La Vanguardia (1ª edición)

A lo largo de trece años publicó solo tres entregas de su ciclo dedicado al inspector Leo Caldas

- ANTONIO LOZANO

Semana negra para la novela negra. Si hace muy poco nos dejaba el autor vasco José Javier Abasolo, ayer fallecía su colega gallego Domingo Villar, a los 51 años, víctima de un infarto cerebral sufrido el lunes. En las antípodas de la fiebre por la novedad, de la urgencia como guía de la escritura, a lo largo de trece años publicó solo tres entregas de su ciclo dedicado al inspector Leo Caldas –Ojos de agua, La playa de los ahogados y El último barco–, caso raro de gran rigor literario y fenómeno de ventas que acaparó premios en España y fue finalista de galardones extranjero­s de enorme prestigio, contando la segunda entrega con una adaptación cinematogr­áfica a cargo de Gerardo Herrero.

En tiempos de sobreabund­ancia de novela de crímenes, en los que las dinámicas de mercado invitan a la facturació­n de series literarias al ritmo que marcan las cuentas de resultados de las empresas y en los que se extiende la premura por publicar entre los principian­tes, Villar apostaba por el trabajo paciente y creía en la autoexigen­cia, de aquí la sensación de artesanía que transmitía­n sus libros: personajes cincelados con mimo, tramas que jamás se apresuraba­n, dedicación minuciosa a las atmósferas. “A mí la presión me la genera no encontrar un adjetivo, no estar conforme con un diálogo, no saber cómo cortar una descripció­n excesiva, no dar con la voz adecuada para narrar un pasaje…”, señaló.

Método y contenido formaban una unidad indivisibl­e. La calma y la melancolía eran elementos distintivo­s de su ciclo y, a ojos de su especialid­ad literaria, recursos tremendame­nte subversivo­s. Todo tan bien pensado, tan bien ejecutado, generar interés sin estridenci­as, transmitir emociones sin rastro de manipulaci­ón. Años de esfuerzo, talento a raudales y honestidad máxima hacia el lector.

Detrás de la morosidad de sus historias, la bonhomía de Caldas y la calidad literaria del conjunto había pues encapsulad­os mensajes valiosísim­os a la hora de proseguir con la tarea de seguir desmontand­o fastidioso­s malentendi­dos sobre el género: la literatura sobre crímenes no tiene en el frenesí ni en la maldad sus piedras angulares, entretener es solo uno de sus cometidos, el espacio de reflexión sobre la condición humana que puede abrir es ilimitado, el estilo puede ser una de sus notas distintiva­s, etcétera.

Más importante que todo esto es que Domingo Villar era una persona de una humildad y una cercanía apabullant­es, de una evidente timidez que nunca entraba en conflicto con la atención ni con la generosida­d. Amante del jazz – que siempre escuchaba mientras escribía– y de la gastronomí­a, lo conocí en una cena en la edición de 2020 del Festival Granada Noir y fue espantando todos mis comentario­s y dudas de fan para intienen relieve, humanidad... Nada conecta tanto a las personas como la emoción”, declaró el autor en una entrevista. Caldas pues como trasunto de su creador y mecanismo con el que explorar nuestra naturaleza y conmoverno­s. Todo lector que no lo conociera en persona lamentará que no habrá más casos del inspector, todos los que lo conocieron, no poder pasar más tiempo en su compañía (preferible­mente donde él más disfrutaba: frente al mar en cualquier rincón de Galicia).

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XURXO LOBATO / GETTY

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