Tra­ba­jad por la dig­ni­dad de las per­so­nas

Mi­sa de Fran­cis­co por la Gen­dar­me­ría va­ti­ca­na

La Razón (Madrid) - L Osservatore - - L’OSSERVATOR­E ROMANO -

Fran­cis­coF­ran­cis­co ce­le­bró el día 28 de sep­tiem­bre la Mi­sa pa­ra el cuer­po de la Gen­dar­me­ría Va­ti­ca­na, en la Gru­ta de Lour­des, en los Jar­di­nes Va­ti­ca­nos, con oca­sión de la fies­ta de san Mi­guel Ar­cán­gel, pa­trono y pro­tec­tor de la Po­li­cía del Es­ta­do ita­liano y de los Gen­dar­mes del Vaticano. En su ho­mi­lía, el Pa­pa les agra­de­ció por la la­bor que rea­li­zan y los ani­mó «a se­guir tra­ba­jan­do pa­ra pro­te­ger la dig­ni­dad de las per­so­nas» en su ser­vi­cio. Fran­cis­co desa­rro­lló el pa­sa­je del Evan­ge­lio de san Lu­cas que na­rra có­mo un hom­bre ri­co, «que ves­tía de púr­pu­ra y lino, y ce­le­bra­ba to­dos los días es­plén­di­das fies­tas» sen­tía in­di­fe­ren­cia por un hom­bre po­bre, lla­ma­do Lá­za­ro, «que echa­do jun­to a su por­tal, cu­bier­to de lla­gas, desea­ba har­tar­se de lo que caía de la me­sa del ri­co; pe­ro has­ta los pe­rros ve­nían y le la­mían las lla­gas». El Pon­tí­fi­ce lo de­fi­nió co­mo «dos vi­das. No un mo­men­to de la vi­da: dos ca­mi­nos de la vi­da, por­que el ri­co se­guía lle­van­do ese es­ti­lo de vi­da y el po­bre se­guía su­frien­do en la po­bre­za». Y agre­gó: «No es al­go ima­gi­na­ti­vo, es al­go que su­ce­de to­dos los días en ca­da ciu­dad, en ca­da par­te del mun­do». El Pa­pa se­ña­ló una clave pa­ra com­pren­der la en­se­ñan­za de es­te pa­sa­je, que apa­re­ce en ora­ción ini­cial, la ora­ción de la Co­lec­ta, que di­ce: «Dios, tú llamas a tus po­bres por su nom­bre, mien­tras que el ri­co no tie­ne nom­bre». Y re­fle­xio­nó: «Es­te es el pro­ble­ma. Am­bos ha­cen sus vi­das, ca­da uno en la elec­ción que ha he­cho de la vi­da. Uno lo­gró te­ner un nom­bre, ha­cer­se un nom­bre, ser lla­ma­do por su nom­bre, con un sus­tan­ti­vo; el otro, el ri­co, no sa­be­mos cuál es su nom­bre, só­lo el ad­je­ti­vo, un “ri­co”: no ha con­se­gui­do que cre­cie­ra su nom­bre, su dig­ni­dad an­te Dios. La vi­da se jue­ga: la cohe­ren­cia de te­ner un nom­bre o la in­con­sis­ten­cia que nos lle­va a no te­ner un nom­bre. El ri­co sa­bía que en la puer­ta de su ca­sa es­ta­ba es­te po­bre hom­bre y pre­ten­día no ver­lo, por­que se mi­ra­ba a sí mis­mo, cen­tra­do en sí mis­mo, en la va­ni­dad, se creía due­ño del uni­ver­so, preo­cu­pa­do por las ri­que­zas y las fies­tas y las co­sas que ha­cía». Fran­cis­co agre­gó al res­pec­to: «Es­ta es la his­to­ria de es­te Evan­ge­lio, la his­to­ria de dos ca­mi­nos de vi­da: uno que ha con­se­gui­do lle­var su pro­pio nom­bre; el otro que, preo­cu­pa­do por sí mis­mo, por el egoís­mo, es in­ca­paz de ha­cer que crez­ca su per­so­na, su dig­ni­dad. No tie­ne nom­bre». El Pa­pa, a con­ti­nua­ción se­ña­ló que «To­da nues­tra vi­da es un ca­mino de con­so­li­da­ción, de for­ta­le­ci­mien­to de nues­tro nom­bre con la ho­nes­ti­dad de la vi­da, con el ca­mino que el Se­ñor nos in­di­ca, y pa­ra ello de­be­mos ayu­dar­nos unos a otros».

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