«El pre­sen­te es aquel lu­gar en el que pue­den con­vi­vir pa­sa­do y fu­tu­ro»

EN­TRE­VIS­TA AL­BERT LLA­DÓ/Es­cri­tor y pe­rio­dis­ta

La Razón (Cataluña) - - Cataluña - Víc­tor Fernández-Bar­ce­lo­na

La­La otra Bar­ce­lo­na, aque­lla que no vi­si­tan los tu­ris­tas y a la que no sue­len lle­gar las re­for­mas de los di­fe­ren­tes ayun­ta­mien­tos es el es­ce­na­rio de la nue­va no­ve­la del es­cri­tor y pe­rio­dis­ta Al­bert Lla­dó. Eso es lo que en­con­tra­mos en­tre las pá­gi­nas de «La tra­ve­sía de las an­gui­las», pu­bli­ca­da por Ga­la­xia Gu­ten­berg. El au­tor man­tu­vo la si­guien­te con­ver­sa­ción con es­te dia­rio.

–Us­ted ha­ce po­co anun­ció en re­des so­cia­les que de­ja­ba de co­la­bo­rar en me­dios. ¿Es es­te li­bro el ini­cio de una nue­va eta­pa?

–Pue­de ser. Lo que es ver­dad es que lo em­pe­cé ha­ce dos o tres años por­que me die­ron con el pro­yec­to la be­ca Mon­tse­rrat Roig. Ha­ce cua­tro años coor­di­na­ba la sec­ción de cul­tu­ra en «La Van­guar­dia» di­gi­tal y de­jé de ha­cer­lo, lo que me ha da­do tiempo pa­ra ha­cer el pe­rio­dis­mo que a mí me in­tere­sa y tam­bién pa­ra te­ner más tiempo pa­ra es­cri­bir.

–¿Por qué las an­gui­las? –To­dos los ca­pí­tu­los del li­bro es­tán sa­ca­dos de la co­lec­ción de los Jó­ve­nes Cas­to­res. El nú­me­ro diez se lla­ma pre­ci­sa­men­te «La tra­ve­sía de las an­gui­las». Ellos, los pro­ta­go­nis­tas de mi li­bro, pre­ci­sa­men­te lo que ha­cen es eso: ir con­tra­co­rrien­te, yen­do a cons­truir un uni­ver­so de sig­ni­fi­ca­do que es el de otra Bar­ce­lo­na. Por otra par­te, las an­gui­las no so­la­men­te van con­tra­co­rrien­te sino que cuan­do lle­gan a la vida adul­ta vuel­ven a su lu­gar de ori­gen. Eso es lo que ha­ce el na­rra­dor: vol­ver al lu­gar de ori­gen pa­ra en­ten­der sus múl­ti­ples iden­ti­da­des. Tam­bién es­tá la me­tá­fo­ra de pen­sar que no pue­den ser cap­tu­ra­das, aun­que to­dos en al­gún mo­men­to po­de­mos ser capturados.

–¿Qué tie­ne de us­ted es­te Jordi que es el na­rra­dor de la obra?

–Mu­chas co­sas y na­da. Pa­ra mí la fic­ción es trans­for­mar la ver­dad his­tó­ri­ca o de los he­chos en una nue­va ver­dad que es la ver­dad li­te­ra­ria. Evi­den­te­men­te me in­tere­sa­ba tra­ba­jar con el ma­te­rial que te­nía más cer­ca y es que yo vi­ví has­ta los quin­ce años en Ciu­dad Me­ri­dia­na. Los pai­sa­jes que na­rro son pai­sa­jes en los que vi­ví, pe­ro que

Pa­ra mí la fic­ción es trans­for­mar la ver­dad his­tó­ri­ca o de los he­chos en una nue­va ver­dad que es la ver­dad li­te­ra­ria. Por eso me in­tere­sa­ba tra­ba­jar con Ciu­dad Me­ri­dia­na en la que vi­ví»

trans­for­mo li­te­ra­ria­men­te. Sí, jue­go con el re­cuer­do, pe­ro co­mo un ar­te­fac­to na­rra­ti­vo, de me­mo­ria y la me­mo­ria es el me­ca­nis­mo de fic­ción más po­ten­te que exis­te. He ju­ga­do con la cer­ca­nía, pe­ro pa­ra trans­for­mar­la li­te­ra­ria­men­te. Lo que me in­tere­sa­ba es que la no­ve­la fun­cio­na­ra, no con­tar mi vida. –¿Cual­quier tiempo pa­sa­do fue me­jor?

–No, pa­ra na­da.

–¿No hay nos­tal­gia?

–In­ten­to huir de la nos­tal­gia y en­tien­do el pre­sen­te no co­mo una is­la sino co­mo un lu­gar en el que pue­den es­tar el pa­sa­do y el fu­tu­ro. Pa­ra mí el pre­sen­te es una zo­na de tensión, no de pa­si­vi­dad. En­ton­ces el pa­sa­do de­be po­der aco­ger­se y esas vo­ces anó­ni­mas del pa­sa­do de­ben po­der es­tar tam­bién pa­ra cons­truir un fu­tu­ro. He tratado de huir de la nos­tal­gia por­que es una tram­pa muy pe­li­gro­sa. No que­ría idea­li­zar el pa­sa­do, con lo que lo mues­tro co­mo un lu­gar de pre­sen­te, con el que po­der en­ten­der las lu­chas com­par­ti­das y las ci­ca­tri­ces de la ciu­dad.

–De ahí la frase de San Agus­tín que in­clu­ye en el li­bro: «Cla­ro que la in­fan­cia no se fue. ¿Adón­de iba a ir?» –Cla­ro que la in­fan­cia no se fue. No­so­tros siem­pre cree­mos que el via­je ha­cia la edad adul­ta aca­ba en la edad adul­ta, pe­ro siem­pre hay un via­je ha­cia la in­fan­cia. Eso es lo que ha­ce Joan Mi­ró cuan­do le di­cen que pin­ta co­mo un ni­ño. «Ya, ya, pe­ro es que yo fui un ni­ño, de­jé de ser un ni­ño y he te­ni­do que vol­ver a ser un ni­ño pa­ra vol­ver a pin­tar», di­ce Mi­ró. Pe­ro eso es al­go que es­tá en la fi­lo­so­fía del siglo XX. Nietzs­che ha­ce eso: la tri­ple trans­for­ma­ción del es­pí­ri­tu. Pri­me­ro, pa­ra ha­cer ese via­je vi­tal. hay que ser un ca­me­llo que es la re­sig­na­ción; lue­go el león que se car­ga to­dos los dog­mas ad­qui­ri­dos pa­ra vol­ver a ser ni­ño y vol­ver a crear. Ese jue­go me per­mi­tía vol­ver a una épo­ca en la que fui ni­ño.

–La no­ve­la es­tá en­mar­ca­da en dos mo­men­tos his­tó­ri­cos re­cien­tes de cam­bio: a las puer­tas de la ce­le­bra­ción de los Jue­gos Olím­pi­cos de 1992 y a las puer­tas de to­do el lío que vi­vi­mos aho­ra en Ca­ta­lu­ña. ¿Por qué ese mar­co histórico?

–Así es. Es a las puer­tas. Ex­pli­ca­mos la his­to­ria a par­tir de acon­te­ci­mien­tos que mar­can un an­tes y un des­pués. A mí me in­tere­sa­ba la His­to­ria más allá de la His­to­ria, es de­cir, a las puer­tas. Es esa His­to­ria que no ha­bla de los Jue­gos ni del re­fe­rén­dum sino de los pa­si­llos, de los en­tre­si­jos, las ex­pe­rien­cias de vida y los an­he­los que no tie­nen que ver con la cronología ofi­cial. La li­te­ra­tu­ra es una he­rra­mien­ta bru­tal pa­ra eso. –¿Qué su­pu­so pa­ra Ciu­dad Me­ri­dia­na esa re­no­va­ción de los Jue­gos?

–Es­cu­cha­mos que ve­nían los Jue­gos, que es­to iba a trans­for­mar to­do, pe­ro por allí no pa­sa­ron. A ni­vel de in­fra­es­truc­tu­ras sig­ni­fi­ca­ron muy po­co y a ni­vel de re­la­to de pai­sa­je muy po­co. Ciu­dad Me­ri­dia­na no se ha con­ta­do a ni­vel de pai­sa­je na­rra­ti­vo. No en­con­tra­rá mu­chas obras que ha­blen de eso. Pa­ra cons­truir grandes me­tró­po­lis hay que de­jar som­bras y eso es lo que ha pa­sa­do.

–¿Se ha sub­ra­ya­do más la ciu­dad de pos­tal? ¿Pue­de que Ciu­dad Me­ri­dia­na no tu­vie­ra hue­co en la pos­tal? –Tam­bién ha­bía un te­ma de ur­gen­cia co­mo era la cons­truc­ción de una ima­gen rá­pi­da. Las co­mu­ni­da­des no se cons­tru­yen rá­pi­do, así que no da­ba tiempo a ha­cer una co­mu­ni­dad bo­ni­ta.

Es­cu­cha­mos que ve­nían los Jue­gos, que es­to iba a trans­for­mar, pe­ro por allí no pa­sa­ron. A ni­vel de in­fra­es­truc­tu­ras sig­ni­fi­ca­ron muy po­co y a ni­vel de re­la­to de pai­sa­je muy po­co pa­ra Ciu­dad Me­ri­dia­na»

MIQUEL GONZÁLEZ/SHOOTING

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.