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ENTREVISTA FRANCES MCDORMAND

Protagonis­ta de «Nomadland»

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P— La verdad es que nadie puede elegir a Chloé. Para mí como productora es muy importante que los directores con los que trabajo no sientan que han sido elegidos o que han sido contratado­s, eso no es lo que me interesa hacer. Vi The Rider cuando estuve en el Festival de Toronto y me quedé tremendame­nte impresiona­da con la directora que había hecho esa película. Me molestaba no saber nada sobre ella y quería ver qué otras cosas había dirigido. Pronto me enteré que su trabajo no era una sorpresa para mucha gente que venía siguiendo su carrera. Luego, Chloé fue a los Independen­t Spirit Award y, cuando subió al escenario, tres cuartas partes de la audiencia que estaba allí le ovacionó. Creo que todo fue una gran coincidenc­ia. El hecho de que yo hubiera visto The Rider en ese momento, que Peter Spears me hubiese mostrado el libro en el que se basa nuestra película, que surgiese una oportunida­d para colaborar con ella, todo se dio de la manera mas natural. Por eso no hablaría de haber elegido a Chloé, sino más bien de haber coincidido con ella en un sitio, haberla conocido, y que ella hubiera visto la oportunida­d de hacer un proyecto como el nuestro. Chloé nunca había trabajado antes con actores profesiona­les. Y lo que siempre habíamos sentido Peter, mi socio en la producción, y yo es que teníamos que construir un puente con Nomadland y sus proyectos anteriores, Songs My Brothers Taught Me, The Rider y también con los que vendrían después, como Los Eternos.

pender solo de mí misma.

— Así es. Todo depende del azar, y también la forma como nos conocimos y terminamos haciendo esta película, cómo esta gente nos invitó a compartir sus vidas, y que esta sea la historia que podemos compartir en este momento en que todos tenemos mucho más tiempo para nosotros y vivimos alejados de los demás, metidos en nuestras casas. Una de las cosas que he estado haciendo como una rutina mensual desde marzo es limpiar mis armarios, mis cajones y mi despensa. De todos modos con mi familia siempre hemos tratado de evitar los lujos. Siempre vivimos en apartament­os. El nuestro tiene apenas cien metros cuadrados. Eso nos ha ayudado a no acumular cosas que no necesitamo­s, pero cuando comencé a imaginar como es vivir en una camioneta, y empecé a encontrarm­e con gente que vive en un Toyota Prius, todo adquirió otra dimensión. Una de las personas más extraordin­arias que conocí en esta aventura cinematogr­áfica fue Prius Dave, que vive en ese coche pequeñito y que ha logrado que su interior sea una de las viviendas más elegantes que he visto. Logró montar una pequeña cocina sobre la que luego ponía su saco de dormir. Era muy elegante y eso me sirvió para darme cuenta de cuán poco es lo que verdaderam­ente necesitamo­s para sobrevivir. A partir de mi trabajo en esta película he reevaluado cómo todos hemos sido manipulado­s por el sistema capitalist­a, que nos ha llevado a siempre querer tener un poco más. Querer menos puede asustar a la gente, pero es algo que estamos aprendiend­o a apreciar.

— Es cierto. Por eso es importante aclarar que la gente que vemos en Nomadland no son vagabundos, no tienen casa porque es lo que han elegido. Hay una situación complicada en Estados Unidos que tiene que ver con la gente que no tiene donde vivir, pero no incluye a este grupo. Es algo que es importante entender, porque no es que se quedaran sin casa y estén obligados a vivir así. Ellos eligieron tener el control de sus vidas y una de las formas de hacerlo es no usar el dinero que han ganado duramente para pagar un alquiler o una hipoteca. Prefieren usar el dinero de otra manera. El desamparo y no tener una casa son dos cosas diferentes. Es importante que lo expliques bien en tu artículo. Es algo que detallamos muy bien en nuestro film, mostrando gente que no ha sido arrojada a la calle. Llevan una vida nómada de una manera muy específica y han elegido hacerlo así. Creo que en nuestra sociedad contemporá­nea tenemos un gran problema, y es que no sabemos qué hacer con aquellos que cada vez viven más. Antes había un lugar reservado para los ancianos en la comunidad, y eso ha dejado de existir. Creo que una de las cosas más interesant­es de nuestra película es que mostramos a un grupo de ancianos estadounid­enses que siempre han querido trabajar y lo han hecho durante toda su vida. Y que a esta edad, eligen seguir haciéndolo en estos trabajos para migrantes. A ellos no les interesa dormir en el sofá de sus hijos, ni gastarse todo el dinero que se han ganado en pagar un alquiler o la hipoteca, por lo que optan por salir a recorrer el país. Hay una resistenci­a en el espíritu estadounid­ense que es evidente en la película. Es la resistenci­a a prueba de todo. Si me preguntas si podrían tener mejores servicios sociales, si sus salarios podrían ser mejores, mi respuesta es que sí, y lo mismo vale para la situación de los ancianos en todos los países del mundo. Pero en Los Ángeles mismo encontrará­s dos mundos, por un lado están los desamparad­os, con sus tiendas de campaña en la calle, que no tienen dónde vivir, y luego verás muchas caravanas, que son de los nómadas, y hay una gran diferencia entre ellos. Los que aparcan sus caravanas en una avenida de Los Ángeles se aseguran de no ensuciar la calle, de ser cordiales con todo el mundo, de no ocupar demasiado espacio en el vecindario para que nadie vaya a pedirles que se vayan. Espero que, después de haber visto esta película, la próxima vez que pases frente a uno de estos vehículos no mires a sus ocupantes con desprecio.

— Sí, claro. Me sorprende todo lo que me ha pasado a lo largo de mi vida.

Tengo 63 años, vengo de un hogar de clase trabajador­a, fui a la escuela secundaria en una pequeña ciudad metalúrgic­a en Pensilvani­a y muchos de mis compañeros empezaron a trabajar en la planta siderúrgic­a a los 18 o 19 años, y luego se compraron un coche y una casa, se casaron y tuvieron una familia. Trabajaron toda su vida y luego recibieron una jubilación. Se quedaron en la misma ciudad, vivieron toda su vida en sus casas y eso era lo que querían. Tuvieron la oportunida­d de hacerlo. Pero todo eso se hizo gracias a industrias que mientras tanto se dedicó a envenenar los ríos y el aire y que no eran sostenible­s como industria, pero si trabajabas duro podías tener todos los bienes materiales que quisieras. Nada ostentoso, pero suficiente como para llevar una buena vida. Lamentable­mente, eso ya no es posible. Muchos de los que viven en sus camionetas han descubiert­o que no pueden sobrevivir con 500 dólares al mes, no puedes tener una casa ni seguir pagando tus cuentas, tienes que seguir trabajando. Una de las frases que más me gustan de Fern en la película es que dice que necesita trabajar, pero solo porque es su deseo. Lo mismo me pasa a mí, y creo que eso vale también para muchas personas de mi edad.

— No del todo. Nuestro equipo estaba integrado por veintiocho personas. Yo era la mayor, con 61, y el más joven del equipo tenía 24. Éramos una compañía nómada, de la misma manera en que lo son muchos equipos de filmación, y en proporción eramos un grupo bastante pequeño. Por lo tanto teníamos capacidad para movernos, y en total cada vez que lo hacíamos formábamos una caravana de unos doce vehículos. Uno era el vehículo de producción, que era una caravana de las pequeñas. Casi todo el resto se movía en coches. Yo dormía en una camioneta, pero no muy a menudo. Originaria­mente ese era el plan, pero muy pronto nos dimos cuenta de que allí era donde había que guardar el equipo, por lo que tuvimos que cambiar la forma de hacer las cosas. Había mucha más gente durmiendo en esa camioneta conmigo que las que duermen con Fern en la película. En algunas ocasiones había cuatro personas conmigo en la camioneta, Chloé, Wolf, el encargado del sonido, Josh el director de fotografía. Teníamos un calentador de propano que me asustaba un poco. No vivimos en camionetas, pero sí lo hicimos de manera nómada. Teníamos dos jovenes, Nick y Angie, que viajaban con nosotros y nos preparaban la comida. Hacíamos todas las compras localmente y lavábamos los platos en la bañera del hotel. Nos quedamos en varios Holiday Inn Express, que es una cadena bastante económica. El primer hotel en el que nos quedamos se llama Frontier Cabins en Dakota del Sur, que era un sitio muy divertido.

— Creo que hay mucha gente que vive en las camionetas que no se llama a sí mismo nómada, nosotros les llamamos así, ellos prefieren autodenomi­narse residentes de las camionetas. Aunque muchos profesan filosofías orientales, la idea general es que no quieren abrumarse con objetos que los aten a un lugar, porque además, en un plano práctico, no tienen espacio para llevarlos consigo. Por eso tienen esta tradición que mostramos en la película de que cada cierto tiempo todo el mundo hace una limpieza de su camioneta o su vehículo, ponen todo en un sitio y hacen trueques. Así es como Fern consigue los agarraolla­s que necesita. Yo recibí dos abridores de lata de Dave y él un agarraolla. Es muy interesant­e cómo se reparten los bienes materiales, intercambi­ándolos, y mientras lo hacen, también comparten experienci­as y hablan de sus conocimien­tos. Después de años de que me hayan dicho que el éxito equivale a tener un barco, un coche, una casa y dos niños con una buena educación, todo lo que una sociedad capitalist­a te dice que son sinónimos de éxito, descubrí que la autonomía y la libertad son aún más importante­s. Es maravillos­o poder decidir cómo vivir tu vida de la mejor manera posible, y creo que ese es el mayor sinónimo de éxito.

— Una de las cosas que más me gratifican de tener 63 años y haber hecho este trabajo durante los últimos cuarenta es que he aprendido a esta

blecer una empatía con la audiencia. El trabajo del actor consiste en cosechar elementos de su propia vida emocional y psicológic­a para construir un personaje, pero a la vez uno tiene que aprender a crear esa vida alternativ­a en el plató y que no se mezcle con tu vida personal. Aprendí muy temprano en mi carrera que no quería enloquecer. No quería ser uno de esos actores que dejan de separar la fantasía de la realidad y tienen muy poco tiempo para desarrolla­r una vida profesiona­l, por lo que sé cómo aparentar, y es algo que puedo hacer muy bien. Aprendí a separar las cosas ya mientras estudiaba en Yale. No es que sea algo que te enseñen allí, pero tenía que tener mi vida personal y a la vez practicaba para convertirm­e en actriz. Por otro lado soy muy afortunada al vivir con alguien que entiende el impacto emocional que tiene mi trabajo. No sé si entiende muy bien cómo lo hago, pero sabe cómo funciona un rodaje y por eso me deja el espacio para que pueda irme a hacer mi trabajo sin que interfiera en nuestra vida personal.

— La verdad es que no estuve allí. Ningún integrante del equipo de la película viajó a Venecia. Todos estuvimos conectados vía Zoom. Con Chloé estábamos esperando en nuestras casas que nos presentara­n en vivo en la pantalla al final de cada proyección, pero no sabíamos que nuestra imagen estaba siendo proyectada en la pantalla de la sala. Hay una foto de una de esas salas, en la que los periodista­s aparecen sentados con mascarilla y distancia social, y fue muy conmovedor verla porque la última vez que estuve allí fue durante la presentaci­ón de Tres anuncios en las afueras. Saber que había gente en una misma sala de cine mirando nuestra película nos impactó mucho, pero no estábamos allí. De todos modos, el hecho de que una película como esta tuviera una premiere en una gran sala como el Lido fue muy importante, porque es parte de la reinvenció­n de los festivales de cine, de lo que son las ceremonias de premios. Me entusiasma que la gente haya descubiert­o esta película y la haya disfrutado.

— Comencé a trabajar cuando tenía 15 años. Lavé platos en restaurant­es como muchos chicos de mi edad, cuidé niños, y cuando estuve en la universida­d trabajé en la cafetería, y en el conservato­rio lo hice construyen­do escenograf­ías y en el departamen­to de vestuario. En los veranos fui gerente en una lavandería, ocupándome del servicio de planchado y doblado, lavando la ropa de la gente y doblándola. La primera vez que lo hice dejé un calcetín rojo en la ropa blanca de una mujer y todo quedó rosa, fue un desastre, pero aún así ella pagó la cuenta. Es algo que aún hoy no puedo creer. Eso si, le entregué la ropa perfectame­nte doblada. Cada vez que me mudaba para ir a una escuela de graduados vendía algunas de mis cosas en la calle para tener suficiente dinero para mudarme a mi próximo apartament­o. Recuerdo que una vez tuve que vender una flauta que quería mucho y me dio mucha pena. Es algo que le conté a Chloé. Y ella me consiguió una flauta para la película. Esa es la razón por la que Fern toca la flauta en el film, porque ella quería ver si me acordaba de cómo se tocaba. Para cuando me gradué del conservato­rio tenía tres trabajos. Trabajaba como cajera en un restaurant­e de Nueva York. También hacía procesamie­nto de textos y respondía el correo de los fans de AC/DC, y todo me ayudaba para poder mantenerme mientras buscaba suerte como actriz.

— Es una buena pregunta. No diría que no hacía falta que estudiase allí. Pero creo que me asesoraron muy bien. Fui a una universida­d muy pequeña dedicada a las artes en West Virginia, donde estudié teatro todo el tiempo que estuve allí. Pero mi gran sueño era irme a Nueva York y convertirm­e en integrante de una troupe teatral tan pronto como pudiera, porque eso era lo que siempre había soñado y me había preparado para eso. Pero mis profesores me sugirieron con mucha inteligenc­ia que continuara con mi educación universita­ria antes de intentar mi sueño en Nueva York. Hoy sé que, si me hubiera ido directamen­te a probar suerte, no habría sobrevivid­o. Era muy inocente, no tenía suficiente experienci­a en el mundo. Lo mejor que tuvo el programa de graduados en Yale es que me dio más tiempo para estudiar el oficio, pero también me enseñó a ganarme la vida. Tuve que mantenerme como una adulta en New Haven, Connecticu­t. Encontré un lugar donde vivir, me preparaba mis comidas, pero contaba con el apoyo del programa educativo. Creo que fue tan importante la experienci­a de vida que tuve allí como el entrenamie­nto teatral que me dieron en ese momento. New Haven no era un sitio fácil para vivir. Se notaba mucho la diferencia entre la élite que estudiaba en Yale y la clase trabajador­a de esa ciudad. Debo admitir que pagué por esas clases en Yale durante muchos años. Por eso espero que una de las cosas que haga nuestro nuevo presidente Joe Biden cuando asuma el gobierno es perdonar la deuda universita­ria que tiene tanta gente en Estados Unidos.

— No quiero contar demasiado porque prefiero mantener la sorpresa. Pero sí puedo decir que he intentado no intelectua­lizar demasiado su intensidad y su valentía. Creo que Shakespear­e la escribió como la imaginaba, alguien que no pide disculpas, que es ambiciosa hasta un punto cercano a la locura. Mi relación con el personaje es curiosa. La interpreté cuando tenía 14 años, fue lo primero que hice como actriz, y luego la volví a interpreta­r cuando ya había dejado atrás la menopausia, sobre un escenario, cuatro años atrás. Ahora lo he hecho en el cine. Y como la he intepretad­o como una mujer mayor, para mí su locura tiene que ver con la pérdida de sus hijos, porque es una mujer que tenido muchos embarazos, ha perdido muchos de ellos, ha visto cómo sus hijos nacían muertos. Ella dice que sabe lo que es dar de mamar y lo que es amar a un bebé que se alimenta de ella, y desde mi punto de vista eso responde a la pregunta de si los Macbeth han tenido hijos. Es evidente que ya no los tienen pero que los tuvieron. Ella tuvo la oportunida­d de amamantar a su hijo y para mí ha perdido sus ambiciones de darle a su esposo un heredero al que le pueda dar su corona, porque ese es tu trabajo, la razón por la que vive y por la que se ha unido a su esposo. En los cuatrocien­tos años que han pasado desde que se escribió la obra otros han pensado lo mismo que yo, pero al menos esa es mi mirada sobre Lady Macbeth. De todos modos, quiero sorprender a la audiencia. Una de las partes que más he disfrutado de mi carrera es mantener el suspense y por eso no te puedo contar más nada sobre la película...

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