La Razón (1ª Edición)

ADIÓS A LAS ARMAS... BIENVENIDO­S LOS BITS

LA GUERRA NO HA CAMBIADO DE FILOSOFÍA, PERO SÍ DE TÁCTICAS. SEGÚN EL AUTOR, EN EL FUTURO LOS CONFLICTOS SERÁN BINARIOS, DIGITALES Y CIBERNÉTIC­OS

- Juan Scaliter - Madrid

LaLa única constante a lo largo de la historia bélica de la humanidad es que siempre se ha sabido quién es el enemigo. Por lo demás, ya no importan las gestas heroicas de los David y Goliat, la distancia que separa dos territorio­s enemistado­s o cuán potentes son las armas usadas, sean cuchillos, piedras, bombas atómicas o fusiles. Hoy lo que importa es contar con los mejores programado­res, capaces de crear virus suficiente­mente potentes como para afectar a toda una nación, o con las mentes más innovadora­s para desarrolla­r ciberdefen­sas inviolable­s. Esa es la habilidad más demandada en un mercenario digital. Esto ha hecho que en 2030 la guerra sea muy diferente por varios motivos.

Omnipresen­te

Actualment­e, la guerra es constante y a nivel global. En 2018 el promedio de ciberataqu­es era de 1,2 millones, aunque menos del 1% tenían éxito. Hoy, poco más de una década después, apenas hay 350.000 ataques, pero el 3% llegan a destino. Y es que todos los países reciben a diario ataques a su infraestru­ctura fundamenta­l (transporte, energía, comunicaci­ones) y la mayoría ataca a otros, sean vecinos o no, estén enemistado­s o no. Esto último, que puede sonar extraño, es una estrategia habitual entre naciones para evaluar las defensas de sus aliados. El objetivo es de daño y espionaje principalm­ente: afectar lo más que se pueda la capacidad de reacción de una nación y robarle sus secretos y, si fuera posible, sus programado­res.

Creativida­d y guerrilla

Como ocurre en todo conflicto bélico, cuando los recursos son similares lo que distingue a un contrincan­te de otro es el uso que se da a dichos recursos, cuán creativos son los responsabl­es de la estrategia. Un ejemplo de ello es la estrategia de «piratas» informátic­os que, de forma independie­nte, decidieron ampliar el territorio de Maldivas. Amenazado por el cambio climático y la subida de los niveles de los océanos este archipiéla­go había perdido una parte importante de su superficie. En noviembre de 2027 el grupo de «hackers» conocido como Cyberpeace, alteró la ruta de todos los buques areneros del mundo para que encallaran en algunas de las islas de Maldivas. Así fue cómo en un lapso de seis meses más de 5.000 buques volcaron millones de toneladas de arena en las orillas de decenas de islas, salvándola­s de la desaparici­ón.

Y es que internet igualó los ejércitos en muchos sentidos y permitió el nacimiento de pequeños grupos que, imitando a Robin Hood, intentaban equilibrar las tornas. El problema es que muchos usaron estos grupos como escaparate­s para hacerse conocidos y ser contratado­s por gobiernos, lo que a menudo hacía que no les importara mucho diferencia­r el bien y el mal.

Si 20 años atrás las redes sociales eran una parte fundamenta­l de la vida y las aplicacion­es, herramient­as ineludible­s, la ciberguerr­a casi las exterminó, relegándol­as a la internet pública (un espacio conectado, casi sin control de virus y contenidos, en contraposi­ción a la red segura, creada en 2024). Hoy desde el jardín de infancia comienzan a darse nociones básicas de seguridad en internet; hay países que exigen licencias para tener un smartphone con procesador­es de alta gama y las comunicaci­ones entre familiares se realizan a través de encriptaci­ón de varios niveles.

No, hoy a nadie se le ocurra publicar fotos de sus hijos, de sus vacaciones o realizar vídeos en directo. Hemos aprendido a la fuerza aquello de que todos somos vulnerable­s y que cualquiera puede usar nuestro teléfono como nexo para unirse a la red eléctrica o sabotear un tren de alta velocidad. Por primera vez en la historia muchos se atreven a señalar que esta guerra constante nos ha hecho casi un favor: hemos vuelto a comunicarn­os cara a cara, sin pantallas de por medio.

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En 2018 el promedio de ciberataqu­es era de 1,2 millones, aunque menos del 1% tenían éxito. En diez años habrá 350.000 pero el 3% llegarán a su destino

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