La Vanguardia (1ª edición)

París se regala una monumental exposición de Paul Klee

El Pompidou acoge la primera muestra del artista desde 1969

- ÓSCAR CABALLERO París

Ninguna necesidad de ironizar sobre mí: yo me encargo”. Angela Lampe, conservado­ra del Centro Pompidou desde hace once años, pero alemana formada en la Kunsthalle de Bielefeld, escogió la frase de Paul Klee (1879-1940) como divisa de una formidable exposición –tres años de trabajo–, primera retrospect­iva importante del artista, en Francia, desde 1969. De acuerdo con una definición doméstica, la primitiva línea del museo nacional de arte moderno alojado en el Pompidou exige “una exposición científica pero ligera, densa pero digerible, original –150 de las 230 obras expuestas nunca habían sido vistas en Francia– y por lo tanto divertida, porque avanza a con- tracorrien­te de los hábitos”.

La mayor parte de esta muestra, titulada Paul Klee: ironía en obras, proviene del Zentrum Paul Klee, de Berna, el museo diseñado, como el Pompidou, por Renzo Piano y que alberga más de 4.000 obras. Cifra relativa, cuando se habla de este monstruo de creativida­d, cuya herencia –diez mil piezas– duplica largamente la de su competidor en ese campo, Picasso. Como él, Klee se interesó por todas las técnicas y escuelas. Pero si en el trazo del malagueño caben muchas Españas, el de Klee está marcado por un romanticis­mo alemán cuyo primer mandamient­o sería: la ironía bien entendida empieza por casa. Según Lampe, los románticos concebían ese tono irónico “bajo el punto de vista de una payasada trascenden­tal”. Y recurre a los preceptos del filósofo Friedrich Schlegel para quien “en la ironía todo ha de ser broma y todo ha de ser grave; el corazón en la palma de la mano y con gran disimulo”.

Doble rasero aplicado a la desmesurad­a producción del último año de su vida: 1.200 pinturas, de las que el Pompidou ofrece una seductora selección. En total, siete secciones temáticas esclarecen las principale­s etapas cronológic­as de la evolución artística de Klee, a partir de la sátira y la caricatura de los primeros años, cuando aseguraba “servir a la belleza dibujando a sus enemigos”. Hay obras mayores, raramente prestadas –los grandes formatos de los 30– y sobre todo el mítico Angelus Novus, nunca expuesto en Francia y, durante los dos primeros meses de la exposición, asociado a otro icono de la colección de Walter Benjamin. Y el recorrido agrupa dibujos, esculturas y trabajos desconocid­os, como las pinturas sobre vidrio de sus comienzos.

La elección de la ironía no es gratuita “porque además de irrigar toda su obra es la base del distanciam­iento que le permitió entrar y salir de todas las tendencias y a practicar su arte como una especie de juego. Abierto a todas las vanguardia­s, del constructi­vismo a Picasso, pero ferozmente determinad­o a ser su propio estilo”. Subrayar la ironía no impide a la comisaria deslizar otros adjetivos para calificar la obra: “Tierna, delicada, poética, armónica, siempre un paso hacia la vida y otro hacia el ideal, y siempre difícil de sintetizar”. Como todo en Klee.

Nacido en Berna fue alemán por la nacionalid­ad de su padre. Y si en Munich participó del movimiento Blaue Reiter y en Weimar profesó en la escuela de la Bauhaus, en Zurich se familiariz­ó con Dadá y murió en 1940, en el exilio, en Locarno –expulsado de la enseñanza por Hitler, por arte degenerado–, días antes de que le acordaran la nacionalid­ad suiza. Y es Suiza la que lo celebra con su museo de Berna, donde sus pinturas, dibujos, esculturas y marionetas conviven con su colección personal: plantas disecadas,

La exposición presenta 230 obras, dos tercios de ellas nunca vistas en Francia El legado del pintor, de 10.000 piezas, duplica el de su fecundo competidor, Picasso

conchas marinas, piedras y obras de sus amigos Kandinsky o Jawlensky. Más curioso, de familia de músicos, no sólo tocaba el violín desde sus siete años, sino que en 1902 era violinista de la orquesta de Berna y más tarde, con su mujer Lily, pianista, integrarán diversos cuartetos. Ese violín financió sus estudios del desnudo, pero la revelación la tuvo en 1914, bajo el sol de Túnez, una luz “como golosinas cromáticas”. Lo cuenta: “El color me posee; ninguna necesidad de intentar atraparlo. Un momento indecible: el color y yo somos uno. Soy pintor”. Pero como hablará también de pizzicati gráfico, de “línea melódica de la pintura”, Pierre Boulez, que le consagró un libro ( Le

Pays fertile), elogiará “la respiració­n de quien formula un principio e inmediatam­ente lo viola”. Otra peculiarid­ad, enunciada por Daniel-Henry Kahnweiler, legendario marchante de Picasso y también suyo: “Cosa rara en un pintor, Klee era zurdo, por lo menos como artista, ya que escribía con la derecha.

Y si su obra satírica y su poesía inverosími­l hacen pensar en un excéntrico, difícil de imaginar una vida más organizada y calma que la suya”.

¿Klee figurativo? ¿Abstracto? De la caricatura al constructi­vismo, sin olvidar la influencia picassiana cuando lo descubre, surrealist­a en la retrospect­iva de 1932 en Zurich, Klee irá de uno a otro polo, con esta bandera: “Soy un abstracto pero con recuerdos”. Uno de ellos, segurament­e, es la informalid­ad de Picasso: a la cita que se dieron, en Berna, en 1937, el malagueño llegó con tres horas de retraso. Y eso, para un Klee nacido en Suiza...

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FRANCOIS GUILLOT / AFP Printed Sheet with Pictures, de 1937
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Una visitante contempla High Spirits, de 1939
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FRANÇOIS GUILLOT / AFP
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FRANCOIS GUILLOT / AFP

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