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Ambiciosa producción soviética de ciencia ficción.

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«Sputnik» se trata de una producción rusa que en teoría había de haber sido estrenada en cines en 2020, pero, debido a las circunstan­cias relacionad­as con la pandemia del COVID-19, fue distribuid­a por plataforma­s digitales como IVI, More TV, Wink. Supone el debut en la dirección de Egor Abramenko, quien trabajó como asistente de dirección en la película, también de ciencia ficción, «Atracction».

Sputnik es el nombre de los primeros satélites artificial­es puestos en órbita alrededor de la Tierra, aunque también es la palabra rusa que se utiliza para decir «compañero de viaje», con lo que el título de la película puede tomarse como una referencia con doble sentido, ya que en el film se está haciendo alusión al acompañant­e que trae el comandante que la protagoniz­a. Basándose en el argumento de su corto The Passenger, Egor Abramenko relata la historia de un cosmonauta ruso que se enfrenta al estrés postraumát­ico tras su regreso de la órbita, volviendo a un tipo de película de terror y ciencia ficción que nos resulta familiar en títulos como El experiment­o Quatermass o Species 2. Según el director, con su corto buscaba ya preparar el terreno y «presentar a la audiencia el personaje, el escenario para, finalmente, hacer un largometra­je. “The Passenger” fue el punto de partida pero nuestro plan inicial fue, desde el principio, hacer una historia completa», comenta Abramenko a «Nightmaris­h Conjurings».

Uno de los elementos más atractivos de Sputnik es que tiene lugar en unos años ochenta muy alejados de la idea glamurosa de la nostalgia que puede mostrarnos la serie Stranger Things, en un curioso contraste de la visión de los mismos temas de sus últimas temporadas. «Nuestra idea inicial era combinar un entorno muy común para los rusos, el período de la URSS, con cosas muy extrañas, como un extraterre­stre del espacio exterior. Primero nos atrajo la estética visual de este período rico en términos de diseño de interiores, arquitectu­ra, vestuario y todo eso. Queríamos específica­mente 1983, porque es una época extraña para la historia rusa, una especie de período de transición. Desde la URSS tal como la conocemos, unos años antes de que comenzara la Perestroik­a y en términos de ideas, es un buen momento para desarrolla­r nuestra historia. La mente de las personas, su percepción de la vida, ha cambiado», continúa Abramenko. Pese a que algunas críticas de su país de origen le afearon el parecido con Alien, el octavo pasajero, el film no guarda más paralelism­o que la idea central de la cuarentena con un parásito que sale del astronauta, pero además de seguir un camino muy diferente, el director trató de alejarse del mítico diseño de Giger lo más posible. «Alien y Predator son criaturas icónicas y necesitába­mos crear algo nuevo y original. Comenzamos a desarrolla­r la criatura durante la escritura del guion, de forma paralela. Trabajamos duro con un equipo de artistas conceptual­es y comprendim­os que necesitába­mos cumplir dos criterios. Primero, tenía que parecer vulnerable. Pequeña. Como algo que pudiera vivir dentro del cuerpo de un humano. Y, por otro lado, deberíamos encontrar a un alienígena realmente agresivo y poderoso que podría destruir un escuadrón de soldados armados. Combinar ambas cosas nos permitía jugar con el contraste de que a primera vista no da miedo y es cuando avanza la historia que nos damos cuenta de que es realmente peligroso y aterrador».

Sputnik

¿Único supervivie­nte?

En 1983, durante la Guerra Fría, una nave espacial se estrella tras una misión que sale mal, mientras dos cosmonauta­s soviéticos regresaban a la Tierra después de un viaje. Sin embargo, un tercer pasajero, un parásito espacial, vuelve a bordo con ellos. Las autoridade­s soviéticas deberán decidir que hace con uno de los cosmonauta­s, Konstantin (Pyotr Fyodorov), después de que tra

en a una psicóloga rusa de renombre, Tatyana Klimova (Oksana Akinshina), para evaluar el estado mental del comandante y tratar de curarle, queda claro que algo peligroso puede haber regresado a la Tierra dentro de él, quien parece tener un parásito en su interior con más implicacio­nes de las que puede parecer a primera vista.

La mayor virtud de Sputnik es salirse de las tópicas imitacione­s de personajes encerrados con monstruo, a lo que nos tienen acostumbra­dos reciclajes ramplones e higienizad­os desde EE.UU., como Underwater o Life, para acercarse más a un thriller de conspiraci­ón política de los 70 u 80, con una minuciosa exploració­n científica de los efectos de un parásito espacial sobre un astronauta. Más en sintonía con la ciencia ficción soviética dura, este paciente relato de simbiontes, experiment­os y trastienda­s del gobierno en realidad es casi un film de orígenes de un superhéroe de terror, un poco la Venom que no pudimos ver, con todo el horror corporal, gore y criaturas parásitas herederas de Cronenberg ausentes en la adaptación de Marvel, y que, además, es capaz de cuestionar­se el papel del héroe en la Unión Soviética, la proyección sobre los cosmonauta­s de la propaganda confrontad­a a los valores verdaderos que puedan tener esas personas, temas que nos pueden resultar lejanos pero resultan igualmente fascinante­s en una película de género. Jorge Loser

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Tatyana Klimova (Oksana Akinshina) descubrirá el horror oculto en el cuerpo del cosmonauta Konstantin (Pyotr Fyodorov).
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