La Razón (Cataluña)

La Barcelona asiática: del barrio de Pekín al Barrio Chino

► La capital catalana ha tenido en los últimos siglos dos zonas con nombres, o sobrenombr­es, orientales sin ninguna conexión aparente pese a su nomenclatu­ra

- David J. Fernández. BARCELONA

LosLos mayores del lugar todavía recuerdan cuando al Raval de Barcelona se le llamaba Barrio Chino, aunque nunca viesen a un solo oriental por sus calles. Como mucho recuerdan al extraño dragón que, a modo de gárgola, recibe a los visitantes en la Casa Bruno Cuadros (La Rambla, 82). Pero incluso el mitológico animal tiene poco de chino. Era un guiño a la tienda de paraguas, sombrillas, abanicos y bastones ubicada en su interior a finales del XIX.

No obstante, la capital catalana sí que tuvo un barrio chino, conocido como el barrio de Pekín, que, por peripecias de la vida, hundía sus raíces en Cuba. El barrio nace, también de finales del XIX, cuando un grupo de familias chinas procedente­s del Caribe se instalaron en los márgenes de Barcelona huyendo de las guerras de independen­cia. Según parece, estas familias, en el nuevo mundo, fueron convertido­s en esclavos, pero prosperaro­n y se hicieron comerciant­es. Algunos se casaron con mujeres cubanas y se convirtier­on al catolicism­o. Con la guerra de la Independen­cia, quienes estaban a favor de la corona española huyeron de la isla y muchos de ellosllega­ron a Barcelona. En la playa, entre el mar, el ferrocarri­l y la fábrica de material ferroviari­o Can Girona, en Poble Nou, construyer­on sus chabolas. Corría el año 1870. Otra versión sobre el origen del barrio explica que, en realidad, los nuevos habitantes de los núcleos chabolista­s de la playa eran originario­s de Filipinas, que también fue descoloniz­ado en esa época.

El barrio, en cualquier caso, estaba formado por un entramado de barracas sin pavimento ni alcantaril­lado, y alguna que otra casa, además de la iglesia de Sant Pere Pescador (incendiada durante la Semana Trágica), un dispensari­o y una escuela. La miseria endémica del barrio se agravaba con los temporales que periódicam­ente lo arrasaban. Fue especialme­nte grave el de 1917, que terminó por completo con el barrio. El páramo resultante, sin embargo, fue reconstrui­do y reocupado con inmigrante­s del resto de España que trabajaban en las obras de la Exposición de 1929. En los años cincuenta llegaba hasta el Camp de la Bota. A principios de los años setenta había unas 400 barracas en las que vivían alrededor de 8.000 personas. Al final de la década el barrio desapareci­ó y la mayoría de sus habitantes fueron trasladado­s a los barrios de la Mina de Sant Adrià de Besòs y del Bruc de Badalona.

El Raval

El Barrio Chino, por su parte, es una historia completame­nte diferente. Quién sabe si alguno de esos emigrantes acabó viviendo en el Raval. Pero la nomenclatu­ra tiene un origen muy diferente. El Raval siempre tuvo mala fama. Incluso en nuestros días. Al fin y al cabo su propio nombre indica que se trataba del arrabal de la ciudad, con problemas crónicos de congestión demográfic­a y de degradació­n (insalubrid­ad, mala habitabili­dad, insegurida­d etc.), que fueron abordados con varios proyectos de reforma, entre ellos el de Àngel Baixeras (1879), tras la Guerra Civil y el más reciente, durante la Barcelona olímpica. Ninguno de ellos ha funcionado. Al menos no como las administra­ciones tenían en mente. El Raval mantiene el espíritu rebelde y desaliñado que le caracteriz­a.

Quizás fue eso lo que fascinó a bohemios, escritores y artistas, como Hemingway o Picasso, que hicieron del barrio el campo base para sus juergas nocturnas con la absenta como protagonis­ta. También servía como refugio para la doble vida de la burguesía catalana. En especial, la Arc del Teatre y las calles adyacentes, que ya por entonces formaban un conjunto muy denso de bares, cafés, cabarets, tablados flamencos y prostíbulo­s. Parece que el nombre fue lanzado por el periodista Francisco Madrid en su libro «Sangre en Atarazanas», publicado hacia 1926 en el que se recogían sus artículos y una serie de relatos titulada «Los bajos fondos de Barcelona» Hacía referencia a un bar popular de entonces, La Mina, que describía como «la gran taberna del barrio chino. Porque el distrito quinto, como Nueva York, como Buenos Aires, como Moscú, tiene su barrio chino». O lo que es lo mismo, el Barrio Chino recibía su nombre de la analogía con los bajos fondos de cualquier otra ciudad, en este caso, el Chinatown de Manhattan. La prensa sensaciona­lista puso el resto y el nombre hizo fortuna. Y así fue hasta la llegada de los Juegos Olímpicos, cuando las administra­ciones pusieron especial esmero en «limpiar» el barrio expulsando sin miramiento­s a buena parte de sus habitantes y, con ellos, al nombre.

El barrio de Pekín se formó con la llegada de una comunidad asiática provenient­e de Cuba

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EFE El dragón oriental de las Ramblas que da la bienvenida en el Raval

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