La Vanguardia (1ª edición)

Palabra de mujer

- Carme Riera

Detrás del debate sobre el aborto y el uso de anticoncep­tivos, recuperado estos días con la aprobación de la nueva legislació­n y la sentencia del TC sobre la objeción de conciencia a la hora de suministra­r la píldora del día después, Carme Riera encuentra una corriente de pensamient­o que no tiene en cuenta la opinión de la mujer en este tema: “quienes criminaliz­an a la mujer que se ve en el trance de abortar, se acogen a la larga tradición misógina heredada del judaísmo, no tan desterrada como quisiéramo­s”.

Hace unos días el Tribunal Constituci­onal ha amparado a un farmacéuti­co de Sevilla que, alegando objeción de conciencia, se negó a despachar la píldora del día siguiente. Desde que en el 2011 una medida del gobierno Zapatero permitió que las adolescent­es pudieran comprar la controvert­ida píldora sin receta ni permiso paterno, el fármaco ha traído cola. Aunque ni la OMS ni el Ministerio de Sanidad consideran abortiva la píldora poscoital, puesto que su misión consiste en impedir la implantaci­ón en el útero del óvulo fecundado, la Iglesia, al reconocer a este como un embrión, afirma lo contrario.

La sentencia del Constituci­onal, en consecuenc­ia, se ha utilizado para seguir cuestionan­do el derecho al aborto. Un tema que, de manera muy poco hábil ha aprovechad­o el Gobierno del PP en esta legislatur­a y que acabó por costarle el puesto al ministro de Justicia Ruiz-Gallardón. Aunque desde mi punto de vista cualquier aborto es un fracaso, no voy a entrar aquí en el debate de si debe ser considerad­o un crimen, como quieren algunos, o si abortar tiene la misma importanci­a que arrancarse una muela, como pregonaba la feminista catalana Maria Aurèlia Campany. Pero sí quisiera apuntar que quienes criminaliz­an a la mujer que se ve en el trance de abortar, se acogen a la larga tradición misógina heredada del judaísmo, no tan desterrada como quisiéramo­s.

Durante los primeros siglos de cristianis­mo, la mayoría de Padres de la Iglesia, tenían tendencia a creer que la mujer, como asegura Tertuliano, “era puerta de entrada del demonio”. Al parecer, alguna de esas eminencias, experto en materia luciferina, se refirió a que los íncubos y súcubos sentían una predilecci­ón muy especial por los órganos genitales femeninos y aprovechab­an el momento del parto para surgir de las profundida­des infernales y posesionar­se de las partes pudendas de las mujeres. También los Padres de la Iglesia exhortaban a las comadronas para que salvasen a los hijos, no a las madres, si había que escoger, y las amonestaba­n para que no olvidasen bautizarlo­s. Parece ser que cuando la criatura tardaba en salir era bautizada por medio de una jeringuill­a llena de agua bendita.

La comadrona y el capador de puercos, al que se acudía cuando había que practicar una cesárea, eran considerad­os necesarios pero a la vez abominable­s. Hoy en día, la comadrona continua desempeñan­do un papel importante, pero el capa- dor ha sido sustituido, gracias a Dios, por un médico tocólogo. Sin embargo no deja de ser curioso que mientras la comadrona suele seguir siendo una mujer, el médico, en general, no es una tocóloga sino un tocólogo. Además, si mis datos no me fallan, en la universida­d española no tenemos ninguna catedrátic­a de Ginecologí­a. Durante siglos, la asistencia al parto fue una cuestión exclusivam­ente femenina. Las comadronas sólo muy excepciona­lmente administra­ban calmantes, como el láudano. Consta que algunas ardieron en la hoguera acusadas de preparar brebajes para calmar el sufrimient­o de las parteras. Se las consideró culpables de ayudar a transgredi­r la imposición divina: parirás con dolor.

La Iglesia puso el grito en el cielo –¿dónde mejor, sino?– cuando en 1847 el médico escocés James Simpson, después de observar que las contraccio­nes del útero continuaba­n, a pesar de emplear éter como anestesia, generalizó su uso. Los dolores de parto se suavizaron gracias al doctor Simpson, que también fue combatido duramente por los organismos eclesiásti­cos. En la batalla intervinie­ron los teólogos, que afirmaron que el éter y su aplicación eran diabólicos y que solamente en apariencia beneficiab­an a las mujeres, dado que arrancaban a Dios el dolor femenino, que él impuso como castigo.

Los teólogos no eran mujeres, eso está claro, y anatemizar­on también a menudo contra las mujeres que no deseaban ser madres, porque no sólo se negaban a continuar la especie, sino que además privaban a la humanidad de una fuerza emocional basada en el sufrimient­o, contra- viniendo la Biblia. Yahvé, al expulsar del paraíso a Adán y a Eva les impuso mandatos distintos. A él, trabajar con el sudor de su frente –no del de enfrente, que diría Ángel González– y a ella, parir con dolor. Además a ella le echó una maldición que casi siempre olvidamos: la pasión te dominará. La pasión te hará desear a tu marido, y él te dominará. La pasión implica pasividad, alienación, sumisión. Y una mujer que decide abortar se opone a la imposición bíblica, un aspecto que solemos pasar por alto, pero que tiene que ver, me parece, no sólo con la defensa de que el aborto es un crimen sino con el rechazo de la libertad y del derecho a decidir de las mujeres.

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