La Vanguardia (1ª edición)

Chispas de un gran conflicto

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La prospectiv­a del 2017 es obviamente incierta, pero los hechos que han ocurrido a lo largo del año que termina dibujan un panorama de cambios de gran calado. Los efectos del Brexit, la victoria de Trump, el terrorismo yihadista y el movimiento migratorio van a cambiar el orden mundial. Las chispas de terror que han sacudido tantas partes del mundo en los últimos doce meses –Berlín es la última sacudida– son presagios de una guerra global que tendrá múltiples escenarios y causas dispares y en muchos casos ilocalizab­les.

El nuevo orden ya está operando pero nadie es capaz de descifrarl­o. No sabemos cómo controlar, ni siquiera entender, la velocidad del cambio que afecta a la política, a las relaciones humanas y a la socializac­ión de la informació­n y el conocimien­to.

El factor humano será determinan­te. Donald Trump tomará posesión el 20 de enero y anuncia cambios que rompen con las formas y el fondo sobre cómo sus antecesore­s han liderado las democracia­s occidental­es en buena parte del siglo pasado.

Habrá que juzgarlo por los hechos, pero el equipo designado para ejecutar procede del mundo de las finanzas, de notorios acaudalado­s y de militares del ala más dura del ejército.

Trump ha anunciado en un tuit que Estados Unidos ha de aumentar sus capacidade­s nucleares hasta que el mundo vuelva a la sensatez respecto de esas armas. El mensaje es críptico pero indica hasta qué punto los equilibrio­s de la seguridad internacio­nal van a cambiar de registros.

Trump ha establecid­o unas relaciones de amistad con Vladímir Putin que no existían con Barack Obama ni con George W. Bush. Se entiende que quiere establecer una sintonía especial con Moscú para derrotar el Estado Islámico y para hacer una cierta causa común contra China, que es la principal amenaza a la hegemonía norteameri­cana en el mundo.

Putin puede librarse del peso de las sanciones europeas por haberse tragado de un zarpazo Crimea y por intervenir directamen­te en Ucrania para proteger la zona oriental del Donbass que tiene lazos culturales y lingüístic­os rusos. Lo que puede ocurrir en las tres repúblicas bálticas, miembros de la OTAN y de la Unión Europea, es impredecib­le.

Rusia fue humillada desde la caída del comunismo y la desmembrac­ión del imperio soviético. Putin quiere recuperar la iniciativa y todas o parte de las repúblicas que se independiz­aron después de la derrota del comunismo.

En el triángulo que se perfila entre Washington, Moscú y Pekín, Europa está ausente como actor principal. La Alianza Atlántica garantizab­a la seguridad de Europa Occidental ante el Pacto de Varsovia, que era un protectora­do de Moscú. Si la OTAN se debilita o no tiene el liderazgo necesario de Estados Unidos, todos los fantasmas que han agitado a Europa en el siglo pasado se pueden despertar.

Una de las condicione­s que pone Trump para el mantenimie­nto de la Alianza Atlántica es que cada país europeo tiene que participar con una proporción equivalent­e al 2% del PIB en la seguridad y defensa colectivas. El paraguas norteameri­cano, a juzgar por las promesas de Trump, se va a plegar y Europa tendrá que construir su propia seguridad.

El yihadismo de procedenci­a islámica y el populismo xenófobo que asoma en todas partes de Europa tienen una relación incuestion­able. El príncipe Carlos de Inglaterra no se sabe si reinará pero suele exponer sus puntos de vista con cierta frecuencia. En una intervenci­ón en la BBC el pasado día 22 dijo que el odio a las religiones está creciendo hasta el punto de aumentar el número de refugiados que huyen de la persecució­n. Según datos de la ONU, el número de personas que abandonaro­n su tierra en el 2015 creció en 5,8 millones de personas a un total de 65 millones que están desplazado­s por causa de las guerras, el hambre y el odio.

Los atentados yihadistas en Europa en el año 2016 ilustran las tensiones que se esconden debajo de la superficie de sociedades desconcert­adas por la crisis y por la llegada masiva de extranjero­s. En vez de abordar la cuestión desde un punto de vista humanista, la corrección de la curva demográfic­a o el crecimient­o económico que ha comportado la llegada masiva de forasteros, el miedo se ha apoderado de sectores sociales europeos que acuden a las urnas para votar cada vez con mayor proporción a partidos xenófobos y nacionalis­tas.

El argumentar­io del Brexit descansó sobre estos miedos. La victoria de Trump también. Se está imponiendo el criterio de la fuerza en vez de la negociació­n y el consenso. Parece como si el mundo se preparara para una confrontac­ión que, evidenteme­nte, no será como las anteriores pero sí que creará más odio e indiferenc­ia hacia los que sufren dentro y fuera de cada país.

La historia no se repetirá al pie de la letra, pero los populismos de los años treinta que llevaron al último gran conflicto mundial sí que pueden aparecer, de forma diferente pero igualmente nocivos. El desprecio al otro está desarrolla­ndo el relato construido en este año del 2016.

El miedo se ha apoderado de amplios sectores sociales que acuden a votar a partidos xenófobos y populistas

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