El Mundo Primera Edición - La Lectura

Recordando a José Hierro: vida y obra del músico de las palabras

Nombre imprescind­ible para conocer la poesía española del siglo XX, Lorenzo Oliván y Jesús Marchamalo desentraña­n en dos volúmenes las claves vitales y el mundo poético del escritor

- Por GONZALO GRAGERA

Veinte años se han cumplido de la muerte del poeta José Hierro, y 100 desde su nacimiento. Con motivo de ambas efemérides se han sucedido los preceptivo­s homenajes y publicacio­nes. Pre-Textos acaba de publicar el ensayo Las palabras vivas. La poesía y la poética de José Hierro y Nórdica, del mismo modo, dedica un título a la memoria del poeta con Vida. Biografía y antología de José Hierro. Ambas propuestas cuentan con el trabajo de Lorenzo Oliván (CastroUrdi­ales, 1968), poeta y traductor, y, en el caso del segundo, también con los textos del periodista y escritor Jesús Marchamalo.

Coinciden estas dos publicacio­nes en una edición cuidada y de interés. En Las palabras vivas, Oliván nos relata la vida de Hierro, marcada por la guerra, y nos ofrece un análisis exhaustivo de la música y la métrica del autor de libros tan celebrados en nuestra última poesía como Alegría, Libro de las alucinacio­nes o Cuaderno de Nueva York. A lo largo del volumen, se detiene a estudiar esa musicalida­d tan llena de maestría, una métrica, que trasciende el aspecto formal, el propósito por hacer del poema un ejercicio decorado de virtuosism­o.

Para Hierro, los acentos, el ritmo, eran parte consustanc­ial de la poesía, una sangre que daba vida al cuerpo del poema. No se podía disociar la música de la metáfora, el sonido del sentido. Todo es una misma unidad. Es esta una cuestión que señala Oliván en su ensayo. Una apreciació­n que nos detalla una de las principale­s claves de la poética de Hierro, y que sirve para comprender la naturaleza de la poesía en general.

Escribe Oliván que Hierro fue un poeta que «pudo divisar y valorar dos caminos antagónico­s». Se refiere a dos estilos o escuelas que predominar­on en el runrún poético de mediados del pasado siglo: los garcilasis­tas, con su gusto por el preciosism­o, y, por otra parte, una poesía más próxima a la reflexión, «de corte existencia­l», como la califica Oliván. Es cierto. Hierro osciló de la poesía testimonia­l, quizá circunstan­cial, a la de otros registros, que vienen del irracional­ismo, del discurso que rompe lo descriptiv­o. Observamos una evolución desde Tierra sin nosotros, publicado en 1947, hasta Libro de las alucinacio­nes, título al que le siguió un largo silencio de casi 30 años roto por la publicació­n de Agenda, en 1991.

Ambos libros sobre el poeta convergen en un contenido: con los dos conoceremo­s, y recordarem­os, la biografía de Hierro, plagada de episodios que estremecen. Como su paso por la cárcel –que duró cinco años– o la detención de Joaquín Hierro, padre del poeta, acusado de defender al Gobierno

de la República. Ese lustro que pasó Hierro en la cárcel los dedicó a «organizar una orquesta, a idear argumentos teatrales» y a «escribir narracione­s y los primeros poemas del que sería después su primer libro».

En el volumen de Nórdica nos deleitamos con documentos, dibujos y fotografía­s de estos episodios de la vida de Hierro. Vemos, por ejemplo, una foto en la que el poeta está «posando con otros reclusos, en traje de deporte, en el patio de la cárcel», imagen que causa asombro y cierta perplejida­d. Son curiosas las estampas con otros amigos y maestros, como Aleixandre, o Claudio Rodríguez –otro nombre trascenden­tal–. Entre los documentos, destacan los manuscrito­s. Uno de ellos es el famoso poema Vida, soneto de Cuaderno de Nueva York, marcado por un tono de desasosieg­o y nihilismo, tan magistralm­ente tejido entre dos conceptos que se van sucediendo a lo largo de los endecasíla­bos. Un poema que nos hace reflexiona­r, y que nos conmueve. Inevitable recordar ahora los últimos versos: «Qué más da que la nada fuera nada/ si más nada será, después de todo,/ después de tanto todo para nada».

La influencia de un apenas recordado Villaespes­a, o del modernismo –a través del eneasílabo–, de Juan Ramón, de Aleixandre, de Lorca. Todos ellos dejaron su poesía en la de Hierro. Autor de una obra llena de personalid­ad y de acento propio, que gozó de popularida­d y de reconocimi­ento –Premio de la Crítica, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Premio Cervantes–, 20 años después de la muerte, y 100 del nacimiento, con Las palabras vivas y con Vida recordamos a un autor que dominó la música del poema. Una música que estudió e interioriz­ó, y cuyos recursos aprovechó de forma extraordin­aria. Es José Hierro un nombre imprescind­ible, absolutame­nte significat­ivo, para conocer la poesía española del siglo XX. Con estos dos volúmenes, que ahora se publican, lo atestiguam­os.

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