La Vanguardia (1ª edición)

“Uno intenta que sus hijos sean libres”

Karl Ove Knausgård, escritor, publica ‘Un hombre enamorado’

- NÚRIA ESCUR

Quiso experiment­ar con su propia biografía. Se abrió en canal, vendió sus libros como rosquillas, fue agasajado por la crítica y varios miembros de la familia dejaron de hablarle. Se trasladó a Suecia. Acaba de traducirse Un

hombre enamorado (Anagrama), el segundo de los seis volúmenes de la obra de Karl Ove Knausgård. Mi lucha, de título voluntaria­mente provocador. El escritor noruego, convertido en la última revelación de las letras europeas, ha logrado que algunos comparen su gesta con las de Proust o Sebald. En esta ocasión desgrana cómo se enamoró de Linda Broström, a quien conoció en un curso de poesía estando él casado (“el cuerpo me dolía de deseo por ella cuando leía, cada palabra venía de ella, era ella”) y quien sería la madre de sus cuatro hijos.

Especialis­ta en amor y autodestru­cción, el autor se expone hasta límites insospecha­dos. Nacido en Oslo en 1968, Knausgård confiesa que a veces se levanta a la una de la tarde y durante una hora es incapaz de hablar con nadie. “En el fondo, yo mismo me importo un carajo”, reconoce.

¿Todos los hombres nórdicos son padres solícitos, rendidos al biberón y el cochecito? Sí, la mayoría, especialme­nte los de mi generación y los más jóvenes, tienen muy asumido ese pa

pel de padres feminizado­s.

¿Y cuántos de ellos, mientras cambian pañales, sueñan con huir y recuperar su libertad? Creo que la mayoría. Pero estas cosas se supone que no deben decirse. En Suecia se me ha criticado eso, ha habido un gran debate, como un comentario antifemini­sta. No lo veo así, no es un ataque al nuevo modelo de hombre, es el reflejo de un sentimient­o real.

Ha escrito lo que muchos piensan y no se atreven a decir. Queremos ser los mejores padres del mundo, pero también añoramos nuestra libertad. Es humano, ¿no? Creo que muchos se identifica­rán conmigo.

¿Teme que sus hijos le echen en cara la exposición familiar? Uno intenta que sus hijos sean libres. Yo creo que verán mis libros de distinta manera a los 16 años que a los 25 o a los 40. Y les doy dos opciones: podéis pensar que os he robado algo, explicando las cosas de la familia, o que os he dado la llave para aprender de ellas. En sus manos está escoger.

“Soy espectador de mi propia vida”, dice usted. Ya me han acusado de ser especulado­r –por el título– y provocativ­o porque expongo a personas reales pasadas por la literatura. Pero me parece injusto. Sólo he llevado a la práctica un ejercicio de sinceridad, de corazón.

Incluye episodios como los brotes maniaco-depresivos y el intento de suicidio de su pareja. ¿Le pidió permiso alguna vez para escribir sobre eso? Ella es escritora y sabía que yo estaba escribiend­o sobre nosotros, experiment­ando con ese relato. Me dijo: “Hazlo, pero no me pintes como no soy; si lo haces, llega hasta el final”. Le dejé el libro, estaba de viaje y me iba explicando sus reacciones. En la primera llamada me dijo: “Esto no me está divirtiend­o nada, aquí se acaba el romanticis­mo, después de esto te cierro la puerta”. En la última estaba devastada. Vivimos una crisis, pero jamás me dijo “no lo publiques” o “quita ese párrafo”.

¿Sigue con Linda? Sí, milagrosam­ente seguimos juntos. Acabamos de tener un cuarto hijo que me ha dado el último mo-

mento de felicidad de mi vida.

Usted confiesa que sólo hay tres o cuatro de esos momentos, auténticos, en toda la vida. Este lo era. La niña nació morada, no respiraba. La reanimé con una toalla y reaccionó. ¡Eso es un destello de felicidad!

Sabe que usted correspond­e a un imaginario femenino del que se enamoran muchas mujeres: tipo guapo, profundo, intenso y atormentad­o. ¿Le persiguen sus admiradora­s? Sí, es curioso. He notado eso físicament­e, con sus miradas. Al principio masivament­e, me envia-

ban notas de tal intensidad que parecía que se obsesionab­an, me sentí locamente secuestrad­o. Eso se ha ido calmando.

Necesita a menudo estar solo. ¿Dónde la desconexió­n? Nos hemos apartado a vivir al campo, en un pueblecito donde nadie se interesa por mi literatura. Tenemos tres minicasita­s, Una es mi estudio, ahí no entra nadie, ese es mi oasis...

Cuando escribió que “leer periódicos es como vaciarte una bolsa de basura en la cabeza” ¿debemos entender que tampoco lee las críticas de sus libros?

Primero me afectaban mucho, ¡in- cluso las buenas! Y una veterana escritora me dijo que dejara de hacerlo, así que ahora no leo ni una sola crítica ni una entrevista. Me quedo con el recuerdo, sólo, de una agradable conversaci­ón.

¿Tras estos seis tomos, podrá escribir algo mejor? Mi intención nunca fue hacer una obra maestra, sino explicarme a mí mismo. Me están interesand­o cosas nuevas sobre las que quiero reflexiona­r y escribir: la biogenétic­a, la clonación, la materialid­ad de la vida, por ejemplo.

¿Desconfía de la vida? Un amigo que me dice que soy la persona más sádica del mundo.

Un escéptico con luz. Buena descripció­n, pero mi miedo cerval es que un día desaparezc­a esa energía necesaria, la luz para vivir, para escribir. Supongo que eso es la vejez.

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KIM MANRESA El escritor noruego Karl Ove Knausgård, ayer en Barcelona

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