Pa­ra que el mun­do no sea un pa­tio de ba­ta­lla

En la ho­mi­lía por la Jor­na­da mun­dial de la paz el Pa­pa pro­mue­ve el pa­pel de la mu­jer en la Iglesia y en la so­cie­dad

La Razón (Madrid) - L Osservatore - - L’OSSERVATOR­E ROMANO -

Na­ci­do de mu­jer. El re­na­cer de la hu­ma­ni­dad co­men­zó con la mu­jer. Las mu­je­res son fuen­te de vi­da. Sin em­bar­go, son con­ti­nua­men­te ofen­di­das, gol­pea­das, vio­la­das, in­du­ci­das a pros­ti­tuir­se y a eli­mi­nar la vi­da que lle­van en el vien­tre. To­da vio­len­cia in­fli­gi­da a la mu­jer es una pro­fa­na­ción de Dios, na­ci­do de una mu­jer

«Y si que­re­mos un mun­do me­jor, que sea una ca­sa de paz y no un pa­tio de ba­ta­lla, que nos im­por­te la dig­ni­dad de to­da mu­jer». Lo sub­ra­yó el Pa­pa en la ho­mi­lía de la mi­sa ce­le­bra­da en la ba­sí­li­ca va­ti­ca­na el miér­co­les por la ma­ña­na, 1 de enero, so­lem­ni­dad de Ma­ría San­tí­si­ma Ma­dre de Dios y la LIII Jor­na­da mun­dial de la paz.

«Cuan­do lle­gó la ple­ni­tud del tiem­po, en­vió Dios a su Hi­jo, na­ci­do de mu­jer» (Ga 4, 4).

Na­ci­doNa­ci­do de mu­jer: así es có­mo vino Je­sús. No apa­re­ció en el mun­do co­mo adul­to, sino co­mo nos ha di­cho el Evan­ge­lio, fue «con­ce­bi­do» en el vien­tre (Lc 2, 21): allí hi­zo su­ya nues­tra hu­ma­ni­dad, día tras día, mes tras mes. En el vien­tre de una mu­jer, Dios y la hu­ma­ni­dad se unie­ron pa­ra no se­pa­rar­se nun­ca más. Tam­bién aho­ra, en el cie­lo, Je­sús vi­ve en la car­ne que to­mó en el vien­tre de su ma­dre. En Dios es­tá nues­tra car­ne hu­ma­na. El pri­mer día del año ce­le­bra­mos es­tos des­po­so­rios en­tre Dios y el hom­bre, inau­gu­ra­dos en el vien­tre de una mu­jer. En Dios es­ta­rá pa­ra siem­pre nues­tra hu­ma­ni­dad y Ma­ría se­rá la Ma­dre de Dios pa­ra siem­pre. Ella es mu­jer y ma­dre, es­to es lo esen­cial. De ella, mu­jer, sur­gió la sal­va­ción y, por lo tan­to, no hay sal­va­ción sin la mu­jer. Allí Dios se unió con no­so­tros y, si que­re­mos unir­nos con Él, de­be­mos ir por el mis­mo ca­mino: a tra­vés de Ma­ría, mu­jer y ma­dre. Por ello, co­men­za­mos el año ba­jo el signo de Nues­tra Se­ño­ra, la mu­jer que te­jió la hu­ma­ni­dad de Dios. Si que­re­mos te­jer con hu­ma­ni­dad las tra­mas de nues­tro tiem­po, de­be­mos par­tir de nue­vo de la mu­jer.

Na­ci­do de mu­jer. El re­na­cer de la hu­ma­ni­dad co­men­zó con la mu­jer. Las mu­je­res son fuen­te de vi­da. Sin em­bar­go, son con­ti­nua­men­te ofen­di­das, gol­pea­das, vio­la­das, in­du­ci­das a pros­ti­tuir­se y a eli­mi­nar la vi­da que lle­van en el vien­tre. To­da vio­len­cia in­fli­gi­da a la mu­jer es una pro­fa­na­ción de Dios, na­ci­do de una mu­jer. La sal­va­ción pa­ra la hu­ma­ni­dad vino del cuer­po de una mu­jer: de có­mo tra­ta­mos el cuer­po de la mu­jer com­pren­de­mos nues­tro ni­vel de hu­ma­ni­dad. Cuán­tas ve­ces el cuer­po de la mu­jer se sa­cri­fi­ca en los al­ta­res pro­fa­nos de la pu­bli­ci­dad, del lu­cro, de la por­no­gra­fía, ex­plo­ta­do co­mo un te­rreno pa­ra uti­li­zar. De­be ser li­be­ra­do del con­su­mis­mo, de­be ser res­pe­ta­do y hon­ra­do. Es la car­ne más no­ble del mun­do, pues con­ci­bió y dio a luz al Amor que nos ha sal­va­do. Hoy, la ma­ter­ni­dad tam­bién es hu­mi­lla­da, por­que el úni­co cre­ci­mien­to que in­tere­sa es el eco­nó­mi­co. Hay ma­dres que se arries­gan a em­pren­der via­jes pe­no­sos pa­ra tra­tar de­ses­pe­ra­da­men­te de dar un fu­tu­ro me­jor al fru­to de sus en­tra­ñas, y que son con­si­de­ra­das co­mo nú­me­ros que so­brex­ce­den el cu­po por per­so­nas que tie­nen el es­tó­ma­go lleno, pe­ro de co­sas, y el co­ra­zón va­cío de amor.

Na­ci­do de mu­jer. Se­gún la na­rra­ción bí­bli­ca, la mu­jer apa­re­ce en el ápi­ce de la crea­ción, co­mo re­su­men de to­do lo crea­do. De he­cho, ella con­tie­ne en sí el fin de la crea­ción mis­ma: la ge­ne­ra­ción y pro­tec­ción de la vi­da, la co­mu­nión con to­do, el ocu­par­se de to­do. Es lo que ha­ce la Vir­gen en el Evan­ge­lio hoy. «Ma­ría, por su par­te —di­ce el tex­to—, con­ser­va­ba to­das es­tas co­sas, me­di­tán­do­las en su co­ra­zón» (v. 19).

Con­ser­va­ba to­do: la ale­gría por el na­ci­mien­to de Je­sús y la tris­te­za por la hos­pi­ta­li­dad ne­ga­da en Be­lén; el amor de Jo­sé y el asom­bro de los pas­to­res; las pro­me­sas y las in­cer­ti­dum­bres del fu­tu­ro. To­do lo to­ma­ba en se­rio y to­do lo po­nía en su lu­gar en su co­ra­zón, in­clu­so la ad­ver­si­dad. Por­que en su co­ra­zón arre­gla­ba ca­da co­sa con amor y con­fia­ba to­do a Dios.En el Evan­ge­lio en­con­tra­mos por se­gun­da vez es­ta ac­ción de Ma­ría: al fi­nal de la vi­da ocul­ta de Je­sús se di­ce, en efec­to, que «su ma­dre con­ser­va­ba to­do es­to en su co­ra­zón» (v. 51). Es­ta re­pe­ti­ción nos ha­ce com­pren­der que con­ser­var en el co­ra­zón no es un buen ges­to que la Vir­gen hi­zo de vez en cuan­do, sino un há­bi­to. Es pro­pio de la mu­jer to­mar­se la vi­da en se­rio. La mu­jer ma­ni­fies­ta que el sig­ni­fi­ca­do de la vi­da no es con­ti­nuar a pro­du­cir co­sas, sino to­mar en se­rio las que ya es­tán. Só­lo quien mi­ra con el co­ra­zón ve bien, por­que sa­be “ver en pro­fun­di­dad” a la per­so­na más allá de sus errores, al her­mano más allá de sus fra­gi­li­da­des, la es­pe­ran­za en me­dio de las di­fi­cul­ta­des; ve a Dios en to­do. Al co­men­zar el nue­vo año, pre­gun­té­mo­nos: “¿Sé mi­rar con el co­ra­zón? ¿sé mi­rar con el co­ra­zón a las per­so­nas? ¿Me im­por­ta la gen­te con la que vi­vo, o la des­tru­yo con la mur­mu­ra­ción? Y, so­bre to­do, ¿ten­go al Se­ñor en el cen­tro de mi co­ra­zón, o ten­go otros va­lo­res, otros in­tere­ses, mi pro­mo­ción, las ri­que­zas, el po­der?”. Só­lo si la vi­da es im­por­tan­te pa­ra no­so­tros sa­bre­mos có­mo cui­dar­la y su­pe­rar la in­di­fe­ren­cia que nos en­vuel­ve. Pi­da­mos es­ta gra­cia: vi­vir el año con el de­seo de to­mar en se­rio a los de­más, de cui­dar a los de­más. Y si que­re­mos un mun­do me­jor, que sea una ca­sa de paz y no un pa­tio de ba­ta­lla, que nos im­por­te la dig­ni­dad de to­da mu­jer. De una mu­jer na­ció el Prín­ci­pe de la paz. La mu­jer es do­nan­te y me­dia­do­ra de paz y de­be ser com­ple­ta­men­te in­vo­lu­cra­da en los pro­ce­sos de to­ma de de­ci­sio­nes. Por­que cuan­do las mu­je­res pue­den trans­mi­tir sus do­nes, el mun­do se en­cuen­tra más uni­do y más en paz. Por lo tan­to, una con­quis­ta pa­ra la mu­jer es una con­quis­ta pa­ra to­da la hu­ma­ni­dad.

Na­ci­do de mu­jer. Je­sús, re­cién na­ci­do, se re­fle­jó en los ojos de una mu­jer, en el ros­tro de su ma­dre. De ella re­ci­bió las pri­me­ras ca­ri­cias, con ella in­ter­cam­bió las pri­me­ras son­ri­sas. Con ella inau­gu­ró la re­vo­lu­ción de la ter­nu­ra. La Iglesia, mi­ran­do al ni­ño Je­sús, es­tá lla­ma­da a con­ti­nuar­la. De he­cho, al igual que Ma­ría, tam­bién ella es mu­jer y ma­dre, la Iglesia es mu­jer y ma­dre, y en la Vir­gen en­cuen­tra sus ras­gos dis­tin­ti­vos. La ve in­ma­cu­la­da, y se sien­te lla­ma­da a de­cir “no” al pecado y a la mun­da­ni­dad. La ve fe­cun­da y se sien­te lla­ma­da a anun­ciar al Se­ñor, a ge­ne­rar­lo en las vi­das. La ve, ma­dre, y se sien­te lla­ma­da a aco­ger a ca­da hom­bre co­mo a un hi­jo. Acer­cán­do­se a Ma­ría, la Iglesia se en­cuen­tra a sí mis­ma, en­cuen­tra su cen­tro, en­cuen­tra su uni­dad. En cam­bio, el enemi­go de la na­tu­ra­le­za hu­ma­na, el dia­blo, tra­ta de di­vi­dir­la, po­nien­do en pri­mer plano las di­fe­ren­cias, las ideo­lo­gías, los pen­sa­mien­tos par­ti­dis­tas y los ban­dos. Pe­ro no po­de­mos en­ten­der a la Iglesia si la mi­ra­mos a par­tir de sus es­truc­tu­ras, a par­tir de los pro­gra­mas y ten­den­cias, de las ideo­lo­gías, de las fun­cio­na­li­da­des: per­ci­bi­re­mos al­go de ella, pe­ro no el co­ra­zón de la Iglesia. Por­que la Iglesia tie­ne el co­ra­zón de una ma­dre. Y no­so­tros, hi­jos, in­vo­ca­mos hoy a la Ma­dre de Dios, que nos reúne co­mo pue­blo cre­yen­te. Oh Ma­dre, ge­ne­ra en no­so­tros la es­pe­ran­za, tráe­nos la uni­dad. Mu­jer de la sal­va­ción, te con­fia­mos es­te año, cus­tó­dia­lo en tu co­ra­zón. Te acla­ma­mos: ¡San­ta Ma­dre de Dios! To­dos jun­tos, por tres ve­ces, acla­me­mos a la Se­ño­ra, en pie, Nues­tra Se­ño­ra, la San­ta Ma­dre de Dios: [con la asam­blea]: ¡San­ta Ma­dre de Dios, San­ta Ma­dre de Dios!

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