Pa­sión mo­te­ra

La Moto - - Cartas A La Redacción -

Ho­la, mi his­to­ria mo­te­ra em­pe­zó de jo­ven, a los 14 años Der­bi Dia­blo, 18 años Der­bi 2002, 27 años Suzuki 500. Em­pie­za mi épo­ca de fa­mi­lia e hi­jos y de­jo la mo­to en sus­pen­so, cuan­do so­lo vi­vo pa­ra tra­ba­jo y fa­mi­lia. Com­pro un scoo­ter de 125 cc pa­ra agi­li­zar mi ho­ra­rio la­bo­ral. A los 49 años tu­ve mi pri­mer ac­ci­den­te en mo­to, un co­che hi­zo un cam­bio de sen­ti­do cuan­do yo pa­sa­ba, el re­sul­ta­do fue una frac­tu­ra abier­ta de ti­bia y pe­ro­né de gra­do 3 con mi­nu­ta y ro­tu­ra de un hue­so del pie de­re­cho. Em­pe­zó un cal­va­rio de hos­pi­ta­les y ope­ra­cio­nes que du­ran­te dos años me amar­ga­ron la exis­ten­cia pe­ro que me abrió la par­te del ce­re­bro que te­nía dor­mi­da. Que­ría vol­ver a sa­lir a dis­fru­tar de la vi­da co­mo yo que­ría, y era en mo­to. Aca­bé con un cla­vo en la ti­bia que no se atre­vie­ron a sa­car, y me com­pré un Scoopy 125 pa­ra ir a la reha­bi­li­ta­ción. Me cos­tó dos me­ses de mi­rar la mo­to y ha­cer tra­yec­tos cor­tos has­ta vol­ver a sen­tir­me se­gu­ro. Des­pués de 9 años, to­da­vía sien­to un pin­cha­zo al es­tó­ma­go cuan­do veo un co­che pa­ra­do en la me­dia­na pa­ra ha­cer cam­bio de sen­ti­do. La si­guien­te eta­pa fue com­prar una Ka­wa­sa­ki ER6-f e ir­me a Je­rez. Ya es­ta­ba lan­za­do, y al año si­guien­te fue el Stel­vio y par­te de Ita­lia. Nue­vo cam­bio de mo­to a una Ti­ger 800, y a Ma­rrue­cos pa­ra ha­cer el Atlas y otra vez el Stel­vio has­ta Es­lo­ve­nia. En 2015 otro co­che se sal­ta un ce­da el pa­so en una ro­ton­da y me par­to el pe­ro­né de­re­cho en tres par­tes; mi ga­fe si­gue con­mi­go. Pe­ro si­go y me com­pro una BMW R1200R, mi ob­je­ti­vo des­de ni­ño es­ta­ba con­se­gui­do. Aho­ra mi­ro ha­cia atrás y ob­ser­vo que mi vi­da ha da­do un gi­ro de 180 gra­dos. El pri­mer ac­ci­den­te ha ser­vi­do pa­ra que des­per­ta­ra la pa­sión mo­te­ra dor­mi­da, aho­ra dis­fru­to de la vi­da co­mo yo quie­ro, sin la an­sie­dad de vi­vir pa­ra tra­ba­jar so­la­men­te, hay más co­sas por las que lu­char. JUAN RO­ME­RO ES­CU­TIA, BAR­CE­LO­NA Es­tá cla­ro que los co­ches es­tán ob­se­sio­na­dos en cru­zar­se con­ti­go. No­so­tros nos cae­mos a ve­ces, pe­ro nor­mal­men­te so­los, sin ayu­da ex­ter­na, y tras­la­dán­do­nos to­dos los días en mo­to. En cual­quier ca­so lo im­por­tan­te es la con­clu­sión de tu car­ta: hay que dis­fru­tar de

la vi­da, y por lo que ve­mos des­de que te has con­ven­ci­do de ello has vi­si­ta­do una bue­na par­te de Eu­ro­pa y al­go más con las que te has ido com­pran­do. Lo im­por­tan­te es que ha­yas po­di­do com­pa­ti­bi­li­zar to­do, esa pa­sión mo­te­ra con al­go tan fun­da­men­tal co­mo es la fa­mi­lia y el tra­ba­jo, que al fin y al ca­bo es lo que te per­mi­te dis­fru­tar de las otras dos co­sas.

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