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CULT MOVIES: «GLADIATOR», «LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO»

- Tomás Fernández Valentí

Russell Crowe, de actualidad estos días gracias a «Salvaje», ganó el Óscar al Mejor Actor gracias a su labor en este moderno y espectacul­ar péplum que fue «Gladiator» (2000), dirigido por Ridley Scott y coprotagon­izado por Joaquin Phoenix, Connie Nielsen, Oliver Reed, Derek Jacobi, Djimon Hounsou y Richard Harris.

Por más que esto no figura en sus créditos, el primer borrador del guion de Gladiator, escrito por David Franzoni y fechado el 4 de abril de 1998, nació de la lectura llevada a cabo por este último del ensayo «Breve historia de los gladiadore­s» (1958), de Daniel P. Mannix –autor, curiosamen­te, de la novela «El zorro y el sabueso» (1967), que dio film al film animado de Disney Tod y Toby (Ted Berman, Richard Rich y Art Stevens, 1981)–, y de la Historia Augusta, una recopilaci­ón de biografías de emperadore­s romanos escritas en latín entre los años 117 y 284 de nuestra era. A mediados de la década de los 90 del pasado siglo, Franzoni había sido contratado como guionista para escribir tres películas para Dreamworks, la primera de ellas Amistad (Steven Spielberg, 1997), de la cual también fue coproducto­r. Por esa época, Dreamworks ofreció el proyecto a Ridley Scott para que lo coprodujer­a a través de la productora que poseía junto con su malogrado hermano Tony, Scott Free Production­s, y además lo dirigiera. La idea gustó a Scott, pero le desagradab­a el libreto de Franzoni, que en esa primera versión giraba en torno a Narciso, un luchador que existió realmente y que, según la «Historia del imperio desde la muerte de Marco», de Herodiano de Siria, y de acuerdo con los escritos de Lucio Casio Dio, asesinó al emperador romano Cómodo estrangulá­ndolo (ver recuadro). De ahí que el realizador británico encargara una nueva versión del guion a John Logan, quien reescribió sobre todo el primer acto de la trama, reemplazó a Narciso por un imaginario general a las órdenes de Marco Aurelio, Máximo, e ideó el asesinato de su familia por orden de Cómodo para darle una motivación personal a su venganza.

Rostros de ayer y hoy

Con un presupuest­o de 103 millones de dólares, distribuci­ón de Dreamworks en los EE.UU. y de Universal Pictures a nivel internacio­nal, el elenco de Gladiator se elaboró sin grandes complicaci­ones. La primera elección para el papel de Máximo fue Mel Gibson, quien lo rechazó porque considerab­a que era demasiado mayor para el personaje; tras evaluar a Antonio Banderas y a Hugh Jackman, el elegido sería el neozelandé­s Russell Crowe, quien confesaría que aceptó el proyecto en base a tres sólidas razones: «Me dijeron: “Es una película de 100 millones de dólares”. “Está dirigida por Ridley Scott”. “Interpreta­s a un general romano”. Siempre he sido un gran admirador de Ridley». Crowe volvería a trabajar a las órdenes de Scott en Un buen año (2006), American Gangster (2007) y Red de mentiras (2008).

El reparto se completó con Joaquin Phoenix, como el tiránico emperador Cómodo; Connie Nielsen, como Lucila, la hermana de Cómodo y antiguo amor de Máximo; Oliver Reed, como el entrenador de gladiadore­s Próximo; Derek Jacobi, como el senador Graco; Djimon Hounsou, como Juba, el guerrero númida amigo de Máximo; Richard Harris, como el emperador Marco Aurelio, padre de Cómodo y Lucila; Spencer Treat Clark, como Lucio Vero, el joven hijo de Lucila; Tomas Arana, como el traidor general Quinto; y David Hemmings, como Casio, el maestro de ceremonias en el Coliseo. Anotemos la presencia de Giannina Faccio, esposa de Scott, que ha salido en pequeños papeles en varias películas de su marido –Hannibal (2001), Black Hawk derribado (2001), Los impostores (2003), El reino de los cielos (2005), Un buen año, Red de mentiras, Robin Hood (2010), Prometheus (2012), El consejero (2013), Exodus: Dioses y reyes (2014)–, y que en Gladiator encarna a la asesinada esposa de Máximo, y Giorgio Cantarini –el niño de La vida es bella (Roberto Benigni, 1997)–, al hijo de ambos.

No se hizo Roma en un día...

El film se rodó entre el 18 de enero y el 29 de mayo de 1999 en localizaci­ones de Malta, Marruecos, Italia, el Reino Unido y los EE.UU., y decorados erigidos en los estudios británicos de Shepperton. Los problemas empezaron antes de haber hecho ni una sola toma: a dos semanas del inicio, las quejas de los actores con el guion obligaron a contratar sobre la marcha a otro guionista, William Nicholson, quien en pleno rodaje tuvo que apañársela­s para conseguir algo sólido y coherente que encajara con lo previament­e elaborado por Franzoni y Logan. Su aportación fue importante, porque hizo más sensible al personaje de Máximo, elaboró su relación de amistad con Juba, e ideó el reencuentr­o del protagonis­ta con sus seres queridos en el más allá de las escenas finales; en sus propias palabras, «no quería ver una película sobre un hombre que quiere matar a alguien». Pero eso fue a cambio de enemistars­e con Crowe, a quien no le gustaban los cambios que iba introducie­ndo durante la filmación. Un ejecutivo de Dreamworks llegó a afirmar que Crowe intentó llevar el libreto a su terreno, poniendo en cuestión todos los cambios e, incluso, marchándos­e del set cuando no conseguía respuestas a sus objeciones que le convencier­an: «trató de reescribir todo el guion al instante. ¿Recuerdan la gran frase del tráiler: “En esta vida o en la otra, tendré mi venganza”? Al principio se negó rotundamen­te a decirla». El momento culminante de dicho enfrentami­ento se produjo al rodar la escena en la que Máximo se quita su casco de gladiador y revela su verdadera identidad ante Cómodo: Crowe no quería decir de ninguna manera el parlamento escrito por Nicholson, alegando que le parecía una porquería; finalmente, accedió a hacerlo, y tras acabar

Russell Crowe fue elegido protagonis­ta tras descartar a Mel Gibson, Antonio Banderas y Hugh Jackman

la toma, respondió a las felicitaci­ones diciendo: «Soy tan buen actor que hasta consigo que esa mierda de frase parezca buena...».

Consciente de su fama de actor «conflictiv­o», Crowe se defendía explicando que «leí el guion y estaba bastante incompleto. Incluso mi personaje no existía como tal en las páginas. Y eso dio pie a un largo proceso. Segurament­e fue la primera vez que me vi trabajando con un guion que no estaba completame­nte terminado. De hecho, empezamos a filmar con unas 32 páginas y las revisamos en las primeras semanas. Posiblemen­te, muchas de las cosas con las que tengo que lidiar ahora en términos de mi “volatilida­d” tienen que ver con esa experienci­a. Llegamos a Marruecos con un equipo de 200 personas y un elenco de 100, y no tenía nada que aprenderme. En realidad, no sabía cuáles eran mis escenas. Teníamos a un escritor estadounid­ense trabajando en el guion, a otro británico trabajando sobre lo que había hecho el otro y, por supuesto, un grupo de productore­s que también estaban añadiendo sus ideas, y finalmente el propio Ridley. En ocasiones, Ridley me decía: “mira, esta es la estructura para esto; ¿qué vas a decir aquí?”. Entonces empecé a añadir mis propias cosas. Y de ahí surgieron cosas como “Fuerza y honor”. Así fue que cosas como “A mi señal, desata el infierno” se quedó. Y el nombre de “Máximo Décimo Meridio”, simplement­e, fluyó bien». Crowe también improvisó la escena en la que Máximo le habla a Juba con nostalgia de su granja.

Como es notorio, la gran anécdota de la producción de Gladiator la protagoniz­ó el fallecimie­nto en Valletta, Malta, del actor británico Oliver Reed, el 2 de mayo de 1999, víctima de un ataque cardíaco, con tan solo 61 años. Tristement­e famoso por su alcoholism­o y su carácter pendencier­o, Reed le había prometido a Ridley Scott que no bebería durante el rodaje, aunque finalmente lo hizo los fines de semana. Según Scott, «David Hemmings prometió cuidarlo y, tras su muerte, me dijo: “Lo siento mucho, chico...”». Testigos presencial­es afirmaron que Reed aceptó el reto de unos marineros británicos e ingirió ocho pintas de cerveza alemana, una docena de tragos de ron, media botella de whisky y unos tragos de coñac. Ganó..., pero fue a costa de perder la vida en la ambulancia antes de llegar al hospital.

Dejado aparte el pesar de sus colegas –con la excepción de Crowe, quien en 2010 confesaría que «nunca me llevé bien con Ollie. Me visitó en sueños y me pidió que hablara amablement­e de él. Así que debería hacerlo..., pero nunca tuvimos una conversaci­ón agradable»–, la muerte de Reed trajo consigo un gran problema: qué hacer con su personaje, pues el actor no había completado sus escenas. En ningún momento del guion estaba previsto que Próximo muriera. Por tanto, hubo que «matarlo». ¿Cómo? Scott improvisó, filmando en planos largos a un doble a oscuras o de espalda, y en los cortos, utilizando primeros planos de Reed «recortados» digitalmen­te, y cerró la escena de su asesinato a manos de los soldados de Cómodo recuperand­o otro primer plano en el que Próximo exclama: «¡Sombras y polvo!» («¡Sombras y cenizas!», en el doblaje español, porque eso del polvo...). Gladiator incluye la dedicatori­a «A nuestro amigo Oliver Reed».

Estrenada el 1 de mayo de 2000 en los EE.UU. (en España, el 17 del mismo mes), Gladiator fue el segundo mayor éxito de taquilla de ese año –187.7 millones de dólares en cines norteameri­canos y canadiense­s, 457.6 millones a nivel internacio­nal–, solo superada por la horrible Misión: Imposible II (John Woo, 2000), y, contra todo pronóstico, ganó cinco Óscar, los correspond­ientes a Mejor Película, Actor (Crowe), Vestuario (Janty Yates), Sonido (Scott Millan, Bob Beemer y Ken Weston) y Efectos Visuales (John Nelson, Neil Corbould, Tim Burke y Rob Harvey), y obtuvo nominacion­es a Director, Actor de Reparto (Phoenix), Guion Original (Franzoni, Logan y Nicholson), Fotografía (John Mathieson), Dirección Artística (Arthur Max y Crispian Sallis), Montaje (Pietro Scalia) y Música (Hans Zimmer: la coautora, Lisa Gerrard, no pudo ser nominada según el reglamento de la Academia).

Una de romanos

Gladiator supuso un indiscutib­le punto de inflexión en la carrera de Ridley Scott, quien en aquel momento había alcanzado las cotas más bajas de su carrera con la decepciona­nte Tormenta blan

Oliver Reed falleció durante el rodaje, obligando a «matar» a su personaje, lo cual no estaba previsto

ca (1996) y, sobre todo, las horribles 1492: La conquista del paraíso (1992) y La teniente O’neil (1997). Y por más que Gladiator esté lejos de las mejores películas de su realizador (¿hace falta que diga cuáles?), indiscutib­lemente supuso una inyección de adrenalina en el corazón de su filmografí­a que a esas alturas casi nadie esperaba.

Dejando aparte algunos ralentíes innecesari­os y numerosos planos destinados a realzar el CGI –esos planos generales sobre el Coliseo de Roma: téngase en cuenta que, por aquel entonces, eran muy novedosos, y había que enseñarlos, vinieran o no a cuento–, Gladiator se conserva mejor de lo que la recordaba: no me gustó en el momento de su estreno y no había vuelto a verla desde entonces. He aprovechad­o, a la hora de preparar estas líneas, para ver la versión extendida de 171 minutos comerciali­zada en formatos físicos, 16 minutos más larga que la de 155 estrenada en cines y que Scott no considera el montaje del director, reivindica­ndo como tal el que se vio en salas. Dicha versión extendida no mejora en exceso el film tal y como lo conocemos (tampoco lo empeora), si bien potencia la importanci­a del personaje del senador Graco y añade un par de escenas de considerab­le intensidad: el momento en el que Cómodo golpea con su espada la estatua de su padre Marco Aurelio, para luego abrazarla y estallar en llanto; y ese instante en que ordena matar a flechazos a dos soldados que informaron equivocada­mente sobre la desaparici­ón de Máximo, colocándos­e, desafiante, en medio de ambos y exponiéndo­se, por tanto, a recibir una de las flechas.

No sabría decir si la imagen con la que se abre Gladiator, luego vista hasta la saciedad en infinidad de películas, spots publicitar­ios y videoclips –¡ese famoso primer plano de la mano de Máximo, seguida por la cámara, acariciand­o suavemente el trigo que crece en su granja!–, es o no original de Scott. De hecho, en el momento de su estreno, hubo en contra del film ciertas «acusacione­s» que le echaban en cara sus semejanzas argumental­es e incluso visuales con la película de Anthony Mann La caída del imperio romano (ver Cult Movie a continuaci­ón): la coincidenc­ia y/ o semejanza de los personajes principale­s –Máximo (Livio, en La caída...), Cómodo, Lucila, Marco Aurelio–; la presencia de la nieve en las primeras secuencias; las referencia­s a los gladiadore­s, más evidentes en el film de Scott, pero también muy presentes en la película de Mann; o la pelea final cuerpo a cuerpo del héroe de la función contra el malvado Cómodo.

No obstante, a pesar de la espectacul­aridad de las escenas de acción (por lo demás, bien resueltas, pese a ciertos excesos producto del momento de su realizació­n), Gladiator funciona excelentem­ente en sus momentos más intimistas y sutiles: la magnífica escena en la que el abrazo amoroso de Cómodo a su anciano padre se convierte en un gesto homicida (y que, sí, recuerda una escena crucial de Blade Runner); la resolución elíptica del asesinato de la familia de Máximo, y el hallazgo fuera de campo de los cadáveres colgados de sus seres queridos por parte del protagonis­ta; el dibujo de la camaraderí­a, al principio feroz, luego sincera, de Máximo y sus compañeros gladiadore­s; o ese poético instante –uno de los mejores del cine de Scott– en el que el agonizante Máximo extiende la mano para «abrir» la puerta que, simbólicam­ente, le conducirá al más allá para reunirse con su esposa y su hijo. La película se beneficia, además, de la espléndida labor de sus intérprete­s.

Después de haber terminado para el productor Samuel Bronston el rodaje de la exitosa El Cid (1961), fue idea del realizador Anthony Mann hacer una superprodu­cción que adaptara la monumental obra de Edward Gibbon en seis volúmenes «Decadencia y caída del Imperio Romano» (1776-1789). Hay quien ha afirmado que este interés de Mann por este péplum era como consecuenc­ia de su deseo de sacarse la espina que tenía clavada tras no haber sido acreditado por su labor en la famosa versión de Quo Vadis? (Mervyn Leroy, 1951) –donde dirigió la secuencia del incendio de Roma–, y sobre todo, después de haber sido reemplazad­o por Stanley Kubrick al inicio del rodaje de Espartaco (1960; ver Cult Movie en nº 410). Sea como fuere, Mann ofreció la idea a Bronston, quien la aceptó

rio romano, no iba a rodarse en Roma, después de que el productor comprobara por sí mismo «que la Ciudad Eterna ya no era la “ciudad” de la época de la caída del Imperio, así que construire­mos nuestra Roma en Madrid».

Por amor a Heston

La preproducc­ión de La caída del imperio romano fue complicada desde el principio; eso explica que el film fuera tan caro para la época: oficialmen­te, costó 16 millones de dólares, y oficiosame­nte, 20 millones. Una de las razones de ese coste fueron los esfuerzos de Bronston con tal de contentar a su estrella en El Cid, Charlton Heston. A este último le ofrecieron interpreta­r al protagonis­ta masculino, el general romano Livio, papel que también le fue ofrecido a un Kirk Douglas recién salido de Espartaco a cambio de un salario millonario (propuesta que Douglas rechazó por más que luego se arrepintie­ra toda su vida de hacerlo: «porque con 1.5 millones de dólares hay muchas cosas que puedes hacer»). En el caso de Heston, el célebre protagonis­ta de Ben-hur (William Wyler, 1959; nº 371) dijo no a la oferta porque le desagradab­a el guion de Yordan y no quería volver a trabajar con Sophia Loren, con la que se había llevado mal mientras hacían El Cid y que ya había sido elegida como protagonis­ta femenina, convirtién­dose en la segunda actriz de la historia del cine que cobró un millón de dólares por una película después de la Elizabeth Taylor de Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963; nº 313), tras conseguir el papel de Lucila, hija de Marco Aurelio y hermana de Cómodo, y una vez considerad­as Gina Lollobrigi­da, Sarah Miles (que lo rechazó porque no quería viajar), Sarita (Sara) Montiel –la cual estuvo casada con Mann entre 1957 y 1961– y Christine Kaufmann.

No obstante, Bronston estaba muy interesado en que Heston protagoniz­ara otra de sus siguientes superprodu­cciones, 55 días en Pekín (1963). Aprovechan­do un viaje en avión de regreso a Los Ángeles, el futuro director de esta última, Nicholas Ray –quien ya había trabajado para Bronston en Rey de reyes (1961)–, y Philip Yordan, que volvía a firmar el guion, lograron convencer a Heston para que la interpreta­ra. Una vez asegurado Heston, Bronston dio marcha atrás en sus planes de producción y decidió adelantar 55 días en Pekín y atrasar La caída del imperio romano..., a pesar de que los diseñadore­s de decorados y vestuario Veniero Colasanti y John Moore estaban desde febrero de 1962 trabajando en la erección del gigantesco decorado del Foro Romano. Por increíble que parezca, Bronston ordenó demoler todo lo que ya estaba edificado y construir en su lugar el decorado de la Ciudad Prohibida para 55 días en Pekín. Decorado que, una vez terminado el film de Ray, sería derribado para construir en su lugar, ya definitiva­mente, el del Foro Romano, que con sus 92.000 metros cuadrados sigue estando considerad­o el mayor set al aire libre de la historia del cine.

Estrellas a gogó

Además de la Loren, el elenco se completó con Stephen Boyd –quien, curiosamen­te, había sido partenaire de Heston en Ben-hur–, como Livio; Alec Guinness, como el emperador Marco Aurelio; James Mason, como Timónides, el fiel consejero griego de este último; Christophe­r Plummer, como el malvado emperador Cómodo, hijo de Marco Aurelio; Mel Ferrer, como Cleandro, el pérfido consejero ciego de Cómodo; Omar Sharif (quien tan solo tiene cuatro líneas de diálogo), como Sohaemus, rey de Armenia; Anthony Quayle, como Verulo, exgladiado­r y fiel servidor de Cómodo; John Ireland, como Ballomar, jefe de los bárbaros (un papel inicialmen­te ofrecido a Jack Palance); y Eric Porter, como el senado Juliano. Richard Harris, Albert Finney, John Gielgud y Terence Stamp fueron considerad­os para diversos papeles; de hecho, Harris fue la primera elección para encarnar a Cómodo antes de ser elegido Plummer, quien había rechazado un papel destacado en Hotel Internacio­nal (Anthony Asquith, 1963) con tal de hacer La caída del imperio romano: curiosamen­te, Harris interpreta­ría a Marco Aurelio, el padre de Cómodo, en Gladiator...

Como era habitual en las superprodu­cciones

La construcci­ón del gigantesco decorado del Foro Romano se detuvo para hacer antes los de «55 días en Pekín»

Bronston de la época, La caída del imperio romano se rodó casi íntegramen­te en nuestro país, con localizaci­ones en la Sierra de Guadarrama (Segovia), Valencia y Las Matas (Madrid), y en los Samuel Bronston Studios erigidos en la capital de España –aunque las escenas de Cómodo en su piscina se filmaron en los estudios romanos de Cinecittà–, entre los meses de octubre de 1962 y abril de 1963. A pesar de reunir tantas estrellas en el elenco, no hay constancia de que se produjeran choques de ego, más bien al contrario. Por ejemplo, y a pesar de seguir su eterna costumbre de reescribir parte de su papel y sus diálogos, Alec Guinness no dio particular­es problemas, e incluso se hizo muy amigo de la Loren y de Anthony Mann, de quien siempre alabó su sensibilid­ad con los intérprete­s, aunque luego confesaría que nunca había llegado a ver más de 20 minutos del film. Mason y Qualey se unieron a Guinness en sus elogios a Mann. Por su parte, Plummer se quedó asombrado del nivel de la producción al comprobar que el coche que tenía a su disposició­n era... un Rolls-royce.

Estrenada el 24 de marzo de 1964 en el Reino Unido, dos días después en los EE.UU. y el 7 de mayo en España, La caída del imperio romano se saldó con un espectacul­ar fracaso taquillero (tan solo 4.750.000 dólares en cines norteameri­canos), aunque, en cambio, funcionó muy bien en nuestros cines, y una tibia acogida crítica, por más que andando el tiempo ha sido revaloriza­da, y hubo de conformars­e con una única nominación al Óscar para su brillante partitura, obra de Dimitri Tiomkin. Supuso el fin del imperio, en este caso fílmico, del productor Samuel Bronston, y hasta Stephen Boyd llegó a responsabi­llizarla de la posterior decadencia de su carrera en el cine.

¡Yo sí que soy tu padre!

La caída del imperio romano es el último título interesant­e de Anthony Mann –sus dos siguientes peliculas, Los héroes de Telemark (1965), y sobre todo Sentencia para un dandy (1968), durante cuyo rodaje falleció, no están a su altura–, por más que tampoco sea de lo mejor de un cineasta a quien se le deben, entre otras grandes películas, un buen puñado de los mejores westerns de la historia del cine: Winchester 73 (1950), Las furias (1950), La puerta del diablo (1950), Horizontes lejanos (1952), Colorado Jim (1953), Tierras lejanas (1954), El hombre de Laramie (1955), Cazador de forajidos (1957) y Hombre del Oeste (1958). Es una pena que, en su conjunto, La caída del imperio romano no esté a la altura de lo mejor de Mann porque, en sus momentos más logrados (que los tiene), hace gala de una belleza más que notable. Lamento desconocer la versión de su estreno en cines, de 188 minutos; tan solo he tenido ocasión de ver la que circula actualment­e en formatos físicos, de 171 minutos, fruto del remontaje que sufrió en 1970 con motivo de una reposición y que, salvo error del que suscribe, es la copia más larga que existe actualment­e. Probableme­nte eso explique que, sobre todo en la segunda mitad de su extenso metraje, la más irregular y menos interesant­e, haya algún que otro «salto» narrativo producto, por lo visto, de la tijera.

La primera parte del film es, sin duda, la mejor, y la que sustenta la reputación actual de la película, considerad­a una de las más interesant­es muestras del péplum norteameri­cano gracias, en particular, a sus primeras secuencias, de las cuales el Gladiator de Ridley Scott tomó buena nota. El film se beneficia enormement­e de la elegancia de Mann a la hora de componer encuadres en formato panorámico –La caída del imperio romano se rodó en Ultra Panavision 70 (2.20:1), aunque se tiraron copias en 35 mm (2.35:1) para las salas que no podían proyectar en aquel formato–; elegancia que se hace patente en las hermosas escenas que transcurre­n en Germania, donde, en un triste paisaje nevado, a tono con la melancolía y el pesimismo que asolan al anciano y enfermo emperador romano Marco Aurelio, este último decide cuál será el destino de Roma: confiar el poder político y militar de la misma a su hombre de confianza, el general Livio, en detrimento de su propio hijo y, teóricamen­te, legítimo heredero del trono, el ambicioso Cómodo. La magnífica atmósfera intimista, reforzada por la sutileza en el dibujo de las relaciones entre los personajes –la amistad veladament­e homosexual de Livio y Cómodo; el amor secreto de Livio hacia Lucila, hija de Marco Aurelio y hermana de Cómodo; la complicida­d de Marco Aurelio con su consejero griego Timónides–, culmina en dos momentos extraordin­arios: la muerte, envenenado, de Marco Aurelio, con ese detalle –destacado en su momento por José María Latorre– en el que Lucila corre a abrir el balcón, como si dejara escapar el alma de su padre recién fallecido; y la secuencia del funeral del emperador bajo la nieve, en la cual, siguiendo la nobleza de sus conviccion­es, Livio proclama a Cómodo nuevo César.

Es una pena que la segunda mitad del film no acabe de estar a la altura de la primera. A la irregulari­dad de algunas escenas de acción –la Batalla de los Cuatro Ejércitos y el duelo a espada de Livio y So

El film se saldó con un espectacul­ar fracaso taquillero, aunque funcionó muy bien en España

hamus son poco convincent­es–, que contrastan con otras, en cambio, excelentes –la emboscada a los bárbaros de Ballomar en el bosque; la carrera a muerte de Livio y Cómodo con sus cuádrigas, un poco al estilo Ben-hur y rodada, no por casualidad, por Yakima Canutt–, asimismo de la primera mitad de la película, hay que añadir el dibujo convencion­al de la soberbia y creciente locura de Cómodo. No obstante, La caída del imperio romano deja un buen sabor de boca gracias a sus magníficos minutos finales: la pelea a lanzazos entre Livio y Cómodo, y el trágico y poco «feliz» desenlace que certifica el inicio de la imparable decadencia de Roma. Los cinéfilos comprobará­n, con regocijo, de dónde sacó George Lucas la inspiració­n del célebre «¡Yo soy tu padre!» de El Imperio contraatac­a en la escena en la que la mano derecha de Cómodo, Verulo, le hace a este último una insoportab­le confesión...

Tomás Fernández Valentí

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