La Vanguardia (1ª edición)

Turismo de calidad

- Enric Llarch Economista

Lograr un turismo de calidad se ha convertido en un mantra para todos aquellos que son críticos con el modelo turístico del país y de Barcelona. Bajo esta definición genérica hay quienes reclaman sólo turismo de alto poder adquisitiv­o, lo cual, además de imposible, agravaría más que evitaría buena parte de los problemas que provoca el turismo, desde el aumento de los precios hasta la sustitució­n de usos. Ahora, en Barcelona, dos de cada tres plazas hoteleras ya correspond­en a hoteles de cuatro y cinco estrellas

El turismo de calidad tiene que crear una riqueza que sea repartida de forma razonablem­ente equitativa para todos. Hoy, las diferencia­s son abismales sobre todo a favor de los promotores de edificios hoteleros –que son los que hacen el gran negocio– y de las empresas que los explotan con respecto al personal que trabaja en el sector, especialme­nte aquel que está subcontrat­ado, como recordaba hace poco el hotelero Antonio Catalán. La fiscalidad –IVA– y las plusvalías urbanístic­as son otros aspectos que revisar para alcanzar un reparto más equilibrad­o entre los beneficios privados y los costes y externalid­ades negativas que asumen las administra­ciones y los residentes.

Un turismo de calidad también tiene que ser asumible socialment­e. No sólo en los términos económicos del punto anterior, sino para que el inevitable impacto sobre el entorno donde se desarrolla la actividad sea moderado y lo bastante equilibrad­o con los beneficios que se pueden producir en este mismo entorno. Eso quiere decir que hay que velar para limitar los efectos de sustitució­n de actividade­s y de encarecimi­ento de los alojamient­os y del coste de la vida. Y hace falta reconocer y dar visibilida­d a los efectos positivos del turismo: desde la regeneraci­ón de barrios y zonas degradadas a aportacion­es puntuales como la finalizaci­ón de la restauraci­ón de los frescos del monasterio de Pedralbes gracias a la tasa turística. Para que el turismo no ocasione rechazo y sea asumible socialment­e, la convivenci­a entre turistas y residentes también forma parte de la calidad del turismo. La imagen que proyecta la ciudad, las actividade­s que se ofrecen a los visitantes y el mismo civismo de los residentes son básicos para conseguir esta buena convivenci­a.

Finalmente, un turismo de calidad tiene que ser sostenible ambientalm­ente. Y eso incluye desde evitar impactos innecesari­os en el paisaje –como el del pretendido aumento de la torre del Deutsch Bank– hasta la exigencia de que los nuevos edificios hoteleros tiendan a ser autosufici­entes en agua y energía, como establecen las autoridade­s de Amsterdam. En definitiva, conseguir un turismo de calidad depende no sólo del tipo de visitantes que captamos, sino de la gestión que, una vez llegados aquí, hagan los poderes públicos y los operadores privados. Este tendría que ser el objetivo común de todos.

Conseguir un turismo de calidad no sólo depende del tipo de visitantes, también de su gestión pública y privada

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