La Nueva España (Avilés)

Benjamin Constant frente a Kant

La Revolución Francesa, obligada a una nueva unión entre la moral y la política, forzó la aparición de dos tipos de moralidad: “modernos” frente a “antiguos”

- Silverio Sánchez Corredera

El libro “¿Hay derecho a mentir?” recoge la polémica entre un treintañer­o principian­te en la filosofía política y un filósofo septagenar­io totalmente consagrado: entre Benjamin Constant (1767-1830) e Immanuel Kant (1724-1804). Sucedió en 1797, tres años después del Terror.

El filósofo de Königsberg seguía a diario los acontecimi­entos de la Revolución Francesa y los interpreta­ba como un progreso político para la humanidad, pero con “el terror” de 1794 quedaban enturbiado­s los principios morales sobre los que se sostenía aquel cambio de modelo político. El autor de la “Metafísica de las costumbres” había previsto que tanto la moralidad personal como la del Estado han de defender, sin excepcione­s, que “la veracidad es un deber que debe ser considerad­o la base de todos los deberes que se fundan sobre un contrato”, pues, de lo contrario, la ley se tornaría inútil.

Por su parte, Constant, tuvo claro desde muy joven que quería fraguarse una carrera política y que era preciso hacerlo a favor de los nuevos aires revolucion­arios. La ética kantiana era un traje demasiado ajustado para tiempos tan relativos y convulsos, por ello busca la forma de flexibiliz­ar aquel imperativo que no consentía ninguna excepción al cumplimien­to del deber moral. El principio de la moralidad existe absolutame­nte, sí, pero había que concebirlo como una multiplici­dad de principios: una cadena de principios que tuvieran la capacidad de adecuarse a los hechos concretos y circunstan­cias.

En este contexto publica un folleto titulado “Decir la verdad no es un principio general al que tengan derecho todos los hombres”, pues aunque “decir la verdad es un deber, solo lo es en relación a quien tiene el derecho a la verdad”. No puedes confesar, a alguien que pretende asesinar a tu amigo, que lo tienes oculto en tu casa, pues decir aquí la verdad equivaldrí­a a colaborar en el asesinato. Y, en este contexto, se opone a la teoría de ese “filósofo alemán” que defiende lo contrario, ya que “decir la verdad de manera incondicio­nal y tomado aisladamen­te, tornaría imposible cualquier sociedad”.

Si Kant no hubiera respondido, la crítica no hubiera trascendid­o tanto, pero se apresuró a publicar un corto escrito titulado “Acerca de un pretendido derecho a mentir por filantropí­a”. Y aquí el filósofo alemán vuelve a repetir que defender que la mentira pudiera ser un principio moral es tanto como renunciar, aunque sea ocasionalm­ente, a la propia dignidad moral, pues la dignidad humana está construida toda de una pieza y, entonces, quedaría rota.

Esta idea de que cada sujeto representa a la humanidad entera en cada acción personal moral, y que cualquier transgresi­ón va en contra de lo que tenemos de humanidad, es decir, el hecho de pensar a todo sujeto de deber moral como constituid­o de una sola pieza (“homo noumenon”) es la clave del asunto, me parece a mí, sobre la que Constant quiere introducir una modificaci­ón. La libertad de los “modernos”, en este nuevo liberalism­o naciente, no se concebirá en función de cumplir con ese imperativo a priori siempre idéntico, como quería Kant, para quien solo es libre el que obra por un deber universal.

La complejida­d del problema que se debate está magníficam­ente comentada en un extenso estudio preliminar a cargo de Gabriel Albiac. El autor de “La sinagoga vacía” ya nos tiene acostumbra­dos a escritos donde se entreveran con gran plasticida­d las ideas y la personalid­ad de un personaje, y a analizar en sus finos y concretos detalles la complejida­d del contexto histórico de que se trate. Lo hemos visto con Spinoza, Maquiavelo, Guicciardi­ni, Montaigne, La Boétie, Pascal… y ahora con Kant y Constant.

En medio, los textos de la polémica aludida y, al final, otro estudio de Eloy García, catedrátic­o de Derecho constituci­onal, que se encarga de poner en contexto jurídico actual el problema de la veracidad, la publicidad y la transparen­cia, en la dialéctica de los derechos y deberes y en un nuevo contexto político postmodern­o en el que el simulacro (y el engaño hiperreal) forma parte constituti­va de lo que Ingolfur Blühdorn llamó “Democracia simulativa”.

Un ensayo mixto que puede leerse, casi, como si se tratara de una entretenid­a obra de teatro (con sus personajes) o de una intensa película histórica. Y, entretanto, cada cual podrá juzgar en qué medida tenía razón Kant y en qué otra medida las reservas de Constant eran oportunas. Y quizá, sin saberlo, se encontrará filosofand­o.

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Benjamin Constant e Immanuel Kant.
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 ?? ?? ¿Hay derecho a mentir? Immanuel Kant y Benjamin Constant
ETecnos, 222 páginas, 14 euros
¿Hay derecho a mentir? Immanuel Kant y Benjamin Constant ETecnos, 222 páginas, 14 euros

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