En­tre­vis­ta a Mó­ni­ca Es­gue­va

«Na­da ocu­rre por ca­sua­li­dad. To­do es una opor­tu­ni­dad pa­ra nues­tro cre­ci­mien­to.»

Integral - - Entrevista - POR FRANCESC MI­RA­LLES · TRANS­CRIP­CIÓN DE ADRIA­NA HER­NÁN­DEZ PLA­NI­LLAS

Me gus­ta­ría que em­pe­zá­ra­mos ha­blan­do de tu in­fan­cia. ¿Re­cuer­das qué que­rías ser de pe­que­ña y por qué?

Sí. Mi­sio­ne­ra en Áfri­ca. No sé de don­de me ve­nía esa vo­ca­ción de ser­vi­cio. Que­ría ayu­dar a los de­más y de­bía sen­tir que don­de más ne­ce­si­ta­ban ayu­da era en Áfri­ca.

¿Tus pa­dres eran re­li­gio­sos? ¿Cul­ti­va­ban esos va­lo­res?

Me crié en una fa­mi­lia nor­mal en ese sen­ti­do. Es­ta vo­ca­ción me na­cía del al­ma. Ya de adul­ta, me fui 6 me­ses de vo­lun­ta­ria a Áfri­ca y tra­ba­jé en un or­fa­na­to y en un co­le­gio. Por lo tan­to, no iba tan mal en­ca­mi­na­da…

¿Cuán­do sen­tis­te la lla­ma­da de la es­pi­ri­tua­li­dad de Orien­te? Me re­fie­ro a la me­di­ta­ción y to­do aque­llo que ha si­do im­por­tan­te pa­ra tu vi­da. ¿Hu­bo al­gún li­bro, maes­tro o ex­pe­rien­cia que te hi­zo abrir los ojos?

Me cues­ta en­con­trar la res­pues­ta a esa pre­gun­ta, pe­ro qui­zá em­pe­zó con un pro­fe­sor de re­li­gión cuan­do yo te­nía 14 años, quien nos ha­bló de las re­li­gio­nes del mun­do y, por pri­me­ra vez, su­pe del bu­dis­mo. De he­cho, yo de pe­que­ña era ca­tó­li­ca, pe­ro por­que creía que era la úni­ca re­li­gión que exis­tía.

¿Re­za­bas? ¿Ibas a la igle­sia?

Sí, me lo to­ma­ba en se­rio. Pe­ro si hu­bie­se te­ni­do más op­cio­nes, ha­bría si­do es­pi­ri­tual sim­ple­men­te, pues des­de muy tem­prano sen­tía esa co­ne­xión es­pi­ri­tual. Con el tiem­po tu­ve la opor­tu­ni­dad de ir en­con­tran­do li­bros que se ade­cua­ban más a lo que re­so­na­ba en mi co­ra­zón, con lo que ya te­nía den­tro. En el fon­do, to­da mi bús­que­da es­pi­ri­tual ha si­do esa, nun­ca ha ha­bi­do una con­ver­sión a na­da.

Ha­ble­mos de tu épo­ca uni­ver­si­ta­ria. Di­ces que es­tu­dias­te Eco­no­mía. ¿Có­mo es que una chi­ca y ado­les­cen­te que ya tie­ne esa in­cli­na­ción ha­cia lo es­pi­ri­tual se me­te en al­go tan frío co­mo es la Eco­no­mía?

No lo sé… No fue na­da fá­cil. Tam­bién me atraía la Psi­co­lo­gía y por eso la es­tu­dia­ba mien­tras cur­sa­ba Eco­no­mía. Era di­fí­cil es­co­ger por­que me gus­ta­ban las cien­cias y las le­tras. La par­te teó­ri­ca de la Eco­no­mía me atraía. Sa­ber qué teo­rías ha­bía de­trás, lo que mue­ve el mun­do. Ade­más, la teo­ría eco­nó­mi­ca es­tá re­la­cio­na­da, más de lo que pa­re­ce, con otras gran­des teo­rías co­mo la es­pi­ri­tua­li­dad o la psi­co­lo­gía. De to­das ma­ne­ras, yo te­nía cla­ro que no iba a tra­ba­jar en eso.

Tal vez te gus­ta­ba ver qué di­ce el di­ne­ro de no­so­tros.

Sí, pe­ro ni el di­ne­ro ni los te­mas fi­nan­cie­ros me han atraí­do nun­ca. Me in­tere­sa­ba lo que ha­bía de­trás, qué es lo que ha­ce mo­ver a las per­so­nas. Y por eso ex­plo­ra­ba qué es lo que di­ce el di­ne­ro de la per­so­na­li­dad hu­ma­na y por qué las per­so­nas lo ter­mi­nan uti­li­zan­do de ma­ne­ra ava­ri­cio­sa y ape­ga­da, así co­mo lo usan los paí­ses y la po­lí­ti­ca pa­ra ma­ni­pu­lar a las per­so­nas.

No sé si fue por esa épo­ca, pe­ro ¿cuán­do te pu­sis­te a tra­ba­jar co­mo mo­de­lo? ¿Cuán­to tiem­po es­tu­vis­te?

Ser mo­de­lo nun­ca lo vi co­mo una ca­rre­ra, así que no me de­di­qué nun­ca a ello por com­ple­to. Mis pa­dres no lo apro­ba­ban y yo te­nía cla­ro que que­ría es­tu­diar. Me pa­re­cía de­ma­sia­do su­per­fi­cial y la gen­te que tra­ba­ja­ba en es­to me re­sul­ta­ba muy po­co pro­fun­da. Por un tiem­po fue una ex­pe­rien­cia di­ver­ti­da. Siem­pre me ha in­tere­sa­do co­no­cer lo que hay de­trás de lo apa­ren­te, de lo que se mues­tra y la gen­te ve. En­tra­ba y cuan­do me can­sa­ba, me iba. To­do em­pe­zó cuan­do yo te­nía 15 o 16 años. Acom­pa­ñé a un con­cur­so de la re­vis­ta ELLE a una ami­ga y al fi­nal me eli­gie­ron a mí en vez de a ella. Ahí em­pe­zó to­do. Tra­ba­ja­ba de mo­de­lo de vez en cuan­do des­de los 15 a los 24 apro­xi­ma­da­men­te. Lo ha­cía por­que me di­ver­tía,

de for­ma pa­ra­le­la y, so­bre to­do, por­que con ese di­ne­ro po­día via­jar, que es lo que siem­pre me ha apa­sio­na­do. Al aca­bar la ca­rre­ra hi­ce el más­ter y lo de­jé. No te­nía un in­te­rés es­pe­cial.

Por otro la­do, tu­vis­te una fa­se de pin­to­ra, ¿cuán­to tiem­po du­ró?

Al igual que na­cí con ese la­do es­pi­ri­tual, cre­cí pin­tan­do. Lo ha­cía des­de muy pe­que­ña. In­clu­so tu­ve un pro­fe­sor de di­bu­jo que me pe­día co­pias de Van Gogh y lue­go las en­mar­ca­ba y se las que­da­ba, pa­ra dis­gus­to de mis com­pa­ñe­ras. Es­ta pa­sión fue in cres­cen­do, so­bre to­do cuan­do vi­vía en Pa­rís y reali­cé cur­sos en la es­cue­la de Be­llas Ar­tes. Lo hi­ce has­ta el mo­men­to en que ele­gí de­jar­lo.

¿A qué se de­bió es­ta de­ci­sión?

Fue du­ran­te mi pri­mer re­ti­ro bu­dis­ta en Ne­pal, don­de tra­ba­jé mu­cho el des­ape­go. Jus­to des­pués te­nía una ex­po­si­ción en Ho­lan­da que se can­ce­ló. Sen­tí aque­llo co­mo una se­ñal y que lo de la pin­tu­ra me es­ta­ba cos­tan­do de­ma­sia­do tra­ba­jo. Y yo ya no creía en for­zar las co­sas, sen­tía que de­ben fluir, aun­que cues­ten es­fuer­zo. Si no lo ha­cen, no es la di­rec­ción co­rrec­ta.

¿Cuál era la di­rec­ción en­ton­ces?

En aquel mo­men­to es­ta­ba es­cri­bien­do mi pri­mer li­bro Cuan­do sea fe­liz y me di cuen­ta de que te­nía que con­cen­trar to­das mis fuer­zas en la es­cri­tu­ra, que aque­llo ayu­da­ría más a los de­más que la pin­tu­ra, so­bre to­do en es­ta épo­ca en que pri­ma lo in­no­va­dor so­bre la be­lle­za. Aque­lla era mi opor­tu­ni­dad pa­ra ver si era ca­paz de de­jar com­ple­ta­men­te la pin­tu­ra ya que, si lo con­se­guía, sen­tía que se­ría ca­paz de des­ape­gar­me de cual­quier co­sa en la vi­da, por­que pa­ra mí an­tes pin­tar era co­mo res­pi­rar.

En­ton­ces tu al­ma no ha echa­do en fal­ta el he­cho de pin­tar. ¿No tie­nes nun­ca el mono de co­ger los pin­ce­les y los lien­zos? ¿O cuan­do das un cam­bio en tu vi­da, lo que hay atrás des­apa­re­ce?

Efec­ti­va­men­te. Hay una par­te que creo que es in­na­ta y otra desa­rro­lla­da con la me­di­ta­ción: el des­ape­go y ser ca­paz de no vol­ver a ello. De­jar­lo to­tal­men­te de la­do y no dar­lo más vuel­tas. De­jar de arras­trar te­mas pa­sa­dos. Es­ta­mos en el pre­sen­te y hay un fu­tu­ro, na­da más.

Ge­nial… Ha­ble­mos de tu en­tra­da en el mun­do del cre­ci­mien­to per­so­nal. ¿Fue en ese re­ti­ro en Ne­pal o ya ha­bías ini­cia­do es­tas prác­ti­cas an­tes? ¿Có­mo em­pe­zas­te a me­ter­te en se­rio en to­do es­to?

De ado­les­cen­te, aun­que en aque­lla épo­ca ha­bía po­ca gen­te in­tere­sa­da, yo ya leía obras de li­bre­rías es­pe­cia­li­za­das, aun­que ha­bía muy po­cas. Leía so­bre te­mas po­co co­mu­nes pa­ra la épo­ca. Aque­llo era lo que me in­tere­sa­ba, lo que me lle­na­ba y trans­por­ta­ba… Me da ple­ni­tud des­de en­ton­ces.

¿Qué au­to­res y li­bros mar­ca­ron esos ini­cios?

Uno de los pri­me­ros fue Her­man Hes­se. A par­tir de ahí to­do ti­po de li­bros: bu­dis­tas, de fi­lo­so­fía, teo­so­fía, mís­ti­cos, de psi­co­lo­gía…

So­bre tu fa­ce­ta de es­cri­to­ra, tu pri­mer li­bro es «Cuan­do sea fe­liz». ¿Cuán­do y por qué lo es­cri­bis­te?

Es mi pri­mer li­bro pu­bli­ca­do, pe­ro no el pri­me­ro que es­cri­bí. Em­pe­cé es­cri­bien­do no­ve­las, pe­ro pa­re­cie­ron no in­tere­sar. Se­guí es­cri­bien­do si­guien­do una lla­ma­da. Creo que a mu­chos es­cri­to­res les pa­sa. Fue en mi pri­me­ra es­tan­cia lar­ga en el Ne­pal, de va­rios me­ses, don­de iba a es­cri­bir otra no­ve­la. A los dos días sen­tí un im­pul­so muy fuer­te: te­nía que es­cri­bir un li­bro so­bre el su­fri­mien­to y la fe­li­ci­dad. Ha­cía un re­ti­ro en el va­lle de Kat­man­dú, en el mo­nas­te­rio don­de vi­ve Matt­hieu Ricard. Pre­gun­té por él y me di­je­ron que es­ta­ba allí y que po­día pa­sar a ver­le. Cuan­do se lo con­té, me ani­mó a es­cri­bir­lo. Em­pe­cé ese li­bro en Kat­man­dú, en el mo­nas­te­rio de She­chen.

«Cuan­do sea fe­liz» lle­va un sub­tí­tu­lo «Un ca­mino re­vo­lu­cio­na­rio». ¿Cuál es ese ca­mino?

Es el ca­mino que nos lle­va a no­so­tros mis­mos. Es una re­vo­lu­ción in­te­rior,

ya que las re­vo­lu­cio­nes ex­ter­nas tie­nen que es­tar cau­sa­das por re­vo­lu­cio­nes in­te­rio­res, sino no son es­ta­bles y des­apa­re­cen. En reali­dad, es una re­vo­lu­ción sos­te­ni­ble y sos­te­ni­da.

Qui­sie­ra ha­cer un pa­rén­te­sis. Has via­ja­do a más de 100 paí­ses. ¿Qué es pa­ra ti via­jar?

¿Por qué has in­ver­ti­do siem­pre tu di­ne­ro y tu ener­gía y tu tiem­po en eso?

Lo más pro­fun­do de via­jar no se li­mi­ta a vi­si­tar di­fe­ren­tes lu­ga­res, sino en po­der en­trar en las cul­tu­ras, en las for­mas di­fe­ren­tes de pen­sar y de vi­vir. Por eso he pa­sa­do tan­to tiem­po fue­ra, vi­vien­do en otros paí­ses y con­ti­nen­tes. Eso me per­mi­tió mez­clar­me con la gen­te, es­tu­diar sus fi­lo­so­fías, vi­vir aven­tu­ras con per­so­nas des­co­no­ci­das y que han ter­mi­na­do sien­do co­mo mi fa­mi­lia. En el fon­do hay un de­seo de her­ma­nar­me con to­dos los se­res hu­ma­nos de es­te pla­ne­ta.

De to­dos los lu­ga­res que has vi­si­ta­do, ¿podrías ele­gir uno o dos que te ha­yan lle­ga­do al co­ra­zón?

Uno se­ría Su­dá­fri­ca, ya que allí pu­de ex­pe­ri­men­tar con la na­tu­ra­le­za lo mis­mo que des­pués pu­de sen­tir a tra­vés de la me­di­ta­ción. Esa na­tu­ra­le­za sal­va­je en la que te mi­me­ti­zas con to­do y sien­tes la fu­sión con la uni­dad.

Ha­blan­do de ex­pe­rien­cias y via­jes, tu li­bro «Don­de pue­da ro­zar tu co­ra­zón» tie­ne mu­cho que ver con tu ca­rác­ter nó­ma­da. ¿Qué opi­nas de es­ta no­ve­la hoy en día, cuan­do la vuel­ves a leer?

Esa no­ve­la que men­cio­nas ha­bla de tres ex­pe­rien­cias. En Tan­za­nia, Fi­li­pi­nas y la In­dia. No la he vuel­to a leer. Des­de que se pu­bli­có, re­ci­bo sim­ple­men­te el feed­back de los lec­to­res, que di­cen via­jar en el tiem­po e iden­ti­fi­car­se con la pro­ta­go­nis­ta. Creo que es el me­jor re­ga­lo que un es­cri­tor pue­da te­ner.

Tam­bién es­cri­bis­te «Men­sa­jes pa­ra el al­ma» don­de ha­bla­bas de uno mis­mo, de los de­más y del mun­do. Lue­go «Los tres pi­la­res de la fe­li­ci­dad», que hoy en día no sé si son los mis­mos pa­ra ti o has in­tro­du­ci­do al­guno más. ¿Cuá­les eran en aquel en­ton­ces esos tres pi­la­res?

Yo lla­ma­ba a ese li­bro La men­te in­fi­ni­ta, aun­que se cam­bió el tí­tu­lo. Ha­bla de la men­te in­cons­cien­te, del ce­re­bro y de có­mo las co­rrien­tes orien­ta­les con­si­de­ran la men­te.

Tie­nes «Diez cla­ves pa­ra al­can­zar tus sue­ños», que ha­bla del coa­ching, PNL. Que­ría ha­cer­te una pre­gun­ta al res­pec­to. ¿De qué ma­ne­ra nos ayu­da el coa­ching a con­se­guir nues­tros ob­je­ti­vos?

En reali­dad, mi for­ma de tra­ba­jar en el coa­ching es un po­co es­pe­cial, di­fe- ren­te. No lo uti­li­zo tan­to co­mo una ma­ne­ra de con­se­guir ob­je­ti­vos sino de trans­for­mar tu vi­da trans­for­man­do tu men­te.

¿En­ton­ces que pa­sos lle­vas a ca­bo?

Pri­me­ro, bus­ca­ría los obs­tácu­los. Si son mie­dos, ha­bría que ver de dón­de vie­nen, cuál es su cau­sa e in­ten­tar di­sol­ver­la.

¿De qué ma­ne­ra lle­gas si a ve­ces es in­cons­cien­te? Ni la pro­pia per­so­na sa­be de dón­de vie­ne el blo­queo. ¿Cuál es tu ma­ne­ra?

Uti­li­zo PNL e hip­no­sis Erick­so­nia­na.

Eres un re­fe­ren­te en el Mind­ful­ness y la em­pre­sa. Tra­ba­jas mu­cho con gru­pos y cor­po­ra­cio­nes. ¿Qué es lo más im­por­tan­te que te ha en­se­ña­do el mind­ful­ness a ti, en tu vi­da per­so­nal?

Una de las me­jo­res co­sas es la ges­tión de la aten­ción, en un mun­do en el que la in­for­ma­ción ya no va­le na­da, por­que es­tá al al­can­ce de to­dos. Es el va­lor más im­por­tan­te aho­ra, ya que aun­que la in­for­ma­ción sea ac­ce­si­ble pa­ra cual­quie­ra, pa­ra con­ver­tir­lo en co­no­ci­mien­to y en sa­bi­du­ría, ne­ce­si­tas te­ner la ca­pa­ci­dad de ges­tio­nar tu aten­ción. De otro mo­do, tie­nes mu­cha in­for­ma­ción que no pue­des uti­li­zar y que te so­bre­pa­sa.

¿Crees que la so­cie­dad ac­tual de las re­des so­cia­les y los dis­po­si­ti­vos elec­tró­ni­cos han di­fi­cul­ta­do mu­cho más que pon­ga­mos aten­ción en las co­sas?

Sin du­da, por­que bus­ca­mos sa­tis­fac­cio­nes muy a cor­to pla­zo. Por eso es más di­fí­cil lle­gar al co­no­ci­mien­to y aún más a la sa­bi­du­ría. Nos lo sal­ta­mos a cam­bio de es­tas dis­trac­cio­nes rá­pi­das. Los se­res hu­ma­nos so­mos va­gos por na­tu­ra­le­za, no nos gus­ta aque­llo que con­lle­va es­fuer­zo.

¿Y eso im­pli­ca­ría, qui­zás, po­ner unos ho­ra­rios al uso de los dis­po­si­ti­vos pa­ra no de­jar­nos arras­trar por el to­rren­te de la in­for­ma­ción?

Te­ne­mos que po­ner li­mi­tes, aun­que cues­te. Hay que ser cons­cien­te que las re­des so­cia­les por ejem­plo han si­do desa­rro­lla­das pa­ra que sean adic­ti­vas, y mu­chos de sus crea­do­res se es­tán des­ape­gan­do de ellas a tí­tu­lo per­so­nal. Ne­ce­si­ta­mos esos lí­mi­tes, si no pue­de ser muy per­ju­di­cial.

bus­ca­mos sa­tis­fac­cio­nes muy a cor­to pla­zo. Por eso es más di­fí­cil lle­gar al co­no­ci­mien­to y aún más a la sa­bi­du­ría. Nos lo sal­ta­mos a cam­bio de es­tas dis­trac­cio­nes rá­pi­das.

Ha­ble­mos aho­ra de tu úl­ti­ma no­ve­la, ti­tu­la­da «El in­fi­ni­to em­pie­za aquí». ¿Dón­de y cuán­do em­pie­za es­ta his­to­ria pa­ra ti? ¿Cuál es su ori­gen?

No me acuer­do có­mo em­pe­zó. Sim­ple­men­te, me di cuen­ta que ca­da vez hay más gen­te que em­pie­za a des­per­tar y sien­te esa voz in­te­rior que le lle­va a bus­car al­go más allá del mun­do ma­te­rial y del día a día. Bus­can res­pues­tas, pe­ro no sa­ben dón­de es­tán ni cuál es el ca­mino que les lle­va ha­cia ellas. As­pi­ran a una ma­yor pro­fun­di­dad, luz, cohe­ren­cia. Pen­sé que una bue­na ma­ne­ra de dar a co­no­cer to­do es­to es a tra­vés de una his­to­ria. Esa es una ma­ne­ra dul­ce de abrir ca­mi­nos pro­fun­dos sin que las per­so­nas sien­tan que es de­ma­sia­do ar­duo ha­cer­lo.

Sin ha­cer «spoi­lers», a nues­tros lec­to­res, ¿cuá­les son los te­mas de la no­ve­la?

El pri­me­ro se­ría la bús­que­da in­te­rior, el pro­pio ca­mino, no ese que ha si­do es­ta­ble­ci­do pa­ra ti o lo que se es­pe­ra de ti. No cum­plir las ex­pec­ta­ti­vas de na­die, de­jar que la puer­ta se abra y que te lle­ve por don­de tie­nes que ir y cum­plir tu des­tino.

Otro te­ma se­ría la im­por­tan­cia de es­ta épo­ca de cam­bio y nues­tra po­si­bi­li­dad de con­tri­buir a que sea po­si­ti­vo. To­dos po­de­mos im­pac­tar en nues­tro en­torno de ma­ne­ra po­si­ti­va. No po­de­mos es­pe­rar que sean otros los que lo ha­gan por no­so­tros. Se pue­de ha­cer via­jan­do, vien­do que to­dos es­ta­mos co­nec­ta­dos, en­con­tran­do res­pues­tas que re­sue­nan, per­so­nas, lu­ga­res, fi­lo­so­fías que no co­no­ces. Na­da ocu­rre por ca­sua­li­dad. To­do es una opor­tu­ni­dad pa­ra nues­tro pro­pio cre­ci­mien­to e ilu­mi­na­ción.

¿Crees que la ilu­mi­na­ción es­tá al al­can­ce de cual­quier per­so­na o hay que prac­ti­car con los la­mas y ha­cer re­ti­ros eter­nos pa­ra al fi­nal po­der ver la luz?

En reali­dad, po­dría lle­var va­rias vi­das al­can­zar­la. Es muy com­pli­ca­do, un ca­mino lar­go. SS Da­lai La­ma di­ce que lle­va eo­nes de tiem­po. Es un pro­ce­so com­pro­me­ti­do, di­fí­cil, con mu­chas prue­bas de ser­vi­cio, al­truis­mo y per­se­ve­ran­cia. Hay mu­chas ten­ta­cio­nes y di­so­nan­cias, ex­ter­nas e in­ter­nas, has­ta que uno se ali­nea y tra­ba­ja so­lo en eso y pa­ra eso. La so­cie­dad no nos apo­ya pa­ra la ilu­mi­na­ción, so­lo in­ten­ta dis­traer, ya que no da im­por­tan­cia al cre­ci­mien­to in­terno y es­pi­ri­tual y al des­per­tar de la con­cien­cia. De to­das ma­ne­ras, yo creo que se pue­de ha­cer en Oc­ci­den­te con una vi­da nor­mal, aun­que con­lle­ve re­nun­cias, fo­co y es­fuer­zo.

Jus­ta­men­te se aca­ba de pu­bli­car un li­bro que Bill Ga­tes re­ga­ló a to­dos los gra­dua­dos de EEUU, «Fact­ful­ness», del sue­co Hans Ros­ling, que di­ce que el mun­do es­tá me­jor que nun­ca. ¿Tú opi­nas que la hu­ma­ni­dad va ha­cia una ma­yor luz, com­pren­sión y con­cien­cia?

Creo que la evo­lu­ción de la hu­ma­ni­dad es co­mo una es­pi­ral cre­cien­te. Hay ve­ces que es­ta­mos en el pun­to de es­pi­ral más ne­ga­ti­vo y pa­re­ce que to­do es­tá muy mal. Siem­pre es­ta­mos ha­cien­do esos círcu­los y, de­pen­dien­do por don­de es­te­mos, a ve­ces te­ne­mos unas sen­sa­cio­nes bas­tan­te pe­si­mis­tas, pe­ro es­toy de acuer­do en que va­mos ha­cia me­jor por­que la es­pi­ral va ha­cia arri­ba, aun­que sea des­pa­cio y ha­ya mo­men­tos de os­cu­ri­dad. Por­que, aun­que ha­ya per­so­nas que es­tán en la os­cu­ri­dad, la ava­ri­cia, la ma­ni­pu­la­ción o el po­der uti­li­za­do pa­ra sub­yu­gar a los de­más, tam­bién hay otras que es­tán des­per­tan­do a una ma­yor con­cien­cia, a la her­man­dad con to­dos los se­res hu­ma­nos y a un ma­yor cui­da­do de la Ma­dre Tie­rra. Aho­ra mis­mo es­ta­mos en un mo­men­to de lu­cha de fuer­zas en­tre la luz y la os­cu­ri­dad. Pe­ro no ten­go du­da que la luz siem­pre ga­na­rá.

Eck­hart To­lle

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.