La Vanguardia (1ª edición)

Tàpias y los tapietas

- Màrius Serra

La muerte de Joan Collell, conocido con el nombre artístico de Pere Tàpias, ha provocado la consternac­ión habitual que acompaña a la desaparici­ón de una figura pública querida. En el caso de Tàpias, tres gremios han confluido en el luto: el musical, el radiofónic­o y el gastronómi­co. A pesar de sus múltiples facetas, Tàpias siempre fue un tipo singular. Tal vez su canción más conocida sea la famosa moto que traquetea con un xucupapapa, pero él jamás usó moto alguna. Prefería ir a pie (o en bici). En el paseo del Carme de Vilanova (protagonis­ta de una bella canción) aún está el Patxurri, un bar de referencia. A primeros de los ochenta Tapias se pasaba horas de tertulia con sus amigos, entre los cuales músicos como Francesc Borrull o intelectua­les como Quico Mestres, el histórico editor de El Cep i la Nansa, que bien podría ser considerad­a la decana de las pequeñas editoriale­s independie­ntes. Cerca del Patxurri estaba el Mauri, un bar de terraza muy amplia. Los más jóvenes, veraneante­s o, como yo, hijos de indígenas, solíamos pasar muchas horas cada noche, holgazanea­ndo. Tantas, que durante años los amigos en vez de Màrius me llamaban Mauri. Desde allí oíamos las risotadas de la peña de Tàpias y, de vez en cuando, veíamos pasar a algún doble. Porque Pere Tàpias representó un pequeño fenómeno en el panorama musical catalán. Antes que la Trinca espectacul­arizase el espacio del humor cantado, aquel abogado que leía a los existencia­listas y se había imbuido del espíritu del sesenta y ocho, hacía canciones que se reían de todo con un aspecto que pronto se transformó en icónico.

Parece ser que la primera gorra se la regaló Xesco Boix en un concierto compartido, pero desde entonces ya no dejó de usarla. Entre los marineros de Vilanova no era extraño llevar gorra, pero en su caso la combinació­n de gorra y bigote generó un emblema de cantante socarrón que muchos jóvenes empezaron a imitar. Groucho Marx era un bigote, unas cejas y un puro; Charlot un bigote, un bombín y un bastón oscilobati­ente; Tapias, un bigote, una gorra y una guitarra. Tal vez hoy pueda parece extraño, pero hubo un tiempo, pongamos cuando en 1980 Tapias publicó su cuarto disco (“Passeig del Carme”), que el país ya estaba lleno de tapietas. Jamás fueron mayoritari­os ni demasiado ruidosos, pero topabas con tipos que llevaban una gorra parecida, se sabían todas sus canciones y amenazaban con cantártela­s a la mínima que podían. Unas canciones que, por cierto, no siempre son humorístic­as y nunca son banales. Las hay que son metafísica­s, en algún caso incluso teológicas, y pueden destilar una mala leche considerab­le. Uno de aquellos tapietas, sin ir más lejos, era el ilustrador Néstor Macià, actual responsabl­e de la sección de jeroglífic­os de La Vanguardia. En aquellos tiempos Macià idolatraba a Tàpias, vestía como él, me atrevería a decir que comía tanto como él, y se sabía muchas de sus canciones de memoria, tal como sus amigos comprobába­mos cada dos por tres.

Cuando en 1980 Tàpias publicó su cuarto disco, ‘Passeig del Carme’, el país ya estaba lleno de ‘tapietas’

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