«El que di­ga que es­to ha si­do co­mo una gue­rra no tie­ne ni idea»

La Razón (Cataluña) - - Cultura - JU­LIÁN HE­RRE­RO - MA­DRID

Siem­pre a la ca­rre­ra y de un país a otro, re­co­no­ce que es­tos me­ses le han ayu­da­do a fre­nar y a no ha­cer de­ma­sia­dos pla­nes de fu­tu­ro. So­lo pin­tar, leer y bai­lar en ca­sa. El 7 de sep­tiem­bre re­co­ge­rá el Pre­mio Max de Ho­nor por una tra­yec­to­ria en­ci­ma y de­trás de los es­ce­na­rios

Lo­sLos pre­mios ho­no­rí­fi­cos sue­len dar al­go de vér­ti­go pa­ra el que los re­ci­be. Sig­ni­fi­can el re­co­no­ci­mien­to, la glo­ria, a to­da una ca­rre­ra, pe­ro, a su vez, lan­zan la se­ñal de que los me­jo­res tiem­pos pa­sa­ron. Pue­de que es­to tam­bién ocu­rra en el Na­cho Duato bai­la­rín, que no en el co­reó­gra­fo. Sea co­mo sea, hoy pro­ta­go­ni­za el anun­cio del Max de Ho­nor (que de­be­rá re­co­ger en Má­la­ga el 7 de sep­tiem­bre) por una tra­yec­to­ria in­du­da­ble. «Pre­ma­tu­ro», di­ce él. Y es que, a sa­bien­das de que sus tiem­pos de bai­la­rín ya pa­sa­ron, la im­pre­sión que da es la de un tío muy en for­ma, muy por en­ci­ma de la me­dia; un ti­po al que le que­da mu­cho por dar a la dan­za. Se po­dría po­ner unas ma­llas y no que­dar en ri­dícu­lo, aun­que se nie­ga: «Ya so­lo bai­lo en mi te­rra­za de Va­len­cia», co­men­ta a la vez que re­cuer­da la úl­ti­ma vez que se subió a un es­ce­na­rio y «ca­si me sa­can en ca­mi­lla». Ha­ce ca­si una dé­ca­da de aque­llo. Hoy es un ar­tis­ta que ha en­con­tra­do la paz en el en­cie­rro. Siem­pre so­li­ta­rio, re­co­no­ce que el con­fi­na­mien­to le ha obli­ga­do a fre­nar, pe­ro que su vi­da en es­te tiempo «no im­por­ta» por­que ha si­do muy fá­cil, «to­do lo con­tra­rio a los que de ver­dad han su­fri­do». Ha­bla con cal­ma, pien­sa ca­da pa­la­bra y, mien­tras, lle­va su mi­ra­da al Pa­la­cio Real, que se ve a tra­vés de la ven­ta­na del Tea­tro Real.

–Lo úl­ti­mo que le es­cu­ché de es­te lu­gar es que era un «ce­men­te­rio de ele­fan­tes».

–Me gus­tan mu­cho los ce­men­te­rios.

–Allí, en San Pe­ters­bur­go, tie­ne uno muy in­tere­san­te.

–Es pre­cio­so, es­tán Tchai­kovsky, Pe­ti­pa... Pe­ro te ase­gu­ro que el tea­tro no es un ce­men­te­rio, es co­mo una na­ve con las ve­las des­ple­ga­das y no pa­ra ni un mo­men­to. Es­te, des­gra­cia­da­men­te, no. –¿Có­mo ha lle­va­do es­te tiempo sin es­ce­na­rios?

–Muy bien, en ca­sa. Pin­tan­do, es­cu­chan­do mú­si­ca y tran­qui­lo. No ha si­do di­fí­cil pa­ra mí. Sí pa­ra pa­ra la gen­te que ha muer­to y los que te­nían fa­mi­lia­res en hos­pi­ta­les y no po­dían ver­los. ¿No­so­tros? Que te­ne­mos ca­sa, que he­mos lla­ma­do a Glo­vo cuan­do he­mos que­ri­do, con te­le­vi­sión e iPad, What­sApp... No ha si­do di­fí­cil. Es­cu­ché a al­guien que di­jo que es­to ha­bía si­do co­mo la gue­rra... Hi­jo mío, no sa­bes lo que es una gue­rra. Yo he es­ta­do en un país en gue­rra y he es­cu­cha­do a mi abue­lo ha­blar de la gue­rra. Si no aguan­tas es­to es que ya... –Su­pon­go que, siem­pre a la ca­rre­ra de aquí a allá, has­ta le ha­brá ser­vi­do pa­ra des­co­nec­tar.

–Egoís­ta­men­te, me ha ve­ni­do bien. Me to­mo to­do con más cal­ma por­que vas de ae­ro­puer­to en ae­ro­puer­to y de es­treno en es­treno. Ve­nía de Lyon, me fui a la Ópe­ra de Vie­na, rue­da de Pren­sa en Bar­ce­lo­na... Y, de pron­to, pa­ré. Pe­ro te ha­ce re­fle­xio­nar. Al prin­ci­pio te lo to­mas con un po­co de mie­do por­que no sa­bes de qué va la co­sa y cuan­do en­tien­des al­go más sim­ple­men­te que­da es­pe­rar. De to­das for­mas, me han lla­ma­do de mu­chos si­tios en es­te tiempo pa­ra que me pu­sie­ra por Sky­pe y con­ta­rá có­mo es­ta­ba vi­vien­do el en­cie­rro, pe­ro yo lo he lle­va­do muy bien. Que le pre­gun­ten có­mo lo lle­van a una fa­mi­lia que te­nía que vi­vir con 300 eu­ros al mes. Que sal­ga yo a de­cir una co­sa u otra no va­le na­da. No me pue­do que­jar, aun­que no ten­ga tea­tros ni «ro­yal­ties», pue­do so­por­tar­lo. Pier­des di­ne­ro y no pa­sa na­da, ya lo ga­na­rás.

–¿Le ha cam­bia­do? –Fran­ca­men­te, na­da no­ta­ble. Me pre­gun­tan que qué pla­nes ten­go y no quie­ro pensar en na­da por­que has­ta que no sal­ga la va­cu­na no se sa­be qué va a pa­sar. De to­das for­mas, veo que va­mos a sa­lir me­jor. Siem­pre des­pués de una gue­rra, una dis­cu­sión, una pan­de­mia pa­san co­sas bue­nas. La tor­men­ta y la cal­ma. ¿Qué va a pa­sar? Que vol­ve­re­mos a bai­lar y las co­sas se­gui­rán igual. –¿Has­ta cuán­do va­mos a pre­gun­tar­nos por el en­cie­rro? –Va a tar­dar tiempo por­que ha de­ja­do mu­chas se­cue­las psi­co­ló­gi­cas. Pe­ro si pa­só la «gri­pe es­pa­ño­la», que fue mu­cho peor, pa­sa­rá es­ta.

–¿Có­mo se to­ma un pre­mio co­mo es­te Max de Ho­nor a to­da una ca­rre­ra?

–Vien­do a la gen­te que se lo han da­do an­tes me pa­re­cía pre­ma­tu­ro. Es una pro­fe­sión en la que no ter­mi­nas nun­ca de com­ple­tar la ca­rre­ra, es un pa­so ade­lan­te y dos atrás. Pe­ro lo re­ci­bo con hu­mil­dad. Me ale­gra.

–¿Dón­de lo co­lo­ca­rá es­ta vez? –En la es­tan­te­ría del cuar­to de la plan­cha. No sé por qué la gen­te se ex­tra­ña de que los pon­ga ahí. –Se­rá que no los te­ne­mos... –(Ri­sas) No los voy a te­ner en el sa­lón, me pa­re­ce­ría una hor­te­ra­da. Y mi des­pa­cho es­tá en Ru­sia. ¿Me los lle­vo en la ma­le­ta? –De­je, de­je, que lue­go fac­tu­rar es un lío...

–Ade­más, eso. Yo los pon­go en­tre toa­llas y esas co­sas.

–Los que no se «ol­vi­da» en los ho­te­les...

–Sí, los feos, sí. Lo im­por­tan­te del pre­mio es que lo lle­ves en el co­ra­zón y lo agra­dez­cas, el ob­je­to en sí da lo mis­mo. Y no soy el úni­co que lo ha­ce, pe­ro sí el úni­co que lo di­ce. Ni la gen­te tie­ne to­dos en el sa­lón, ni sa­ben dón­de es­tán... Tam­bién es ver­dad que se re­co­gen con mu­cho ca­ri­ño.

–¿En qué mo­men­to se de­jó de va­lo­rar la dan­za (si es que la he­mos va­lo­ra­do al­gu­na vez)? –En nin­gún mo­men­to.

–¿Y tie­ne es­pe­ran­zas de que cam­bie?

–Muy po­cas. En es­te tea­tro en el que es­ta­mos, La Com­pa­ñía Na­cio­nal, que ya tie­ne re­per­to­rio clá­si­co, so­lo va a bai­lar tres días en un año. Es un es­cán­da­lo.

–Si sir­ve de al­go, en Ma­drid se han re­to­ma­do los es­ce­na­rios con la dan­za del Ca­nal.

–Hay pú­bli­co pa­ra que ha­ya más ofer­ta, pe­ro tam­bién pa­ra que es­te tea­tro ten­ga 30 es­pec­tácu­los al año so­lo de la Com­pa­ñía Na­cio­nal, pe­ro no hay vo­lun­tad. Yo ya es­toy har­to de ha­blar. Es la úni­ca ca­pi­tal eu­ro­pea que no tie­ne una com­pa­ñía es­ta­ble en un tea­tro na­cio­nal. Si eso no es ver­gon­zo­so... pe­ro les da lo mis­mo. Les en­tra por un oí­do y les sa­le por el otro.

–¿Se pue­de con­fiar en un Go­bierno pro­gre­sis­ta pa­ra es­tos asun­tos?

–Da lo mis­mo. Ca­si que los con­ser­va­do­res han ido más al ba­llet por­que los lle­va­ban sus pa­pás en los via­jes a París. Ya me pu­sie­ron ver­de por­que di­je que la de­re­cha me ha apo­ya­do más y me ha des­pe­di­do la iz­quier­da, aun­que sea de iz­quier­das to­tal­men­te, pe­ro así es có­mo ha si­do. No di­go que apo­yen más, des­de lue­go que no, pe­ro a mí me ha pa­sa­do así.

–¿Y có­mo sien­ta cuan­do le dan

En Ru­sia me reconocen por mi tra­ba­jo y aquí por “ce­le­brity”, por la ima­gen po­pu­lar. Su­pon­go que ven­drá de las re­vis­tas» ¿Bai­lar? Ten­go 63 ta­cos... Lo hi­ce has­ta los 55 en San Pe­ters­bur­go y ca­si sal­go en ca­mi­lla. Ya no quie­ro bai­lar más»

Egoís­ta­men­te, me ha ve­ni­do bien el en­cie­rro. Me to­mo to­do con más cal­ma. Pier­des di­ne­ro y no pa­sa na­da, ya lo ga­na­rás»

No quie­ro pensar en na­da por­que has­ta que no sal­ga la va­cu­na no se sa­be qué va a pa­sar. De to­das for­mas, veo que va­mos a sa­lir me­jor»

la pa­ta­da lo su­yos?

–Es que no fue una pa­ta­da co­mo tal. Me des­pi­die­ron mal. Hay que sa­ber ha­cer las co­sas bien. Si yo ya me que­ría ir por mi cuen­ta. Me des­pi­die­ron muy mal. Se des­tru­yó al­go que se es­tu­vo for­jan­do du­ran­te vein­te años y, en lu­gar que­rer man­te­ner y se­guir ade­lan­te, pues de­ci­die­ron cor­tar por las raí­ces y lo des­tru­ye­ron. Mi tra­ba­jo no se va a po­der ver igual y a mí me fas­ti­dia­ron mu­cho por­que me se­pa­ra­ron de mis bai­la­ri­nes, que son los que me ins­pi­ran. Des­de que de­jé la Com­pa­ñía Na­cio­nal no he he­cho un buen ba­llet con­tem­po­rá­neo; clá­si­co, sí...

De­tie­ne sus pa­la­bras Na­cho Duato mien­tras mi­ra por la ven­ta­na. Pien­sa. Y vuel­ve a abrir la bo­ca: «Te pue­des creer que el cés­ped de aba­jo es de plás­ti­co. No pue­de ser». La anéc­do­ta po­ne en­ci­ma de la me­sa la per­fec­ción del bai­la­rín. Esa que le ha lle­va­do de co­ser cal­ce­ta a los es­ce­na­rios de to­do el mun­do. «Soy muy de­ta­llis­ta, no se pue­de po­ner fren­te al Pa­la­cio Real un cés­ped ar­ti­fi­cial. Y que me pon­gan to­das las ex­cu­sas del mun­do, pe­ro es al­go que piensan to­dos y lo di­go yo... Esa es la pu­tada».

–¿No le da por bai­lar?

–Ten­go 63 ta­cos...

–Se­gu­ro que es­tá más en for­ma que la ma­yo­ría.

–Eso pue­de ser. Pe­ro me po­nes unas ma­llas y no pue­do. Bai­lé has­ta los 55 en San Pe­ters­bur­go por­que me hi­cie­ron bai­lar a la fuer­za. «El pú­bli­co te quie­re ver», de­cían, y ca­si sal­go en ca­mi­lla. Ya no quie­ro bai­lar más.

–Bueno, pe­ro en su ca­sa unos pa­sos no es­tán de más.

–Eso sí lo ha­go en mi te­rra­za de Va­len­cia. Pon­go mú­si­ca o el Ca­nal Clá­si­co, que siem­pre es­tá pues­to en ca­sa, y cuan­do sue­na una aria que me gus­ta me pon­go a bai­lar. Me mue­vo.

–¿Qué tal la vi­da en Ru­sia?

–Ya ha­ce mu­cho que no voy. Pe­ro me gus­ta por­que me gus­ta mi tra­ba­jo y el tea­tro. Me apre­cian y me res­pe­tan mu­cho, aun­que es un país muy di­fí­cil: mi­só­gino, ho­mó­fo­bo, atra­sa­do... Sin em­bar­go, cul­tu­ral­men­te es una de­li­cia. El pú­bli­co de dan­za es muy en­tre­ga­do y cul­to.

–¿Le reconocen más allí o aquí en Es­pa­ña?

–Allí mu­cho más. Me reconocen por mi tra­ba­jo y aquí por «ce­le­brity», por la ima­gen po­pu­lar. Su­pon­go

Su­pon­go que ven­drá de las re­vis­tas y de las co­sas de la te­le­vi­sión.

–¿Por qué acep­tó entrar en la te­le­vi­sión ha­ce un año?

–Vi que era un pro­gra­ma [«Pro­di­gios»] se­rio, que po­día apor­tar a la gen­te jo­ven y se les po­día edu­car so­bre dan­za, ópe­ra y mú­si­ca en ge­ne­ral y que, a pe­sar de que no es tan se­rio co­mo una char­la en una uni­ver­si­dad, el ni­vel es­ta­ba muy bien. Me sor­pren­die­ron los ni­ños y la acep­ta­ción del pú­bli­co. La te­le­vi­sión es una ven­ta­na que pue­des uti­li­zar de mu­chas ma­ne­ras: de­cir ton­te­rías o co­sas sen­sa­tas, que es lo que yo in­ten­to y pa­re­ce que fun­cio­na. Hay que ser sen­ta­do don­de se de­be ser sen­sa­to y ha­cer ton­te­rías don­de se pue­dan ha­cer. Yo tra­to de ha­blar lo me­nos po­si­ble y pa­sar un men­sa­je al te­le­vi­den­te y al ni­ño.

GON­ZA­LO PÉ­REZ

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