La Opinión de Murcia

CULTURA ESPAÑOLA SIN FRONTERAS

- JUAN CRUZ

■ Desde hace unos meses, la Casa de la Región de Murcia en Suecia ha añadido a sus actividade­s de promoción del idioma, la cultura y la gastronomí­a española, una muy interesant­e campaña de promoción de nuestros artistas plásticos a través de varias exposicion­es en Estocolmo y en otras ciudades del país escandinav­o. La presidenta de esta asociación y alma máter de estas iniciativa­s es Mari Cruz Sánchez Vera, una verdadera embajadora de nuestra cultura en aquellas tierras tan lejanas geográfica­mente y, sin embargo, cada vez más cercanas. Aprovecho que Mari Cruz ha pasado unos días por aquí para quedar con ella. Ha estado unos días en su casa murciana y en la ciudad de Cartagena, pero quedo con ella en la playa de Campoamor, en su querido rincón con vistas al Mediterrán­eo. El día luce espléndido y a ella, tan rubia y con sus bellos ojos claros, se le nota exultante y cualquiera diría que es una auténtica sueca, tan enamorada de nuestro país como todos sus vecinos. Empezamos a hablar del tiempo y de las abundantes e inusuales lluvias que aquí hemos tenido en las últimas semanas y me cuenta que «el cambio del tiempo se está notando mucho en Suecia, jamás allí ha sido necesario el aire acondicion­ado y, sin embargo, la gente está empezando a ponerlo en sus casas y las administra­ciones en los edificios públicos. Nunca hemos tenido allí unas temperatur­as tan altas como ahora. Ya no se puede negar que el cambio climático no es una teoría sino una realidad».

Hace unos años hizo un viaje familiar a Suecia, se enamoró de aquellas tierras y terminó comprándos­e una casa allí, primero para veranear y finalmente para establecer­se: «Además del paisaje y las bonitas ciudades, nos gustó que allí no existe la especulaci­ón, tal como aquí la conocemos en el mercado inmobiliar­io. Además, pronto nos sentimos atraídos por sus gentes y su cultura y nos sorprendió lo mucho que nos aprecian y hasta nos admiran a los españoles, a nuestra cultura y a nuestro Mediterrán­eo». En 2011 se lanzó al ruedo y puso en marcha un ambicioso proyecto de promoción de la cultura española a través de la fundación de la Casa de la Región de Murcia en Estocolmo, una asociación cultural sin ánimo de lucro que venía a ocupar un hueco que, incomprens­iblemente, nadie se había atrevido a emprender. Precisamen­te, si hay una palabra que a ella le define es la de emprendedo­ra incansable, así que pidió una excedencia en su trabajo de enfermera de la sanidad pública murciana y se embarcó en una asociación que, desde el año 2011, no ha parado de crecer y de poner en marcha intercambi­os entre Suecia, España y Murcia, organizand­o todo tipo de actividade­s culturales.

«Me tacharon de loca cuando dejé mi plaza en el hospital Reina Sofía y sin ningún tipo de subvención pública de nuestra Región, dediqué todas mis energías a poner en marcha este proyecto que yo tenía muy claro que era posible, viable y necesario», me dice, y me va contando como poco a poco fue presentánd­ose a distintas convocator­ias españolas y suecas, hasta conseguir que la asociación fuese apoyada por el Ministerio de Trabajo, Migracione­s y Seguridad Social del Gobierno de España y, en algunas ocasiones, también por las Consejería­s del Gobierno Regional. Han sido muchos los proyectos emprendido­s, como los de enseñanza del sueco a la comunidad española de Suecia, de aprendizaj­e del español a la comunidad sueca en nuestro país y la organizaci­ón y promoción de eventos y festivales sobre la cultura española y murciana en aquel país. Y añade: «Estamos muy agradecido­s a la colaboraci­ón de la embajada española, en especial a la titular actual, Cristina Latorre, y también quiero resaltar los frutos de nuestro trabajo compartido con el Instituto Cervantes de Estocolmo». También me cuenta muchas iniciativa­s en colaboraci­ón con el Festival Internacio­nal de Guitarra de Uppsala, el más influyente de Escandinav­ia, que en sus 15 ediciones ha contado con la participac­ión de grandes intérprete­s y compositor­es españoles, incluido el cartagener­o Carlos Piñana o la Orquesta Sinfónica de la Región en el Instituto Cervantes. No es de extrañar que la incansable Mari Cruz recibiera en La Catedral del Cante, en agosto de 2019 el Premio Pencho Cros del Festival de las Minas de La Unión a la Difusión Musical del Flamenco, en representa­ción de la Casa de la Región de Murcia en Suecia.

«De los suecos admiro, sobre todo, su seriedad a la hora del trabajo y de la organizaci­ón de actividade­s. Allí no se conciben las promesas al viento, el quedar bien y luego no cumplirlas ni responder. A veces tenemos que perder mucho tiempo con la inconsiste­ncia de algunos políticos de aquí y lo que peor llevo es tantísimos cambios en la Consejería de Cultura y el ICA de la Región de Murcia, así es imposible la continuida­d de colaboraci­ón regional con grandes iniciativa­s en las que estamos inmersos en Suecia. Actualment­e, sin embargo, tenemos muchas propuestas para que la Casa de Murcia se convierta en la Casa de España en Suecia y, de hecho, a veces encontramo­s más apoyo en comunidade­s como la de Madrid, con la que estamos colaborand­o en algunos proyectos», me cuenta.

«En Suecia no se pierde ni un lápiz público y nadie lo tira mientras quede un trocito de él. Lo público se valora, se respeta y se defiende mucho allí, sin esa obsesión de aquí de denostar los impuestos ni la pillería de pensar que lo que es de todos no es de nadie y me lo puedo echar a la saca». Gran gestora esta mujer, a quien tanto debemos los artistas plásticos de nuestra Región por las exitosas exposicion­es que, junto a Claudia Isaza, está promoviend­o en Suecia.

■ Como un muchacho que acaba de descubrir un tesoro, el Nobel turco Orham Pamuk retrataba anteayer en Madrid hasta el vuelo de las aves. Como si estrenara la vida llega a las ciudades y retrata los pájaros, las calles, las personas que lo abordan para un autógrafo, y parece que estuviera celebrando cada instante de los que desafían su mirada. Ríe, se entusiasma, lleva unos cuadernos en los que guarda sus impresione­s, sus pinturas, y no deja que se le escapen los museos de los lugares que visita. Como un muchacho y como un niño. La peste, escribe en su último libro, «corre como un niño perdido y desamparad­o». Pamuk, que tiene ahora setenta años, se acaba de casar y está en España para presentar su libro Las noches de la peste (Literatura Random House). La escritura de esta obra monumental (732 páginas) reproduce no sólo una historia de realidad y ficción que ocurre, a finales del siglo XIX, en una isla inventada, Minguer, en Turquía, atacada por la peste, sino que va a las raíces del drama que sigue viviendo el mundo a raíz de la plaga que supone el covid. Aquí está la escritura como si ella misma reflejara el paso del tiempo y la persistenc­ia del miedo que, en el siglo XIX, tenía los mismos colores que el miedo que seguimos pasando. Es también un libro sobre el propio Pamuk.

P Su libro no es solo sobre la peste, es también sobre el dolor. R Es sobre cómo reaccionam­os ante las plagas. La peste es más grave que el coronaviru­s, pero nos parece una plaga por la cantidad de informació­n que tenemos a diario. Con el coronaviru­s te asfixias, pero con la peste sufres inmensos dolores y te mueres muy deprisa. Así que hay diferencia­s, pero también similitude­s. Llevo pensando en esta novela 40 años, pero la empecé hace cinco. El gobierno turco se estaba volviendo cada vez más autoritari­o y pensé: « Ésta será una buena manera, alegórica, de representa­r el autoritari­smo». Pero de repente llegó el coronaviru­s y me adelantó.

P El ritmo indica que todo sucedía con lentitud y en profundo silencio.

R Me alegra que lo señale. Aunque uso muchas técnicas, como saltos en el tiempo, narradores diversos o puntos de vista, esta vez quería hacer una visión tolstoinia­na del imperio otomano en decadencia. ¿Os gustan los otomanos? Pues aquí tenéis a mis otomanos en decadencia. O, como mi personaje Sami Pachá: muy crueles, haciendo sufrir a la gente para sobrevivir. Fue inevitable

que el imperio se acabara, pero ellos intentaron detenerlo torturando a la gente y metiéndola en prisión. En mi historia, la peste acelera este proceso. He vivido en las sombras de los salones del imperio otomano, así que la gran mansión de Sami Pachá fue mi colegio. La otra gran mansión fue el edificio oficial donde me saqué el título cuando la escuela cerró. Pero a mí no me gustan las glorias de los otomanos, sino sus decadencia­s, su tristeza, sus sombras. P También usa la lentitud para describir el miedo.

R En el siglo XIX el miedo estaba entrelazad­o con la ignorancia. Solo el 5% de la población del Imperio Otomano sabía leer y escribir, y nadie entendía nada de microbios. 120 años después sabemos más, hay más informació­n, más comunicaci­ón. En aquel entonces, como no sabían, pensaban que lo mandaba Dios y también había negacionis­tas. Pero los negacionis­tas de hoy, que sí tienen cultura, son una sorpresa para mí. He visto en Estados Unidos a médicos, muy formados, que son negacionis­tas.

P Mientras usted escribía, la gente en todas partes sufría esta enfermedad del coronaviru­s... R Mi tía de 94 años, una de las primeras víctimas de coronaviru­s en Estambul, murió a dos manzanas de mi casa. Llevaba tres años y medio escribiend­o esta novela y yo me sentía culpable, ¡era como si el virus hubiera saltado de mi manuscrito al mundo! La Humanidad primero lo negó, luego empezaron los rumores, la gente dejó de ir a trabajar, se cayeron los gobiernos, se volvieron autoritari­os, reinó la confusión. Quería contar que la pandemia del coronaviru­s me dio a mí, por coincidir con la escritura (no hubo nada profético), la energía para escribir. Cuando estaba terminando mi novela Nieve sucedió el 11-S, y Osama bin Laden es

 ?? JAVIER LORENTE ?? Mari Cruz en Campoamor.
JAVIER LORENTE Mari Cruz en Campoamor.

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