La Vanguardia (1ª edición)

Marina Romero

DONANTE DE MÉDULA

- CELESTE LÓPEZ Madrid

Marina Romero no sabe qué lleva a una persona a donar parte de su cuerpo a un desconocid­o. Ella sintió la necesidad de hacerlo y donó su médula a alguien que se recupera de su enfermedad. Niega ser una heroína.

Hasta el 2014, Marina Romero, de 36 años, no tenía ninguna relación con los trasplante­s, las donaciones y, menos aún, con la leucemia y la médula, salvo un familiar lejano al que no podía ayudar por su ausencia de parentesco. Pero un día, no sabe cómo ni por qué, un folleto en el que se animaba a la donación de médula cayó en su mano. “No somos consciente­s de la importanci­a de las pequeñas cosas en las decisiones de las personas”, dice entre sonrisas. “Y eso que era feo, feo, el dichoso folleto”, recuerda. Pero algo le removió ahí dentro (y se señala la boca del estómago), tanto que “no tuve más opción que donar”.

Esta es la manera en la que esta periodista de deportes cuenta cómo surgió esa “chispa” que te mueve a hacer algo, esa “cosa” que te lleva a actuar. Ella se niega a hablar de solidarida­d (“¿qué dices?”, me reprende). Al contrario, insiste en que ella es la que más ha recibido. ¿El qué? “Bienestar y alegría... un sentido a todo”.

Eso fue allá por el 2014. Marina creyó que nunca la llamarían. “Hay una posibilida­d entre 40.000 de que un donante anónimo sea compatible con un receptor”, explica. “Cuando mandé aquel e-mail y me extrajeron aquella pequeña muestra de sangre nunca pensé que pudiera pasar”...

Pero pasó. Justo nueve meses después –“como en un parto”– recibió una llamada. Habían encontrado un paciente compatible. Un enfermo de 19 kilos. “Es decir, un niño o una niña. ¿Sabes lo que sigllos nifica eso? Llegó mi certeza de haber pasado por este mundo por algo o por alguien”.

“Al día siguiente corrí –relata en un blog en el que plasmó los días previos a la donación– al centro de transfusió­n a que me volvieran a extraer otra muestra de sangre para realizar un estudio genético más complejo”. Era difícil, y ella lo sabía, que el resultado fuera positivo.

La llamaron. “Un número de Barcelona. Era de la Fundación Josep Carreras, encargados del proceso, ángeles de la guarda de todos nosotros, donantes y recep- tores. Una voz de mujer me volvió a preguntar si daba mi consentimi­ento. Le dije: P’alante”.

Marina no pensó nunca echarse atrás, al contrario, se veía una afortunada, “podría ayudar a alguien”. Un alguien del que no sabe nada salvo que es un niño/niña. “En aquellos momentos sólo pensaba que había unos padres que, después de pasar lo indecible, tendrían una esperanza de vida para su hijo”, señala con su contagiosa sonrisa.

Y en su blog apuntó sobre aque- días: “No soy gran amiga de profundida­des sentimenta­les, pero en ese instante comprendí lo que debe sentirse cuando te dicen que vas a ser madre. Había un vínculo, había una persona que me necesitaba a mí, sólo a mí, en cualquier parte del mundo. Había alguien a quien me unía una genética medular casi idéntica. Es extraño… supe lo que es el amor incondicio­nal. Me contaron que a esa persona tenían que prepararla durante semanas para el trasplante, inhibirle su sistema inmunológi­co, algo peligroso, muy peligroso. Y como una madre primeriza, se me agarró a las tripas una tremenda preocupaci­ón. No temí por la punción que tenían que hacerme a mí, ni por mi hospitaliz­ación, ni la anestesia… No. Sólo pensaba en la otra persona. Os lo prometo”.

Todo fue rápido. El 17 de septiembre del 2015 ingresó en el hospital La Princesa de Madrid, donde se realizó la punción. “Es una sensación extraña porque ingresaba en un centro en perfecto estado. Además, yo estaba feliz, algo extraño en un centro hospitalar­io, máxime si estás en la zona de hematologí­a”. Junto a ella, su hermana Rocío. Su gran apoyo, su gran aliada. A los dos días salió de allí, contenta aunque muy cansada. “Tenía anemia. Unos días de baja y ya está”, resume.

Marina rebosa alegría. Sabe que el niño o la niña está bien y evoluciona “estupendam­ente”. Es lo único que puede saber (las donaciones y trasplante­s son completame­nte anónimas), pero reconoce que no cesa de pensar en ese pequeño “y me siento muy afortunada”. En cierta forma, cree que es como ser madre, “dar vida”. “Nunca la veré, ni sabré si es niño o niña. Sólo me importa que esté bien. Y que dentro de poco sea esa persona sana, normal y corriente que me cruzaré por la calle”.

“Nunca la veré, ni sabré si es niño o niña; sólo me importa que esté bien, y que sea esa persona sana”

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