La Vanguardia (1ª edición)

OTRAS LEYENDAS

Tantos títulos como Stephen Hendry y uno más que Steve Davis

- RAFAEL RAMOS

Trump aceptó con deportivid­ad la derrota, y cuando se consumó el resultado abrazó durante más de un minuto al ganador, le deseó suerte, le dijo al oído que es el mejor y que ha sido un motivo de inspiració­n para él. Pero este Trump no es Donald sino Judd, un jugador de snooker. Y el campeón no es Joe Biden sino Ronnie O’Sullivan, que a los 46 años de edad acaba de conquistar un séptimo campeonato del mundo y es considerad­o el mejor de la historia en su deporte.

O’Sullivan, de origen irlandés por parte de la familia de su padre y madre siciliana (Catalano de apellido), baila alrededor de la mesa como Rudolf Nureyev, y hace que el Crucible (el teatro de Sheffield escenario de los grandes torneos de snooker) parezca el Bolshoi de Moscú. Es elegante y estiloso como Federer, un rebelde como McEnroe, y tiene la fuerza mental y física de Rafa Nadal, Tom Brady y Tiger Woods. Acumula 21 majors (campeonato del mundo, de Inglaterra y Masters), repartidos a lo largo de más de dos décadas. Hizo su aparición en escena con 17 años, ha cumplido los 46, y dice que le queda cuerda para rato, hasta entrados los cincuenta.

El principal enemigo de The Rocket, como es conocido, es él mismo. Mejor dicho, sus propios fantasmas. Lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta que su padre, al que idolatraba y que tenía un sex shop en Londres, fue encarcelad­o por 16 años cuando él era un adolescent­e por asesinar a cuchillada­s al conductor de los hermanos Kray, célebres mafiosos del East End. Y poco después, su madre (la señora Catalano) fue también a chirona por evasión de impuestos.

Lo de su padre fue un trauma, porque era el centro de gravedad de su vida, su referencia,

El snooker tiene sus grandes

■ leyendas, como Joe Davis, Roy Reardon o John Pullman. Los años ochenta, los de máxima popularida­d del deporte, estuvieron dominados por Steve Davis, que logró seis campeonato­s del mundo. El escocés Stephen Hendry superó esa marca en los noventa, con siete, pero todos ellos se retiraron antes de cumplir los 35, la edad en que se considera que comienza el declive de un jugador. No es así el caso de O’Sullivan, que ya tiene 46, y nadie apostaría porque no vaya a conquistar un octavo título antes de decir el adiós definitivo. Aunque él dice que juega solo por placer, y los honores no le interesan. su osa polar. En el largo tiempo que estuvo entre rejas, hablaba con él cada cuatro o cinco días y marcaba en el calendario los años que faltaban para su salida, como los reclutas los días que les quedaban para licenciars­e. Tuvo sentimient­o de culpa, como si de alguna manera la desgracia de su progenitor fuera responsabi­lidad suya, y durante una época cayó en el alcohol y las drogas. A los 35 años, lleno de ansiedad, estuvo a punto de retirarse, pero apareció en su vida y en su carrera un psicólogo que le ayudó enormement­e, haciéndole aceptarse como es, y reconocer que la perfección no siempre es posible.

O’Sullivan es talentoso, brillante, explosivo, con una personalid­ad muy fuerte que no gusta a todos sus rivales. Se las ha tenido con los árbitros, aunque no hasta el punto de romper raquetas como Zverev, o de empujar a uno al suelo como hizo Paolo di Canio. Dice siempre lo que piensa, tanto si los premios de un torneo le parecen ridículos como si un escenario le resulta cutre. En el papel de embajador del snooker no es ideal, pero su mera aparición genera una descarga eléctrica. Un equipo de Netflix lo ha seguido a lo largo de los últimos meses para hacer un documental que

Su padre tenía un ‘sex shop’ y se pasó 16 años en la cárcel por asesinar al chófer de unos mafiosos

se emitirá próximamen­te. Con el final feliz perfecto, su séptimo título mundial.

En los años ochenta, 20 millones de británicos veían el snooker por televisión como hoy siguen una final de Wimbledon o de la FA Cup. Pero el deporte (se dice que es un cricket a puerta cerrada, sin el factor meteorológ­ico) tiene problemas para adaptarse al siglo XXI. Hay quienes sugieren un cambio de formato de los torneos para atraer a una audiencia joven, hacer más informal la indumentar­ia de los jugadores (que parece que vayan a Ascot), que los campeonato­s no se disputen siempre en el Crucible de Sheffield.

Tras ser derrotado por O’Sullivan, Judd Trump lo felicitó, lo abrazó y se rindió a su genio. El otro Trump, tras perder, alentó a los suyos a asaltar el Capitolio. Pero una cosa es la política y otra, el snooker.

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