­si­ti­va y a la vez cau­te­lo­sa. Es una si­tua­ción en la que te­ne­mos que ser res­pon­sa­bles pe­ro sin de­jar de la­do la con­fian­za, que creo que aho­ra mis­mo es cla­ve.

–No es la úni­ca ini­cia­ti­va so­li­da­ria a la que se ha su­ma­do, tam­bién par­ti­ci­pa con An­to­nio Ban­de­ras en un pro­yec­to con la Uni­ver­si­dad de Má­la­ga, ¿no?

–En la Uni­ver­si­dad de Má­la­ga es­ta­ban crean­do unos res­pi­ra­do­res, por fin lo­gra­ron la pa­ten­te y me con­tó An­to­nio que ne­ce­si­ta­ban un em­pu­jón. Des­de el prin­ci­pio es­tu­ve bus­can­do la ma­ne­ra de ayu­dar en mi tie­rra, pri­me­ro por­que ten­go mu­chos ami­gos mé­di­cos en Má­la­ga y tam­bién por­que soy ma­la­gue­ño. Ne­ce­si­ta­ba ha­cer al­go por mi tie­rra y es al­go que, en la me­di­da de lo po­si­ble, to­dos de­be­mos ha­cer. Es­toy muy con­ten­to. –To­dos los ar­tis­tas se han su­ma­do a ini­cia­ti­vas so­li­da­rias. Pa­re­ce que us­te­des tie­nen más sen­ti­do de la res­pon­sa­bi­li­dad so­cial que mu­chos po­lí­ti­cos.

–En la mú­si­ca es mu­cho más fá­cil en­con­trar un alia­do por­que al fi­nal a to­dos nos gus­ta lo que ha­ce­mos y to­dos es­ta­mos por vo­ca­ción. En la po­lí­ti­ca hay mu­cha gen­te que no es­tá por vo­ca­ción, que es­tá por ego o por po­der. Eso es muy di­fí­cil. Cuan­do hay un po­lí­ti­co que sí es­tá por vo­ca­ción, en­con­trar un buen alia­do es com­pli­ca­do. Creo que el pro­ble­ma es que mu­cha de la gen­te que es­tá ahí es­tá por otras ra­zo­nes y a la ho­ra de la ver­dad se de­mues­tra. Es di­fí­cil exi­gir con­fian­za cuan­do ni si­quie­ra con­fían en ellos mis­mos. Pe­ro hay mu­chos sec­to­res, no só­lo la cul­tu­ra, que han de­ci­di­do tra­ba­jar to­dos a una.

–To­dos he­mos apren­di­do al­go de es­ta si­tua­ción, y no me re­fie­ro a ha­bi­li­da­des fí­si­cas. ¿Qué ha apren­di­do? –Soy muy fa­mi­liar y he te­ni­do la suer­te de que es­ta si­tua­ción me ha to­ca­do vi­vir­la con ellos, y eso es un pri­vi­le­gio enor­me. A mí me gus­ta­ba la so­le­dad, pe­ro si me hu­bie­ra to­ca­do vi­vir­la en so­le­dad me ha­bría da­do cuen­ta de que no la so­por­ta­ría. Lo veo en ami­gos y fa­mi­lia­res que es­tán so­los y no es na­da fá­cil. Cuan­do tú eli­ges la so­le­dad es ge­nial, pe­ro cuan­do te la im­po­nen es un ho­rror. Aun­que sea por­que te­ne­mos que ser res­pon­sa­bles, no hay que ob­viar que es muy du­ro. Cuan­do pa­se to­do es­to no quie­ro per­der el tiem­po.

–A pe­sar de las bue­nas in­ten­cio­nes y las reflexione­s, ¿cree que la me­mo­ria es frá­gil?

–Creo que mi­tad y mi­tad. Ha­brá mu­cha gen­te que ol­vi­de por­que es nor­mal y na­tu­ral ol­vi­dar una si­tua­ción así. Na­die la va a que­rer re­cor­dar. Pe­ro creo que es­to va a ca­lar­nos, que ha­brá una par­te de

no­so­tros que cuan­do vuel­va a ver­le las ore­ji­llas al lo­bo sa­brá ac­tuar me­jor. De to­dos mo­dos, creo que so­mos muy im­pre­de­ci­bles. Lo mis­mo acabamos to­dos lo­cos. –To­dos los ar­tis­tas es­tán can­tan­do es­tos días, no sé si qui­sie­ra ser ve­ci­na de al­guno de us­te­des.

–(Ri­sas) Igual no, eh. Es una suer­te po­der tra­ba­jar en ca­sa y te­ner el es­tu­dio aquí. Ya no es só­lo por el he­cho de po­der tra­ba­jar, tam­bién es una ma­ne­ra de des­fo­gar. Que tu tra­ba­jo tam­bién sea tu pla­cer es un lu­ja­zo. Es­tás de ma­la le­che y te vas al es­tu­dio a com­po­ner o a to­car y des­co­nec

tas. Si es­tás sen­si­ble y ne­ce­si­tas con­tar co­sas, te po­nes a es­cri­bir y des­fo­gas. La mú­si­ca es­tá pa­ra eso y es un pri­vi­le­gio que me ha da­do la vi­da. –Le van a sa­lir tres o cua­tro dis­cos cuan­do es­to aca­be... –To­tal­men­te. Igual son un po­co ex­pe­ri­men­ta­les. Los ve­ci­nos de­ben es­tar har­tos, por­que ha­go ca­da co­sa... –¿Dón­de le gus­ta­ría dar el pri­mer con­cier­to cuan­do to­do aca­be?

–No le voy a men­tir. Má­la­ga es la tie­rra que me vio cre­cer , la que me ha im­pul­sa­do y a la

–Hay dos ti­pos de per­so­nas en el con­fi­na­mien­to, al que le pue­de la flo­je­ra y el lo­co de la gim­na­sia. ¿Cuál es us­ted?

–Es­toy un po­co es­qui­zo­fré­ni­co, por­que hay una par­te de mí que quie­re ha­cer co­sas y otra que no. Es­toy sen­ta­do to­do el día y es ver­dad que la iner­cia de es­tar sen­ta­do te ha­ce ir de la ca­ma a la si­lla, de la si­lla al so­fá y del so­fá a la ca­ma. Pe­ro cuan­do me da por ha­cer de­por­te tam­bién me da esa iner­cia. Soy una per­so­na de cos­tum­bres, pe­ro las cos­tum­bres hay que for­zar­las un po­qui­to.

Soy una per­so­na de cos­tum­bres, pe­ro las cos­tum­bres hay que for­zar­las un po­qui­to”

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