Ora­ción y anun­cio pi­la­res del mi­nis­te­rio

Cua­tro nue­vos arzobispos or­de­na­dos por el Pon­tí­fi­ce en la ba­sí­li­ca va­ti­ca­na

La Razón (Madrid) - L Osservatore - - L’OSSERVATOR­E ROMANO -

El vier­nes, 4 de oc­tu­bre, por la tar­de, en la ba­sí­li­ca va­ti­ca­na el Pa­pa con­fi­rió la or­de­na­ción epis­co­pal al je­sui­ta Mi­chael Czerny y a los mon­se­ño­res Pao­lo Bor­gia, An­toi­ne Ca­mi­lle­ri y Pao­lo Ru­de­lli. Du­ran­te el ri­to, el Pon­tí­fi­ce pro­nun­ció la ho­mi­lía ri­tual pa­ra la or­de­na­ción de los obis­pos pre­vis­ta en la edi­ción ita­lia­na del Pon­ti­fi­cal Ro­mano y la com­ple­tó con al­gu­nos aña­di­dos per­so­na­les. Pu­bli­ca­mos, a con­ti­nua­ción una tra­duc­ción de sus pa­la­bras.

Her­ma­nos e hi­jos:

Re­fle­xio­ne­mos un po­co so­bre la gran res­pon­sa­bi­li­dad a la que son pro­mo­vi­dos es­tos her­ma­nos nues­tros. Nues­tro Se­ñor Je­su­cris­to en­via­do por el Pa­dre pa­ra re­di­mir a los hom­bres en­vió a su vez a los do­ce após­to­les al mun­do, pa­ra que fue­ran, lle­nos del po­der del Es­pí­ri­tu San­to, a pro­cla­mar el Evan­ge­lio a to­dos los pue­blos y re­unir­los ba­jo un so­lo pas­tor, pa­ra san­ti­fi­car­los y con­du­cir­los a la sal­va­ción. Pa­ra per­pe­tuar es­te mi­nis­te­rio de ge­ne­ra­ción en ge­ne­ra­ción, los Do­ce agre­ga­ron co­la­bo­ra­do­res y, con la im­po­si­ción de las ma­nos, les trans­mi­tie­ron el don del Es­pí­ri­tu re­ci­bi­do de Cris­to, que les con­fe­ría la ple­ni­tud del sa­cra­men­to del Or­den. Así, a tra­vés de la su­ce­sión inin­te­rrum­pi­da de obis­pos en la tra­di­ción vi­va de la Igle­sia, es­te mi­nis­te­rio pri­ma­rio ha si­do pre­ser­va­do y la obra del Sal­va­dor con­ti­núa y se desa­rro­lla has­ta nues­tros días. En el obis­po ro­dea­do de sus sa­cer­do­tes es­tá pre­sen­te en me­dio de vo­so­tros el mis­mo Se­ñor, su­mo sa­cer­do­te pa­ra siem­pre.

Es Cris­to, de he­cho, quien en el mi­nis­te­rio del obis­po con­ti­núa pre­di­can­do el Evan­ge­lio de la sal­va­ción, es Cris­to quien con­ti­núa san­ti­fi­can­do a los cre­yen­tes a tra­vés de los sa­cra­men­tos de la fe. Es Cris­to quien en la pa­ter­ni­dad del obis­po ha­ce cre­cer su cuer­po, que es la Igle­sia, con nue­vos miem­bros. Es Cris­to quien, con la sa­bi­du­ría y la pru­den­cia del obis­po, guía al pue­blo de Dios en la pe­re­gri­na­ción te­rre­na ha­cia la fe­li­ci­dad eter­na. Por tan­to, aco­ged con ale­gría y gra­ti­tud a es­tos her­ma­nos nues­tros, a los que los obis­pos aso­cia­mos hoy con la im­po­si­ción de ma­nos al Co­le­gio Epis­co­pal. En cuan­to a vo­so­tros, que­ri­dos her­ma­nos ele­gi­dos por el Se­ñor, ha­béis si­do ele­gi­dos de en­tre los hom­bres y pa­ra los hom­bres, ha­béis si­do cons­ti­tui­dos no pa­ra vo­so­tros mis­mos, sino pa­ra las co­sas que con­cier­nen a Dios. “Epis­co­pa­do” es, en efec­to, el nom­bre de un ser­vi­cio, no de un ho­nor, por­que al obis­po le com­pe­te más el ser­vi­cio que la do­mi­na­ción, se­gún el man­da­mien­to del Maes­tro: “El que sea el más gran­de en­tre vo­so­tros que sea co­mo el más pe­que­ño. Y quien go­bier­na, que sea co­mo el que sir­ve”.

Anun­ciad la Pa­la­bra en ca­da oca­sión: opor­tu­na y no opor­tu­na. Anun­ciad la ver­da­de­ra Pa­la­bra, no echéis dis­cur­sos abu­rri­dos que na­die en­tien­de. Anun­ciad la Pa­la­bra de Dios. Re­cor­dad que se­gún Pe­dro, en los He­chos de los Após­to­les, las dos prin­ci­pa­les ta­reas de los Obis­po son la ora­ción y el anun­cio de la Pa­la­bra (cf. 6, 4) des­pués las de­más [ta­reas] ad­mi­nis­tra­ti­vas. Pe­ro es­tas dos co­sas son las co­lum­nas. A tra­vés de la ora­ción y la ofren­da de sa­cri­fi­cio por vues­tro pue­blo, ob­te­ned de la ple­ni­tud de la san­ti­dad de Cris­to la ri­que­za mul­ti­for­me de la gra­cia di­vi­na.

En la Igle­sia que os ha si­do con­fia­da, sed cus­to­dios fie­les y dis­pen­sa­do­res de los mis­te­rios de Cris­to, pues­tos por el Pa­dre a la ca­be­za de su fa­mi­lia, se­guid siem­pre el ejem­plo del Buen Pas­tor, que co­no­ce a sus ove­jas, ellas lo co­no­cen y que no ha du­da­do en dar su vi­da por ellas. Cer­ca­nía con el pue­blo. Las tres cer­ca­nías del obis­po: la cer­ca­nía con Dios en la ora­ción —es­ta es la pri­me­ra ta­rea—, la cer­ca­nía con los pres­bí­te­ros en el co­le­gio pres­bi­te­ral y la cer­ca­nía con el pue­blo. No os ol­vi­déis de que ha­béis si­do to­ma­dos y ele­gi­dos del re­ba­ño. No os ol­vi­déis de vues­tras raí­ces, de aque­llos que os han trans­mi­ti­do la fe, de aque­llos que os han da­do la iden­ti­dad. No re­ne­guéis del pue­blo de Dios. Amad con el amor del pa­dre y del her­mano a to­dos aque­llos que Dios os con­fía. An­te to­do, sa­cer­do­tes y diá­co­nos, vues­tros co­la­bo­ra­do­res en el mi­nis­te­rio, pe­ro amad tam­bién a los po­bres, a los in­de­fen­sos y a to­dos los que ne­ce­si­tan aco­gi­da y ayu­da. Ex­hor­tad a los fie­les a coope­rar en el com­pro­mi­so apos­tó­li­co y es­cu­chad­los de bue­na ga­na. Y pres­tad mu­cha aten­ción a los que no per­te­ne­cen al úni­co re­dil de Cris­to, por­que ellos tam­bién os han si­do con­fia­dos en el Se­ñor. Re­cor­dad que en la Igle­sia ca­tó­li­ca, reuni­da en el víncu­lo de la ca­ri­dad, es­táis uni­dos al Co­le­gio Epis­co­pal —es­ta se­ría la cuar­ta cer­ca­nía— y de­béis lle­var en vo­so­tros la so­li­ci­tud de to­das las Igle­sias, ayu­dan­do ge­ne­ro­sa­men­te a los más ne­ce­si­ta­dos. Cus­to­diad es­te don que hoy re­ci­bi­réis por la im­po­si­ción de las ma­nos de to­dos no­so­tros obis­pos. Ve­lad con amor so­bre to­do el re­ba­ño don­de el Es­pí­ri­tu San­to os ha lle­va­do pa­ra re­gir la Igle­sia de Dios. Ve­lad, en el nom­bre del Pa­dre, de quien de­béis dar ima­gen, en el nom­bre de Je­su­cris­to, su Hi­jo, por quien ha­béis si­do cons­ti­tui­dos maes­tros, sa­cer­do­tes y pas­to­res y en el nom­bre del Es­pí­ri­tu San­to que da vi­da a la Igle­sia y con su po­der sos­tie­ne nues­tra de­bi­li­dad.

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