Cró­ni­cas de un PUE­BLO

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Un pue­blo de la lla­ma­da “Es­pa­ña va­cia­da”, Fuen­te­jue­la de Arri­ba, co­rre pe­li­gro de ser ane­xio­na­do a otro más pu­dien­te de­bi­do a su fal­ta de ve­ci­nos. Pe­ro ahí es­tá Car­men Ma­chi, dis­pues­ta a im­pe­dir­lo con la ayu­da de

Pe­pón Nie­to, Jon Kor­ta­ja­re­na... y un gru­po de afri­ca­nos que, ca­sual­men­te, pa­sa­ba por allí. El re­to ver­sa­rá en con­se­guir que los lu­ga­re­ños in­te­gren a los re­cién lle­ga­dos pa­ra su­bir el cen­so... aun­que so­lo sea por amor pro­pio (y en al­gu­nos ca­sos, tam­bién ajeno).

Lo nun­ca vis­to ha­bla de la to­le­ran­cia, de com­ba­tir los pre­jui­cios que te­ne­mos an­te aquel que es di­fe­ren­te. El en­torno en el que Ma­ri­na, la di­rec­to­ra, nos si­túa es un pue­blo que es­tá a pun­to de des­apa­re­cer. De he­cho, ella se ins­pi­ró en una si­tua­ción real: no re­cuer­do el país, pe­ro sí que ha­bía un gru­po de in­mi­gran­tes al que pro­pu­sie­ron in­te­grar­se en el pue­blo y ellos de­cían que no, que lo que que­rían era la ciu­dad (al­go que aquí se apun­ta tam­bién). Se tra­ta­ba de la co­li­sión de la am­bi­ción de am­bos. La gen­te bus­ca una vi­da me­jor en to­dos los sen­ti­dos y es ló­gi­co. Que­dar­se en un pue­blo no es a lo que as­pi­ran, co­mo de­be ser. La lec­ción de la pe­lí­cu­la es que hay que echar­se una mano los unos a lo otros. Siem­pre.

La Es­pa­ña va­cía ten­dría un mon­tón de co­sas que con­tar... Vi­vi­mos una ten­den­cia de vol­ver a lo ru­ral. Yo soy de Ma­drid y me da­ba mu­chí­si­ma pe­na cuan­do mis ami­gos se iban “al pue­blo” y yo no te­nía pue­blo. Era una co­sa muy po­ten­te, fe­liz, por­que ahí se ge­ne­ra­ba eso del re­en­cuen­tro, de la vuel­ta a la cuna… Es­pa­ña tie­ne una gran ri­que­za, un enor­me con­tras­te y es una pe­na que eso se pier­da.

Car­men, no me ne­ga­rás que, co­mo ac­triz, tie­nes el don de ha­cer bri­llar a cual­quie­ra que es­té a tu la­do. Mu­chas gra­cias por el ha­la­go, pe­ro lo me­jor que pue­des ha­cer en es­ta vi­da es co­lo­car­te al la­do del que sa­be y yo lo ha­go. Pue­de pa­re­cer lo con­tra­rio pe­ro no (ri­sas). Por eso, las pe­lí­cu­las co­ra­les, co­mo es­ta, son tan com­pli­ca­das. Yo he he­cho va­rias de es­te es­ti­lo, Que se mue­ran los feos, Vi­lla­vi­cio­sa de al la­do... co­me­dias ru­ra­les que lle­van un gran elen­co.La di­fi­cul­tad vie­ne cuan­do to­do el mun­do tie­ne que es­tar en

TRAS TRA­BA­JAR CON LA DI­REC­TO­RA

MA­RI­NA SE­RE­SESKY EN LA PUER­TA ABIER­TA,

CAR­MEN MA­CHI RE­PI­TE CO­LA­BO­RA­CIÓN

CON LO NUN­CA VIS­TO, PE­LÍ­CU­LA

QUE LLE­GA A LOS CI­NES EL 12 DE JU­LIO.

el mis­mo có­di­go, el mis­mo tono, el rit­mo... En el ca­so de Lo nun­ca vis­to, el re­par­to es ex­tra­or­di­na­rio. Pe­pón Nie­to y yo so­mos muy ami­gos y so­lo con mi­rar­nos nos en­ten­de­mos. Pe­ro Ki­ti Man­ver, Pepa

Cha­rro, Jon Kor­ta­ja­re­na (que es­tá ex­cel­so)... son tam­bién ex­tra­or­di­na­rios.

El ver­da­de­ro mé­ri­to con­sis­te en “em­pas­tar­te” con el equi­po. Ahí es cuan­do sube la cla­ra del hue­vo. Tie­ne que ha­ber mu­cha ver­dad, mi­rar­te a los ojos. Y es el di­rec­tor quien con­si­gue equi­li­brar las ener­gías tan di­fe­ren­tes que se ge­ne­ran.

Me pa­re­ce­ría im­per­do­na­ble te­ner­te aquí y no pre­gun­tar­te por el tea­tro.

Por­que siem­pre eli­ges obras po­de­ro­sas, rein­vin­di­ca­ti­vas. Tú no es­co­ges las obras. A lo me­jor en al­gún ca­so fun­cio­na así, pe­ro en el mío son las obras las que me eli­gen a mí. Me lla­ma un di­rec­tor, me leo un tex­to y de­ci­do. Yo lle­vo to­da mi vi­da ha­cien­do tea­tro y los gran­des tex­tos, las gran­des pa­la­bras es­tán ahí. Ven­go de un tea­tro don­de man­da la pa­la­bra y di­rec­to­res que va­lo­ran la dis­ci­pli­na, la rec­ti­tud, el res­pe­to. Pa­ra mí es fun­da­men­tal que to­do lo tea­tral tras­cien­da, in­clu­so lo ba­nal, por­que uno no va a es­tar ha­cien­do siem­pre a Só­fo­cles. ¡Me­nu­do ago­ta­mien­to, so­bre to­do pa­ra el es­pec­ta­dor! (ri­sas). Por mi ca­mino creo que han pa­sa­do los me­jo­res di­rec­to­res, o al me­nos de los que más he apren­di­do. He tra­ba­ja­do con Lluís Pas­cual, Ge­rar­do Ve­ra, Jo­sé

Luis Gó­mez, Er­nes­to Caballero, An­drés Li­ma, Mi­guel del Arco... Me gus­ta co­la­bo­rar con gen­te que sa­be más que yo. Aho­ra es­toy tra­ba­jan­do en un pro­yec­to con An­drés Li­ma y fli­po con la idea que tie­ne de las co­sas. Me su­bo a ese ca­rro y no pre­gun­to, por­que creo que va a ser al­go muy po­ten­te.

El pú­bli­co tea­tral es en su ma­yo­ría fe­me­nino. ¿Ha­cen fal­ta más his­to­rias pa­ra ellas? Yo ten­go la edad de esas mu­je­res que van a las salas y a mí sí me es­cri­ben co­sas. ¿Que de­be­ría ha­ber más? Por su­pues­to. Pe­ro gran­des his­to­rias que yo he con­ta­do co­mo mu­jer de 50 años las han es­cri­to hom­bres.

No siem­pre la mu­jer tie­ne que es­cri­bir pa­ra la mu­jer. Es­te co­men­ta­rio que has he­cho es ver­dad, pe­ro po­dría lle­var a pen­sar que no se ha­ce na­da y sí se ha­ce. Si no, ¿de qué co­me­ría yo? Lle­vo tra­ba­jan­do des­de los 17 años y mi ca­rre­ra a ni­vel más in­ten­so ha si­do a par­tir de los 40. Em­pe­zan­do por la pro­pia

Aí­da, la se­rie de te­le­vi­sión. A par­tir de ahí, to­dos mis per­so­na­jes han te­ni­do la edad que he ido cum­plien­do yo. Los ame­ri­ca­nos, que nos lle­van mu­cha ven­ta­ja, em­pe­za­ron a es­cri­bir his­to­rias pa­ra esas mu­je­res que tam­bién van al ci­ne, a los mu­seos... Por­que ellas son las que com­pran en­tra­das.

Car­men, ¿cuá­les di­rías tú que son tus ar­mas co­mo ac­triz? No lo sé.

Yo creo que qui­zás ha­ya uti­li­za­do más

“ar­mas” en el tea­tro. No me im­po­ne, no me da mie­do, no lo pa­so mal ni me pon­go ner­vio­sa por­que ten­go do­mi­nio del es­ce­na­rio, por­que lo he he­cho tan­to, por­que me he subido tan­tas ve­ces a es­ce­na... El ci­ne, la te­le­vi­sión y el tea­tro son muy di­fe­ren­tes. La in­tui­ción es im­por­tan­tí­si­ma. A mí, por ejem­plo, no me gus­ta per­der el tiem­po.

Una de las co­sas que me ha­ce sa­lir más tran­qui­la al es­ce­na­rio es lle­gar en el úl­ti­mo mo­men­to. Al­go muy ra­ro. No me gus­ta es­tar ves­ti­da del per­so­na­je más de cin­co mi­nu­tos an­tes de que em­pie­ce la fun­ción. Si es­tá mu­cho ra­to con­mi­go, no le doy su per­so­na­li­dad.

Hay com­pa­ñe­ros a los que es­to les po­ne un po­co ner­vio­sos, o que, por ejem­plo, me mi­cro­fo­ne cuan­do jus­to sal­ta el pi­ti­do de en­tra­da, pe­ro eso es lo que me ayu­da a pa­sar de ce­ro a cien.

No sé si es por­que he tra­ba­ja­do du­ran­te años en com­pa­ñías que se iban por los pue­blos con el ca­rro. Yo he he­cho mu­cho ese tea­tro de jo­ven­ci­ta y soy de esa es­cue­la. Y es­cu­char a quien tie­nes al la­do es la me­jor ar­ma, por­que es la ma­ne­ra de sol­ven­tar cual­quier ac­ci­den­te. Eso y de­cir lo que po­ne, no in­ven­tar­te na­da (ri­sas).

Pa­re­ces in­mu­ne a la so­bre­ex­po­si­ción pú­bli­ca y al ego des­me­di­do. ¿Có­mo se lo­gra se­me­jan­te cua­dra­tu­ra del círcu­lo? Si tra­ba­jas mu­cho no te pue­des pa­rar a pen­sar en ton­te­rías.

Es­to del éxi­to es al­go tan ra­ro...

Cuan­do has si­do un éxi­to te­le­vi­si­vo y lue­go te vas al tea­tro an­dan­do to­dos los días, es­tás en con los pies en la tie­rra por­que es otro mun­do. Yo pa­sé ocho da­ños de mi vi­da ha­cien­do tea­tro y te­le­vi­sión a la vez y una co­sa te re­sar­ce de la otra. Cuan­do tra­ba­jas en me­dios au­di­vi­sua­les eres una es­tre­lla, te re­co­ge un co­che, hay una per­so­na que te ma­qui­lla ... eso te pue­de ha­cer muy va­go. Pe­ro cuan­do te vas al tea­tro te lo tie­nes que ha­cer tú to­do. A lo me­jor es por eso, aun­que se­gu­ro que ten­go al­gún ra­ma­la­zo de idio­ta.

La va­ni­dad es al­go muy de los ac­to­res y la ne­ce­si­tas, por­que so­mos muy tí­mi­dos. En el fon­do, nos equi­li­bra. Es im­pres­cin­di­ble que la au­to­es­ti­ma es­té en equi­li­brio pa­ra tra­ba­jar bien.

Car­men Ma­chi en Lo nun­ca vis­to, or­gu­llo­sa de su pue­blo.

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