Cuen­to in­me­mo­rial

Integral - - Inspiraciones -

«En un reino de Orien­te, Da­río, un jo­ven re­cién sa­li­do de la es­cue­la, es­ta­ba de­ci­di­do a ob­te­ner to­do el éxi­to po­si­ble en la vi­da. Ha­bía si­do un es­tu­dian­te ex­ce­len­te y que­ría em­pren­der el ca­mino a la glo­ria. An­tes de ele­gir una de­di­ca­ción, fue a con­sul­tar a un maes­tro es­pi­ri­tual. Ha­bi­ta­ba en un bos­que y se de­cía que te­nía po­de­res so­bre­na­tu­ra­les, co­mo ver el fu­tu­ro.

—Gran maes­tro —di­jo Da­río—, voy a ini­ciar mi ca­rre­ra y qui­sie­ra un con­se­jo so­bre dón­de di­ri­gir­me. Mi pro­pó­si­to es te­ner to­da la abun­dan­cia po­si­ble.

Al ver la tier­na in­ge­nui­dad del chi­co, el maes­tro de­ci­dió pro­por­cio­nar la au­tén­ti­ca cla­ve de las ri­que­zas del mun­do. Le di­jo:

—En el co­ra­zón de ca­da hom­bre ha­bi­tan dos dio­sas, de las que to­do hom­bre es­tá enamo­ra­do. Una es Sa­ra, due­ña del co­no­ci­mien­to. Y la otra, Raquel, la guar­dia­na de la ri­que­za. No lo du­des, bus­ca con to­do el co­ra­zón a Sa­ra, la rei­na del co­no­ci­mien­to, y cá­sa­te con ella.

—Pe­ro si es­ta es la dio­sa de la sa­bi­du­ría! ¿Por qué no bus­car a la otra? —pre­gun­tó Da­río, con­fun­di­do. Por­que, hi­jo mío, cuán­to te ca­ses con el co­no­ci­mien­to, la dio­sa de la abun­dan­cia se pon­drá ce­lo­sa y acu­di­rá a ti por sí so­la.

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