100 días des­pués: «Pa­pá, ¿por qué llo­ra la abue­la?»

La Razón (Cataluña) - - Tv Y Comunicaci­ón -

Ca­daCa­da do­lor de ca­be­za, ca­da día que es­ta­bas al­go can­sa­do, ese mie­do de ha­ber­lo pi­lla­do. Por suer­te, el ter­mó­me­tro nun­ca subía de 36.5.

Ha­bía que ha­cer Scien­ces y dic­ta­dos y pa­sar des­pués a Zi­da­ne y la vuel­ta de LaLi­ga. Ha­bía que evi­tar con­fun­dir Arts con los de­por­tis­tas en­fa­da­dos o con la im­po­si­ble ta­bla del ocho.

Ha­bía que ha­cer tur­nos pa­ra co­ger el or­de­na­dor.

Y no fue na­da fá­cil tam­po­co con­se­guir que los abue­los en­con­tra­sen el bo­tón de la cá­ma­ra del Zoom... Y des­pués, ade­más, el del so­ni­do.

El so­ni­do, por cier­to, que te­nías que de­cir­le a tu hi­jo que qui­ta­se pa­ra que pu­die­sen dar cla­ses las pro­fes.

La cá­ma­ra, pa­ra des­cu­brir las bar­bas, los pe­los o las oje­ras de aque­llos que no po­días abra­zar.

Sa­lir to­dos los jue­ves por la no­che a to­mar co­pas, sin sa­lir de ca­sa.

Ese mo­men­to en el que de ver­dad pen­sas­te que no ibas a en­con­trar pa­pel hi­gié­ni­co.

Con­tas­te las ser­vi­lle­tas de pa­pel que te que­da­ban, por si aca­so. Una emer­gen­cia siem­pre es una emer­gen­cia.

Ha­cer la com­pra co­mo si lle­ga­se el fin del mun­do. Y las caHa­cer je­ras aguan­tan­do de pie, sin una que­ja.

La ci­ta de las 8 de la tar­de. Las car­tas, el Risk, los Co­lo­nos del Ca­tán, Dios ben­di­ga la Nin­ten­do.

Las no­tas fue­ron bue­nas, gra­cias.

«Le han in­gre­sa­do en el hos­pi­tal».

Oír a los pá­ja­ros por la ma­ña­na en el cen­tro de Ma­drid.

«Si quie­re pue­de se­guir pa­gan­do, aun­que no le de­mos el ser­vi­cio, por los tra­ba­ja­do­res de es­ta em­pre­sa».

de­por­te ba­ji­to, pa­ra no mo­les­tar al ve­cino de aba­jo.

Esa sen­sa­ción de que po­días aguan­tar así lo que fue­ra, que no se es­ta­ba tan mal.

Sos­pe­char, cuan­do tu hi­jo te di­ce «vos», que su edu­ca­ción es­tos úl­ti­mos me­ses ha de­pen­di­do más de Ma­fal­da que de otras co­sas.

Esa sen­sa­ción de que o ter­mi­na­ba es­to ya o no sa­bías có­mo ibas a po­der aguan­tar.

De­jar de ha­cer de­por­te y co­mer en tres días lo que ha­bías pla­nea­do pa­ra una se­ma­na o dos.

En­con­trar un li­bro y po­der con­cen­trar­te en al­go que no fue­ra la cur­va.

Ver a Fer­nan­do Si­món por la te­le.

En­ten­der que no vas a en­ten­der ni lo de las fa­ses ni el inex­pli­ca­ble lío de la ci­fra de muer­tos. Ver a Pe­dro Sán­chez. Leer los pe­rió­di­cos, se­guir Twit­ter, com­pren­der, so­bre to­do, que a mu­chos el con­fi­na­mien­to les ha he­cho per­der la ca­be­za.

To­mar­te a los tó­xi­cos co­mo lo que son: unos bu­fo­nes.

No te­ner ni idea en qué día de la se­ma­na vi­vías, ma­dru­gar o acos­tar­te tar­de, per­der la no­ción de los ho­ra­rios.

Y que se es­ca­pe una pri­ma­ve­ra en­te­ra.

Sa­lir a co­rrer, esa ma­ña­na, en­tre la mul­ti­tud.

El or­gu­llo ab­sur­do, pe­ro or­gu­llo al fin, de no ha­ber par­ti­ci­pa­do en ni una ca­ce­ro­la­da.

Y ayer, ca­ra a ca­ra, al fin, só­lo los ojos tras las mas­ca­ri­llas:

«Pa­pá, ¿por qué llo­ra la abue­la?».

Ayer se aca­bó el Es­ta­do de Alar­ma tras cien días

Jo­sé Agua­do

Uli­ses Fuen­te Est­her S. Sie­tei­gle­sias Ja­vier Ors

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