Cer­ca­nía del Pa­pa a las víc­ti­mas de los ti­fo­nes en Fi­li­pi­nas

En el Án­ge­lus de san Esteban el re­cuer­do a to­dos los már­ti­res de ayer y de hoy

La Razón (Madrid) - L Osservatore - - L’OSSERVATOR­E ROMANO -

«La fies­ta de es­te pri­mer már­tir Esteban nos lla­ma a re­cor­dar a to­dos los már­ti­res de ayer y de hoy, —¡hoy son mu­chos!— a sen­tir­nos en co­mu­nión con ellos»: lo sub­ra­yó el Pa­pa en el Án­ge­lus re­za­do a me­dio­día del 26 de di­ciem­bre.

Que­ri­dos her­ma­nos y her­ma­nas, ¡bue­nos días!

Ho­yHoy se ce­le­bra la fies­ta de San Esteban, el pri­mer már­tir. El li­bro de los He­chos de los Após­to­les nos ha­bla de él (cf. cap. 6-7) y en la pá­gi­na de la li­tur­gia de hoy nos lo pre­sen­ta en los úl­ti­mos mo­men­tos de su vi­da, cuan­do es cap­tu­ra­do y ape­drea­do (cf. 6, 12; 7, 54-60). En el am­bien­te de ale­gría de la Na­vi­dad, es­te re­cuer­do del pri­mer cris­tiano ase­si­na­do por la fe pue­de pa­re­cer fue­ra de lu­gar. Sin em­bar­go, pre­ci­sa­men­te des­de la pers­pec­ti­va de la fe, la ce­le­bra­ción de hoy es­tá en sin­to­nía con el ver­da­de­ro sig­ni­fi­ca­do de la Na­vi­dad. En el mar­ti­rio de Esteban, de he­cho, la vio­len­cia es ven­ci­da por el amor, la muer­te por la vi­da: él, en la ho­ra del tes­ti­mo­nio su­pre­mo, con­tem­pla los cie­los abier­tos y da a los per­se­gui­do­res su per­dón (cf. v. 60).

Es­te jo­ven ser­vi­dor del Evan­ge­lio, lleno del Es­pí­ri­tu San­to, su­po na­rrar a Je­sús con pa­la­bras, y so­bre to­do con su vi­da.

Mi­rán­do­lo, ve­mos que se cum­ple la pro­me­sa de Je­sús a sus dis­cí­pu­los: «Cuan­do os mal­tra­ten por mi cau­sa, el es­pí­ri­tu de vues­tro Pa­dre os da­rá la fuer­za y las pa­la­bras pa­ra dar tes­ti­mo­nio» (cf. Mateo 10, 19-20). En la es­cue­la de San Esteban, que se ase­me­jó a su Maes­tro tan­to en la vi­da co­mo en la muer­te, tam­bién no­so­tros fi­ja­mos los ojos en Je­sús, tes­ti­go fiel del Pa­dre. Apren­de­mos que la gloria del Cie­lo, la gloria que du­ra pa­ra la vi­da eter­na, no es­tá he­cha de ri­que­za y po­der, sino de amor y de en­tre­ga de uno mis­mo. De­be­mos man­te­ner la mi­ra­da fi­ja en Je­sús, «el que ini­cia y con­su­ma la fe» (He­breos 12, 2), pa­ra po­der dar cuen­ta de la es­pe­ran­za que se nos ha da­do (cf. 1 Pe­dro 3,15), a tra­vés de los desafíos y las prue­bas que afron­ta­mos dia­ria­men­te. Pa­ra no­so­tros los cris­tia­nos, el cie­lo ya no es­tá le­jano, se­pa­ra­do de la tie­rra: en Je­sús, el cie­lo ha des­cen­di­do a la tie­rra. Y gra­cias a él, por el po­der del Es­pí­ri­tu San­to, po­de­mos to­mar to­do lo que es hu­mano y orien­tar­lo ha­cia el Cie­lo. De mo­do que el pri­mer tes­ti­mo­nio es pre­ci­sa­men­te nues­tro mo­do de ser hu­ma­nos, un mo­do de vi­da con­fi­gu­ra­do se­gún Je­sús: manso y va­lien­te, hu­mil­de y no­ble, no violento.

Esteban fue un diá­cono, uno de los pri­me­ros sie­te diá­co­nos de la Iglesia (cf. He­chos 6, 1-6). Nos en­se­ña a anun­ciar a Cris­to con ges­tos de fra­ter­ni­dad y de ca­ri­dad evan­gé­li­ca. Su tes­ti­mo­nio, que cul­mi­na en el mar­ti­rio, es una fuen­te de ins­pi­ra­ción pa­ra la re­no­va­ción de nues­tras co­mu­ni­da­des co­mu­ni­da­des cris­tia­nas. Es­tas es­tán lla­ma­das a ser ca­da vez más mi­sio­ne­ras, to­das ellas ex­ten­di­das ha­cia la evan­ge­li­za­ción, de­ci­di­das a lle­gar a los hom­bres y mu­je­res de las pe­ri­fe­rias exis­ten­cia­les y geo­grá­fi­cas, don­de hay mayor sed de es­pe­ran­za y de sal­va­ción. Co­mu­ni­da­des que no si­guen la ló­gi­ca mun­da­na, que no se po­nen a sí mis­mas, a su pro­pia ima­gen, en el cen­tro, sino só­lo la gloria de Dios y el bien de la gen­te, es­pe­cial­men­te los pe­que­ños y los po­bres. La fies­ta de es­te pri­mer már­tir Esteban nos lla­ma a re­cor­dar a to­dos los már­ti­res de ayer y de hoy, —¡hoy son mu­chos!— a sen­tir­nos en co­mu­nión con ellos y pe­dir­les la gra­cia de vi­vir y mo­rir con el nom­bre de Je­sús en nues­tros co­ra­zo­nes y en nues­tros la­bios. Que Ma­ría, Ma­dre del Re­den­tor, nos ayu­de a vi­vir es­te tiem­po de Na­vi­dad fi­jan­do nues­tra mi­ra­da en Je­sús, a fin de que ca­da día nos pa­rez­ca­mos más a Él.

Al fi­na­li­zar la ora­ción ma­ria­na, el Pon­tí­fi­ce sa­lu­dó a los di­fe­ren­tes gru­pos de fie­les pre­sen­tes y re­cor­dó a las víc­ti­mas del ti­fón Phan­fo­ne, que ha gol­pea­do Fi­li­pi­nas.

Que­ri­dos her­ma­nos y her­ma­nas:

MeMe uno al do­lor que ha caí­do so­bre el que­ri­do pue­blo de Fi­li­pi­nas a cau­sa del ti­fón Phan­fo­ne. Re­zo por las mu­chas víc­ti­mas, los he­ri­dos y sus fa­mi­lias. In­vi­to a to­dos a re­zar con­mi­go el Ave Ma­ría por es­te pue­blo al que tan­to apre­cio. Ave Ma­ría, ... Os sa­lu­do a to­dos vo­so­tros, pe­re­gri­nos de Ita­lia y de to­dos los paí­ses. Que la ale­gría de la Na­vi­dad, que lle­na nues­tros co­ra­zo­nes aún hoy, des­pier­te en to­dos el de­seo de con­tem­plar a Je­sús en la gru­ta del pe­se­bre, pa­ra lue­go ser­vir­lo y amar­lo en nues­tros her­ma­nos y her­ma­nas, es­pe­cial­men­te en los más ne­ce­si­ta­dos.

En es­tos días he re­ci­bi­do mu­chos men­sa­jes de bue­nos de­seos de Ro­ma y de otras par­tes del mun­do. No me es po­si­ble res­pon­der a ca­da uno, pe­ro re­zo por ca­da uno.

Por eso, hoy os ex­pre­so mi más sin­ce­ro agra­de­ci­mien­to a vo­so­tros y a to­dos, es­pe­cial­men­te por el don de la ora­ción que tan­tos de vo­so­tros ha­béis pro­me­ti­do ha­cer: mu­chas gra­cias. Fe­liz fies­ta de San Esteban. Por fa­vor, con­ti­nuad re­zan­do por mí.

¡Que ten­gáis buen al­muer­zo y has­ta pron­to!

La fies­ta de es­te pri­mer már­tir Esteban nos lla­ma a re­cor­dar a to­dos los már­ti­res de ayer y de hoy, —¡hoy son mu­chos!— a sen­tir­nos en co­mu­nión con ellos y pe­dir­les la gra­cia de vi­vir y mo­rir con el nom­bre de Je­sús en nues­tros co­ra­zo­nes y en nues­tros la­bios

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