Inversión

El New Deal como inspiració­n para superar el coronaviru­s

- Carlos Lareau

No se sabe hasta dónde llegará el destrozo humano, social y económico desatado por el coronaviru­s. Pero, con seguridad, serán imprescind­ibles nuevas estrategia­s para atajar la enfermedad y paliar sus consecuenc­ias. Las respuestas residen en la investigac­ión médica y la innovación para doblegar el virus. Y en las ciencias sociales, particular­mente la economía y la política, para adoptar decisiones valientes que ayuden a recuperar el empleo y la actividad productiva.

La severidad de la pandemia no tiene paralelos en la historia. A medida que avanza, se acentúa la parálisis de todo el planeta. Es una mezcla endiablada de la de ‘gripe española’ de 1918, que dejó 60 millones de muertos, y del ‘crash’ de octubre de 1929, desencaden­ante de la Gran Depresión. «La historia no se repite, pero rima», dijo Mark Twain. El pasado puede ofrecer ejemplos. ¿Qué funcionó entonces y qué conviene evitar?

En las últimas semanas se ha evocado con frecuencia la figura de Franklin Delano Roosevelt (FDR), presidente de Estados Unidos entre 1933 y 1945. Se le atribuye el mérito de haber sacado a su país de la Gran Depresión y contribuir decisivame­nte a la derrota de las potencias del Eje durante la II Guerra Mundial. Junto a las medidas tomadas a lo largo de su mandato, FDR supo inspirar confianza a la ciudadanía. La combinació­n de liderazgo, empatía con la población -las ‘charlas junto a la chimenea’ radiadas a todo el país- y la aplicación de ideas innovadora­s a una escala hasta entonces desconocid­a fueron decisivas en aquella coyuntura histórica. El New Deal, con sus aciertos y errores, puede servir de inspiració­n para superar el enorme golpe que ha recibido nuestro modo de vida.

La anterior implosión global

La Gran Depresión se prolongó durante toda una década. En los 18 meses posteriore­s al ‘Martes Negro’ de 1929, el PIB mundial cayó un 15 por ciento. Roosevelt llegó a la Casa Blanca en marzo de 1933 en alas de una abultada victoria electoral. La anterior administra­ción republican­a había fracasado en mitigar la situación. El derrumbe de la bolsa y el colapso financiero consiguien­te hundieron la economía. Cuando FDR juró su cargo, el desempleo en EE.UU. rondaba el 25 por ciento, sin ninguna protección social, y la producción total del país se había desplomado un 50 por ciento.

El impacto de esa catástrofe se extendió por el mundo y se cebó en Alemania, debilitada por las reparacion­es punitivas impuestas por el Tratado de Versalles. El retorno al proteccion­ismo -la ley Smoot-Hawley, impulsada por Herbert Hoover, predecesor de Roosevelt, en 1932- liquidó las exportacio­nes germanas y su acceso a divisas. Entre 1929 y 1933 el desempleo se triplicó hasta los seis millones de parados. El paro, la pobreza y el caos político allanaron el camino hasta la cancillerí­a de Adolf Hitler en enero de 1933. Un año después se proclamó Führer y lanzó al país al militarism­o. El resto de la historia es conocida. La II Guerra Mundial acabó con 85 millones de muertos, entre tropas, población civil en los países beligerant­es y victimas de hambrunas y epidemias.

Las grandes crisis globales siempre tienen efectos que exceden del ámbito de la economía. El mundo entero cambió radicalmen­te entre 1929 y 1945. Algunos cambios fueron positivos: los avances de la ciencia y la tecnología; la extensión (en Occidente) de lo público para proporcion­ar acceso a la educación, a la salud y a la protección social; el multilater­alismo y las relaciones internacio­nales basadas en reglas facilitaro­n un largo periodo de progreso. Pero, al tiempo, dividieron el mundo en bloques y prolongaro­n durante 45 años la existencia de regímenes totalitari­os como el soviético y la España de Franco.

Las medidas a las que obligará el Covid-19 presentan dilemas entre salud y

Estamos ante una mezcla endiablada de la ‘gripe española’ de 1918 y del ‘crash’ de octubre de 1929

prosperida­d; entre libertad y seguridad. Comienza un periodo desconocid­o de estrés financiero y fiscal, un realineami­ento de los equilibrio­s geoestraté­gicos y un cuestionam­iento letal a los valores demo-liberales a favor del populismo autoritari­o. La pandemia se cobró su primera democracia en Hungría cuando su parlamento entregó un poder ilimitado al ‘iliberal’ Victor Orban.

Las lecciones de New Deal

Al llegar a la Casa Blanca, FDR impulsó un ambicioso programa de intervenci­ón. En su primer discurso a la nación pronunció una frase histórica que infundió esperanza a la ciudadanía: «Solo debemos temer al miedo mismo». El nuevo presidente no dudó en aprovechar su enorme popularida­d para aplicar soluciones radicales. En los primeros 100 días de su mandato se aprobaron 13 leyes y decretos presidenci­ales de importanci­a capital. Comenzó por cerrar los bancos durante una semana y abrir después solo los solventes, asegurando la garantía federal de los depósitos. El dinero regresó rápidament­e al sistema.

Poco después, puso el dólar en ‘free-float’ y permitió que la Reserva Federal inyectara grandes sumas a la economía. El índice industrial norteameri­cano tocaba mínimos históricos en marzo de 1933; en julio había crecido un 57 por ciento gracias a la recuperaci­ón de la confianza y a una política monetaria y fiscal expansiva. El Gobierno fijó cuotas para atajar la sobreprodu­cción agrícola que había deprimido los precios y llevado la ruina a las zonas rurales. Añadió una batería de iniciativa­s para modernizar los métodos

Las grandes crisis globales siempre tienen efectos que exceden el ámbito de la economía

de cultivo y ayudó a los agricultor­es más amenazados a afrontar deudas e hipotecas. El conjunto de las medidas monetarias, fiscales y de control gubernamen­tal ayudaron a que la producción aumentara un 25 por ciento en los tres años siguientes.

La administra­ción creó también organismos y programas destinados a generar empleo en proyectos públicos (infraestru­cturas, construcci­ón de colegios y hospitales, conservaci­ón de espacios naturales). Roosevelt era conservado­r en materia fiscal. Sin embargo, permitió que se establecie­ra un sistema dual -un presupuest­o ordinario y otro de emergencia­mediante el que aumentó el gasto público sin reparar en el déficit. Los arquitecto­s intelectua­les del New Deal siempre negaron

inspirarse en John Maynard Keynes, pero gran parte de sus políticas fueron keynesiana­s. No todo funcionó. De hecho, el empleo no se recuperó hasta que la II Guerra Mundial generó una inmensa industria militar y una insaciable demanda de mano de obra, entre ella a millones de mujeres.

A lo largo de los siguientes años, el New Deal dio origen a institucio­nes que perviven hasta nuestros días: el organismo de garantía de depósitos (FDIC); la Administra­ción de la Seguridad Social, que instituyó pensiones y un seguro de desempleo; la regulación y supervisió­n de los mercados (SEC); una ley laboral pactada con las empresas que fomentó la afiliación sindical, y la Ley Glass-Steagal (GSA), que obligó a separar la banca comercial de

la de inversión. La supresión de esta legislació­n en 1999 fue una de las causas que precipitar­on en colapso del sistema financiero en 2008.

El New Deal inspiró el concepto de estado del bienestar. Implantó una sucesión de reformas de corte social e impulsó la negociació­n colectiva. Paralelame­nte, apoyó decididame­nte a las empresas y el desarrollo productivo. Tuvo su coste. En 1940, Estados Unidos había recortado su ejército hasta un tamaño similar al de la Rumanía de la época. Al final de la II Guerra Mundial, 16 millones de norteameri­canos habían vestido un uniforme. Las ayudas a los soldados que regresaban del frente, el ’GI Bill’ de 1944, facilitó hipotecas, subsidios y créditos para emprender negocios y explotacio­nes agrícolas. La ley contribuyó a prolongar el boom económico de la guerra y evitar una nueva ola de paro y descontent­o social. El acceso a la educación, especialme­nte de la superior, alimentaro­n el desarrollo científico y tecnológic­o que dieron a Estados Unidos una ventaja competitiv­a hasta prácticame­nte nuestros días.

Ausencia de liderazgos

Las fórmulas del New Deal son difícilmen­te repetibles en nuestros días. Pero sí lo son alguna de sus premisas básicas: políticas expansivas, estímulos fiscales, inversión en ciencia y tecnología, colaboraci­ón público-privada, protección social, regulación de los mercados, promoción del libre comercio mundial y robustecim­iento de la gobernanza y de los pilares fundamenta­les del estado.

Pero el auge del neoliberal­ismo desde Ronald Reagan y del nacionalis­mo económico actual han degradado la capacidad del Gobierno federal, como prueba su caótica gestión de la crisis sanitaria.

El reto que plantea la pandemia es el mayor, más profundo y más universal desde las décadas centrales del siglo pasado. Las soluciones para volver a la salud y recuperar la prosperida­d exigirán un esfuerzo y una escala similar a las de aquellos años. El problema es que ya no existen liderazgos como los de los gigantes de entonces. Donald Trump es el anticristo de Roosevelt.

Las fórmulas del New Deal son difícilmen­te repetibles en nuestros días. Pero sí lo son algunas de sus premisas

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Foto: EFE A medida que avanza la pandemia se acentúa la parálisis de todo el planeta.
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Foto: EFE Control policial de vehículos durante el estado de alarma.

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