La Vanguardia (1ª edición)

“Una mirada amable puede cambiarte el destino”

Tengo 52 años. Nací en París y vivo en Lourdes. Casado, 4 hijos, 5 nietos y 7 jóvenes acogidos. Superé una infancia y adolescenc­ia de maltrato, ese es mi orgullo. Soy pacifista, he aprendido a controlar mi temperamen­to violento. Creo en la política local:

- Tim Guénard, apicultor, acoge a personas que sufren IMA SANCHÍS

He conseguido hacerme amigo de mi pasado, y ese es mi pasaporte para aceptar a los otros tal cual son.

¿Una vida dura?

Fui abandonado por mi madre a los tres años. Me dejó atado a un poste de electricid­ad de una carretera. Fui entregado a mi padre, alcohólico. Cuando bebía no sabía lo que hacía y me pegaba a menudo. A los cinco años me dio tal paliza que pasé tres años en un hospital y no volví a andar hasta los ocho años.

...

Yo no tenía visitas, observaba, miraba como aquellos adultos hablaban con cariño a los otros niños y les hacían regalos. Fue entonces cuando cometí mi primer robo.

¿Qué robó?

El envoltorio de un regalo. De noche me arrastraba al lavabo y me encerraba a contemplar aquel papel en el que se repetía un trenecito repleto de paquetes y un osito que imaginaba que me daba las buenas noches.

Triste recuerdo.

Sin visitas ni motivación era difícil sobrevivir en una cama de hospital. Sentía celos de aquellos niños. Una noche soñé que mi padre salía de una lavadora limpio y nuevo y venía a recogerme. Pero jamás vino. Con el tiempo, mi deseo se transformó: quería recuperar las piernas para salir de allí y matarlo.

...

Lo que me ayudó a sobrevivir no fue el amor sino el odio; así fui cayendo en reformator­ios en los que me maltrataba­n. Me convertí en un perro que al principio mordía porque tenía miedo, después descubrí que yo provocaba miedo a los otros. Me escapé repetidas veces y a los doce años me instalé en la calle.

...

Un día me senté junto a un señor y me dormí sobre su periódico. Era el señor León, un gran regalo que recibí. Recuperaba los diarios de la basura y los leía con dificultad, siguiendo las letras con el dedo. Yo intentaba hacer lo mismo, pero mi dedo no leía.

¿El señor León era un vagabundo?

Sí, la primera persona amable que encontré, todavía hoy tiene consecuenc­ias en mi vida. Me enseñó a leer, nunca he podido darle las gracias, pero jamás lo olvidaré.

¿Cuándo le cambió la suerte?

Costó. Viví tres años en la calle. Yo creía que mi condición era normal, pero gracias a un buen policía descubrí que no lo era. Aunque me devolvió a la cárcel, me trató como a un ser humano. Yo no quería vivir, pero todas las veces que pensé en quitarme la vida me venía a la mente

la mirada de aquel policía, una buena persona.

...

Doy fe de que una mirada amable puede cambiarte el destino. Es muy importante que te miren cuando tú no sabes ni mirarte a ti mismo.

¿Cómo consiguió formar su familia?

Un día llamé a la puerta de una casa muy bonita. Me abrió un chico y le pregunté: “¿Vives con tu padre, tu madre, hermanos?”. No me respondió. Entonces le cogí la cabeza, junté su frente con la mía y le repetí la pregunta. Le cogí del brazo y me lo llevé a un bar para invitarle a una cerveza.

Lo debía de tener aterroriza­do.

Quería saber cómo es vivir en familia, y a él le divirtió contestarm­e. Nos hicimos amigos, y me invitó a comer a su gran casa. El padre hablaba a su mujer con mucho respeto y cariño, me sorprendió. Al despedirse me dijo que podía volver cuando quisiera.

Qué bien.

Me hizo un bien inmenso. “Algún día yo tendré una familia como esta”, me dije. No se puede soñar sobre algo que no se conoce. Si hoy estoy casado con una mujer a la que amo y respeto es porque un día fui invitado a la mesa de un matrimonio bien avenido. Yo soñaba con el amor, pero cuando lo veía se me hacía insoportab­le.

¿Le daba rabia?

Sí. Un día en una estación de tren vi abrazados a un padre y un hijo. No entendía lo que era aquello, pensaba que el padre estaba haciendo daño al niño.

No era así.

Oí como el padre le decía: “Estoy orgulloso de ti”. Jamás había oído hablar a un padre así, los seguí durante horas. Yo soy un ladrón de amor, he aprendido copiando momentos de amor. Siempre que he abrazado a mis hijos me he acordado de ese hombre.

También vio y vivió cosas terribles.

Sí, y eso me permite ayudar a mucha gente que sufre. Soy un ejemplo para los desesperad­os, he creado una gran familia con todas esas personas que acojo en mi casa.

¿Ha perdonado a su padre?

Sí. Un día comprendí que mi peor prisión eran mi odio y mi propia historia. Perdonar es darse el derecho a existir. Si quieres elevarte, tienes que soltar lastre.

¿Qué es lo más importante que ha descubiert­o en su vida?

Yo no amaba a los seres humanos, y hoy me enamoran. La vida está llena de cosas feas, pero yo me fijo en las cosas hermosas. No comprendo a la gente que insiste en lo malo. Me gustaría tener la mirada de un perro.

¿...?

Cuando era pequeño, mi madrastra me obligaba a dormir en la caseta de la perra, el único ser que me miraba con amor por encima de cualquier circunstan­cia. A ambos nos llamaba “bastardo”. Me gustaría que mis amigos me recordaran con esa mirada de perro: “Estuviera bien o mal lo que hacía, Tim me miraba bien”.

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JORDI PLAY
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