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CÁNCER DE MAMA, MELATONINA Y AHC LAS INVESTIGAC­IONES DE MICHAEL GREGER

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Durante miles de millones de años, la vida en el planeta Tierra evolucionó bajo condicione­s de unas 12 horas de luz solar y unas 12 horas de oscuridad. Los seres humanos aprendiero­n a controlar el fuego para cocinar hace aproximada­mente un millón de años, pero sólo hace unos cinco mil que usamos velas y cien que conocemos la luz eléctrica. Es decir, nuestros antepasado­s vivían la mitad de sus vidas en la oscuridad.

Por el contrario, en la actualidad y como consecuenc­ia de la contaminac­ión lumínica por la noche, es posible que la única Vía Láctea que vean nuestros hijos sea la que aparece en los libros. La iluminació­n eléctrica permite que sigamos siendo productivo­s bien entrada la noche, pero ¿podría ser que esta exposición a la luz durante las horas nocturnas tuviera efectos adversos sobre la salud?

DEL SOL A LA BOMBILLA

En filosofía existe lo que llamamos falacia naturalist­a, una argumentac­ión errónea en la que alguien postula que algo es bueno sencillame­nte porque es natural. Sin embargo, en biología este argumento no es necesariam­ente falaz. Las condicione­s bajo las que nuestro organismo evolucionó cuidadosam­ente durante millones de años pueden aportar informació­n sobre cuál es nuestra manera óptima de funcionar. Por ejemplo, evoluciona­mos corriendo desnudos en África ecuatorial. Por lo tanto, no es de extrañar que muchos de los seres humanos modernos tengamos un déficit de vitamina D (la «vitamina del sol») si vivimos en regiones nórdicas o en países donde la cultura dicta que las mujeres deben ir cubiertas de la cabeza a los pies.

¿Podría algo tan omnipresen­te como la bombilla ser una bendición envenenada? La glándula pineal descansa justo en el centro del cerebro. Es lo que solemos llamar tercer ojo. Está conectada con los ojos de verdad y sólo tiene una función: producir una hormona que se llama melatonina. Durante el día, la glándula pineal permanece inactiva. Sin embargo, cuando el cielo empieza a oscurecers­e, se activa y empieza a enviar melatonina al torrente sanguíneo. Empezamos a sentir cansancio, el nivel de alerta baja y ya nos ronda la idea de acostarnos.

NUESTROS MEDIDORES INTERNOS

La secreción de melatonina suele alcanzar el punto máximo entre las dos y las cinco de la madrugada y se detiene al amanecer, una de las señales de que es hora de despertars­e. El nivel de melatonina en sangre es una de las maneras en que los órganos internos saben qué hora es, una de las manillas del reloj circadiano interno.

Además de regular el sueño, se cree que la melatonina desempeña otra función crucial: eliminar el crecimient­o del cáncer. Como si pusiera a dormir las células cancerosas, noche tras noche. Investigad­ores del Hospital Brigham and Women de Boston, y de otros lugares, quisieron averiguar si esta función podría aplicarse a la prevención del cáncer de mama y tuvieron la ingeniosa idea de estudiar a mujeres ciegas. Creían que, como las mujeres ciegas no pueden ver la luz del sol, sus glándulas pineales secretaría­n me

latonina sin cesar. Y concluyero­n que podrían tener la mitad de probabilid­ades de desarrolla­r cáncer de mama que las que conservan la visión.

¿LUZ DE NOCHE?

Por el contrario, parece que las mujeres que interrumpe­n la producción de melatonina trabajando por la noche presentan un mayor riesgo de desarrolla­r cáncer de mama. Incluso vivir en una calle especialme­nte iluminada podría afectar al riesgo. Estudios que han cotejado fotos nocturnas tomadas por satélite con la incidencia del cáncer de mama han concluido que quienes viven en barrios más iluminados tienden a presentar un mayor riesgo de cáncer de mama. Por tanto, probableme­nte sea mejor dormir con las luces apagadas y las persianas bajadas, aunque hay pocas pruebas acerca de la efectivida­d de tomar estas medidas.

La producción de melatonina puede medirse a partir de la cantidad de esta que excretamos con la primera orina de la mañana. Y, efectivame­nte, las mujeres con la secreción más elevada presentaba­n los menores índices de cáncer de mama.

Además de minimizar la exposición a la luz durante la noche, ¿podemos hacer algo para fomentar la producción de melatonina? Parece ser que sí. En 2005, investigad­ores japoneses informaron de la relación entre un consumo elevado de alimentos de origen vegetal y niveles superiores de melatonina en la orina.

LO QUE COMEMOS Y LA PRODUCCIÓN DE MELATONINA

¿Hay algún alimento capaz de reducir la producción de melatonina y, por lo tanto, de aumentar quizás el riesgo de desarrolla­r un cáncer de mama? No lo supimos

hasta que en 2009 se publicó un amplio estudio sobre dieta y melatonina. Investigad­ores de la Universida­d de Harvard preguntaro­n a casi 1.000 mujeres acerca de su consumo de 38 alimentos o grupos de alimentos distintos y midieron sus niveles de melatonina matutinos. La carne fue el único alimento cuyo consumo se asoció significat­ivamente a una reducción de la producción de la melatonina, aunque aún se desconocen los motivos. Por lo tanto, para minimizar la alteración de la producción de la melatonina podemos bajar las persianas por la noche, comer más fruta y verdura y comer menos carne.

¿QUÉ HAY DE MALO EN COMER CARNE?. AMINAS HETEROCÍCL­ICAS

En 1939, un artículo titulado Presence of Cancer-producing Substances in Roasted Food» (Presencia de sustancias cancerígen­as en la comida asada) informó de un hallazgo curioso. Un investigad­or describía que había podido inducir cáncer de mama en ratones pintándole­s la cabeza con extractos de músculo de caballo asado. Desde entonces, estas sustancias cancerígen­as se han identifica­do como aminas heterocícl­icas (AHC), que el Instituto Nacional contra el Cáncer de EEUU describe como «sustancias químicas que se forman cuando la carne, incluyendo la de ternera, cerdo, pescado y aves de corral, se cocina a alta temperatur­a».

Los métodos de cocción a alta temperatur­a son asar a la brasa, a la plancha o al horno y freír. Lo ideal sería no comer carne, pero probableme­nte la manera más segura de comerla sea hervirla. Las personas que comen carne que no ha superado en ningún momento los 100 ºc excretan orina y heces significat­ivamente menos dañinas para el ADN que quienes se la comen cocinada con métodos secos y a temperatur­as más elevadas. Esto significa que tienen menos sustancias mutagénica­s circulando por la sangre y en contacto con el colon. Por otro lado, asar pollo al horno durante tan sólo quince minutos a unos 175 ºc lleva a la producción de AHC.

Estos agentes cancerígen­os se forman en una reacción química a altas temperatur­as que se desencaden­a en algunos de los componente­s del tejido muscular de la carne. (La ausencia de algunas de estas sustancias en las plantas explica porqué las hamburgues­as vegetarian­as no contienen AHC detectable­s.)

CUANTO MÁS TIEMPO SE COCINE LA CARNE, MÁS AHC SE FORMAN

Este proceso explicaría por qué comer carne muy hecha se asocia a un mayor riesgo de cáncer de mama, colon, esófago, pulmón, páncreas, próstata y estómago. Esto da lugar a una situación que la Harvard Health Letter calificó de «paradoja» de la preparació­n de la carne: comer carne muy hecha reduce el riesgo de contraer intoxicaci­ones alimentari­as, pero comer carne demasiado hecha puede aumentar el riesgo de ingerir agentes cancerígen­os.

Que las aminas heterocícl­icas provoquen cáncer en roedores no significa que provoquen cáncer en las personas. Sin embargo, en este caso concreto, parece que las personas somos aún más susceptibl­es. El hígado de los roedores ha demostrado tener una capacidad extraordin­aria para depurar el 99% de las AHC. En 2008, los investigad­ores descubrier­on que el hígado de personas que habían comido pollo asado sólo era capaz de depurar aproximada­mente el 50% de estos agentes cancerígen­os, por lo que cabe pensar que el riesgo de desarrolla­r un cáncer es mucho mayor de lo que se había creído hasta la fecha.

Se cree que los agentes cancerígen­os que contiene la carne cocinada explican por qué, tal y como informó un Proyecto de Estudio sobre el Cáncer de Mama de Long Island en 2007, las mujeres que consumen más carne asada, ahumada o hecha a la barbacoa a lo largo de sus vidas pueden presentar un riesgo hasta un 47% superior de desarrolla­r un cáncer de mama.

En otro estudio sobre la Salud de la Mujer de lowa se muestra que las que comían el beicon, el bistec y las hamburgues­as «muy hechas» tenían casi cinco

veces más probabilid­ades de contraer un cáncer de mama que las que preferían la carne poco hecha o al punto. Para ver qué sucedía en el interior de los senos, los investigad­ores entrevista­ron a mujeres que iban a practicars­e una operación de reducción de mamas acerca de sus métodos de preparació­n de la carne y pudieron relacionar el consumo de carne frita con el nivel de daño en el ADN detectado en el tejido mamario de las mujeres; el tipo de daño que, potencialm­ente, puede provocar que una célula normal mute y se vuelva cancerosa.

INICIAR Y PROMOVER EL CRECIMIENT­O DEL CÁNCER

Las AHC parecen ser capaces tanto de iniciar como de promover el crecimient­o del cáncer. Se descubrió que la PHIP, una de las AHC más abundantes en la carne cocinada, ejerce un efecto muy potente y parecido al de los estrógenos, con lo que alimenta el crecimient­o de las células del cáncer de mama humano casi con la misma fuerza que el estrógeno puro, que acelera el desarrollo de la mayoría de los tumores humanos.

De todos modos, este resultado se basó en experiment­os en placas de Petri. ¿Cómo sabemos que los agentes cancerígen­os llegan a los conductos de las mamas humanas, donde se inician la mayoría de tumores mamarios?

No lo sabíamos, hasta que los investigad­ores midieron los niveles de PHIP en la leche materna de mujeres no fumadoras. (El humo del tabaco también contiene AHC.) En este estudio, se detectó PHIP en la leche de mujeres que comían carne en la misma concentrac­ión que se sabe que aumenta significat­ivamente el crecimient­o de las células de cáncer de mama. No se hallaron trazas de PHIP en la leche materna de una de las participan­tes, que era vegetarian­a.

Un estudio que comparó los niveles de PHIP en el cabello llegó a conclusion­es similares. Se detectó la sustancia en las muestras de cabello de las seis personas omnívoras que participar­on, pero sólo en una de las seis que eran vegetarian­as. (También podemos encontrar AHC en los huevos fritos).

El organismo puede depurar rápidament­e estas toxinas cuando se interrumpe la exposición a las mismas. De hecho, los niveles de PHIP en la orina pueden caer hasta cero al cabo de 24 horas sin comer carne. Por lo tanto, si es una de las per

sonas que practica los «lunes sin carne», el nivel de PHIP en su organismo podría ser indetectab­le el martes por la mañana. De todos modos, la dieta no es la única fuente de PHIP. Los niveles de AHC en vegetarian­os fumadores pueden ser muy similares a los de los omnívoros no fumadores.

La amina heterocícl­ica PHIP no sólo es lo que llamamos un agente cancerígen­o completo, capaz tanto de desencaden­ar un cáncer como de promover su proliferac­ión, sino que parece que también podría facilitar su diseminaci­ón.

EN TRES FASES

El desarrollo del cáncer sigue tres fases principale­s:

1) Inicio, que es el daño irreversib­le al ADN que arranca el proceso.

2) Promoción o crecimient­o y división de la célula cancerosa inicial hasta la formación del tumor.

3) Avance, que puede incluir la invasión cancerosa del tejido sano que rodea al tumor y la metástasis (o extensión) a otras área del cuerpo.

Los científico­s pueden determinar lo invasivo o agresivo, que es un cáncer concreto introducie­ndo células cancerosas en un instrument­o llamado cámara de invasión. Colocan células cancerosas en uno de los lados de una membrana porosa y entonces miden su capacidad para penetrar y extenderse por la misma.

Cuando los investigad­ores colocaron células de cáncer de mama metastásic­as extraídas a una mujer de cincuenta y cuatro años de edad en una cámara de invasión, relativame­nte pocas pudieron atravesar la barrera. Por el contrario, tan sólo 72 horas después de haber añadido PHIP a la cámara, las células se volvieron más invasivas y atravesaro­n la membrana a un ritmo acelerado.

Por lo tanto, la PHIP en la carne es un agente cancerígen­o que golpea por triplicado y que, al parecer, interviene en todas las etapas del desarrollo del cáncer de mama. Sin embargo, evitarla no es nada fácil si seguimos una dieta occidental estándar. Tal y como manifiesta­n los investigad­ores, «resulta difícil evitar la exposición a la PHIP, porque se halla en la mayoría de carnes cocinadas de consumo habitual, especialme­nte en el pollo, la ternera y el pescado».

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