La in­ten­si­dad de una obra

La Vanguardia - Culturas - - TEMA - AN­TO­NI LLE­NA

Des­de siem­pre, el mes de sep­tiem­bre me crea desa­so­sie­go, y no só­lo por­que es el mes en el que na­cí, sino por­que la es­ta­ción me re­mue­ve el te­mor, to­da­vía arrai­ga­do, de los ini­cios de cur­so de cuan­do era pe­que­ño. De es­tas an­gus­tias só­lo me sal­va, y a me­dias, una co­sa: la lla­ma­da que ca­da año re­ci­bo de Te­re­sa Tà­pies, in­vi­tán­do­me a con­tem­plar la úl­ti­ma pro­duc­ción del pin­tor. Di­go que es una re­com­pen­sa a me­dias por dos ra­zo­nes. La pri­me­ra por­que, antes de ir, me preo­cu­pa sa­ber si la obra sa­li­da del horno to­da­vía man­ten­drá la fres­cu­ra de siem­pre y, la se­gun­da, por­que no pue­do de­jar de pen­sar en el día en que es­te pla­cer se­rá só­lo un re­cuer­do nos­tál­gi­co.

Po­dría ha­cer una lis­ta de ho­ras glo­rio­sas que con­ser­vo del es­tu­dio del Mon­tseny, pe­ro es­to se­ría es­ca­par­me del te­ma, por­que aho­ra se me in­vi­ta a que ha­ble de la úl­ti­ma vi­si­ta que he he­cho. Sin em­bar­go, pa­ra con­tras­tar la obra de es­te año, pri­me­ro ne­ce­si­to re­mi­tir­me a la del pa­sa­do oto­ño. Aho­ra ha­ce un año, mien­tras con­du­cía pa­ra lle­gar a Cam­pins, re­fle­xio­na­ba so­bre la im­po­ten­cia de los ar­tis­tas pa­ra ex­pre­sar con imá­ge­nes el ho­rror con el que nos ha­bían gol­pea­do po­cos días antes las imá­ge­nes del 11 de sep­tiem­bre fa­mo­so. Com­ple­ta­men­te abs­traí­do, en­tré en el es­tu­dio de Tà­pies y me di cuenta, en se­gui­da, de que él me ofre­cía la so­lu­ción. Ha­bía pin­ta­do un cua­dro in­men­so en el que ha­bía dos pier­nas gi­gan­tes sin cuer­po, dos pier­nas que, de sú­bi­to, po­dían pa­re­cer las To­rres Ge­me­las. Una de las pier­nas es­ta­ba mol­dea­da con una ma­te­ria gris que la pe­tri­fi­ca­ba, una ma­te­ria he­ri­da que pa­re­cía ce­ni­za (¿qui­zás la mis­ma que ha­bía fo­si­li­za­do los cuer­pos de los pompeyanos?). Una pier­na mu­da, aho­ga­da. La otra pier­na de aquel mis­mo cuer­po inexis­ten­te es­ta­ba he­cha con un tra­zo ner­vio­so. Res­pi­ra­ba, le­vi­ta­ba. A los pies de la pier­na muer­ta ha­bía unos cal­zon­ci­llos de ta­lla hu­ma­na que con­tras­ta­ban de es­ta ma­ne­ra con la ta­lla del gi­gan­te, unos cal­zon­ci­llos caí­dos de gol­pe al sue­lo, que po­nían así en evi­den­cia su mi- se­ria y, de re­bo­te, tam­bién nues­tra ver­güen­za.

Tà­pies es un na­rra­dor, un na­rra­dor a la ma­ne­ra co­mo lo en­tien­de Wal­ter Ben­ja­min. Es­to es, co­mo aquel que es ca­paz de de­cir la vi­da en­te­ra des­de ca­da uno de sus frag­men­tos. La obra de Tà­pies lle­ga has­ta ti en el ins­tan­te mis­mo en que se re­ti­ra. Di­ce el aho­ra des­de el ayer. Y el ayer, des­de la pal­pi­ta­ción de un in­me­dia­to que to­da­vía no co­no­ce­mos.

Las obras de es­te año son, en re- la­ción con las del año pa­sa­do, más ne­bu­lo­sas, lo cual no quie­re de­cir más tran­qui­las. Al­gu­nas es­tán he­chas con ne­gro de hu­mo, es­te ne­gro in­ten­so que ad­quie­re co­lor. Son obras de gran­des di­men­sio­nes, tra­ta­das co­mo si fue­ran di­bu­jos, obras que se aden­tran unas en otras y que, a pe­sar de ello, es­tán ca­da vez más ais­la­das, más des­di­bu­ja­das, más va­cías, más mal he­chas y más re­fi­na­das. Más in­ten­sas. Tie­nen una in­ten­si­dad que no sur­ge de nin­gu­na ra­bia ni de nin­gún pu­ñe­ta­zo. Son los co­lo­res los que las ha­cen in­ten­sas. O qui­zás los no co­lo­res: los blan­cos son más blan­cos y los negros, más negros. Co­lo­res que ma­ni­fies­tan es­ta­dos in­te­rio­res agri­dul­ces, que ara­ñan y la­men. Obras que ra­ti­fi­can otras ya he­chas o que las con­tra­di­cen. Obras cha­pu­ce­ras que no se de­jan cha­pu­cear, que no con­fían en ser ex­pre­sión, sino alu­sión. Obras he­chas, a par­tes igua­les, de verdad y de men­ti­ra. Obras be­llas. “He sos­pe­cha­do mu­chas ve­ces –di­ce Bor­ges– que el sig­ni­fi­ca­do es, en reali­dad, al­go que se le aña­de al poe­ma. Sé a cien­cia cier­ta que sen­ti­mos la be­lle­za de un poe­ma antes in­clu­so de pen­sar en su sig­ni­fi­ca­do”. Es, en reali­dad, es­to: obras pa­ra sen­tir su be­lle­za. Pa­ra en­ten­der­las sin­tien­do. Pa­ra en­ten­der­las sin com­pren­der­las del to­do. Los gran­des poe­tas siem­pre tie­nen as­pec­tos que se nie­gan a sa­lir a la luz.

No en­tien­do a los que di­cen que Tà­pies se re­pi­te. Nun­ca una cruz di­ce la mis­ma co­sa, nun­ca una T es la ini­cial del mis­mo nom­bre ni una Min­di­ca la mis­ma muer­te. Y si, en una obra, un mu­ro nos cor­ta el pa­so, otra nos aco­ge pa­ra ser sá­ba­na de me­mo­ria. De es­te año, guar­do en los ojos un cua­dro en el que hay pin­ta­do un mar­ti­llo, un mar­ti­llo cruz (mar­ti­llo y cruz son in­di­so­cia­bles de to­da cru­ci­fi­xión) de un ne­gro tan in­ten­so que lle­ga a ser es­tre­me­ce­dor y don­de se pue­de leer “Si et tro­bes amb Bu­da, mata'l” (Si te en­cuen­tras con Bu­da, má­ta­lo).

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