Sol y lu­na

La Vanguardia - Culturas - - TEMA - A. LL.

Una vez más he vuel­to a Cam­pins, es­te año antes de que agos­to ter­mi­na­ra. El ma­tri­mo­nio Tà­pies ha acor­ta­do la es­tan­cia en el cam­po, po­si­ble­men­te por­que la so­le­dad que los pro­te­ge es tam­bién la que les da mie­do, aho­ra que la edad los ha vuel­to más frá­gi­les. Pe­ro hay más ra­zo­nes: tam­bién han ade­lan­ta­do la vuel­ta por­que el pin­tor ha ago­ta­do to­do el ma­te­rial de tra­ba­jo antes de ho­ra. Tà­pies, ais­la­do de to­do –sor­do y ca­si cie­go– se en­tre­ga a la pin­tu­ra con el mis­mo afán de siem­pre, ven­cien­do, es­toi­ca­men­te, las la­cras con que la ve­jez quie­re do­blar­lo. Antes de ir­me de va­ca­cio­nes vi­si­té su es­tu­dio de la ca­lle de Za­ra­go­za, y en­con­tré, he­cha, una ex­ten­sa pro­duc­ción de obra nue­va de gran ca­li­dad. El poeta Adam Za­ga­jews­ki di­ce en La be­lle­za aje­na: “To­do el mun­do na­ce con un lu­ce­ro de luz po­de­ro­sa y per­du­ra­ble –es su­fi­cien­te con man­te­ner­se fiel. Pe­ro tam­bién ha­ce fal­ta ta­len­to, que no es­tá en los lu­ce­ros, sino en el sol, en el ai­re, el agua, el can­to de los pá­ja­ros, en el rui­do de la hier­ba cre­cien­te”. El poeta vie­ne a de­cir­nos que el ta­len­to es­tá en la vi­da. Que te­ne­mos que bus­car­lo con es­fuer­zo, si que­re­mos re­co­ger al­gún fru­to. Es po­si­ble que al fin no nos ha­ga fal­ta ver ni sen­tir na­da pa­ra sa­ber la ra­zón de las co­sas; que ten­ga­mos bas­tan­te con re­cor­dar.

En la ico­no­gra­fía de Tà­pies, es­te año se han re­in­cor­po­ra­do dos sig­nos, ra­ros en él: el sol y la lu­na. Dos sig­nos que son re­cuer­dos ful­gu­ran­tes, más que año­ran­zas de luz. El jo­ven Tà­pies de la épo­ca má­gi­ca tam­bién ha­bía pin­ta­do so­les y lu­nas. As­tros y sa­té­li­tes ma­lé­vo­los, ca­si de­mo­nía­cos, que bus­ca­ban la com­pli­ci­dad de nues­tra par­te más os­cu­ra. La lu­na de es­te año, en cam­bio, es ca­si una bri­sa. En un cua­dro gran­de, he­cho de negros trans­pa­ren­tes de tan permea­bles que son, Tà­pies ha pin­ta­do un pai­sa­je noc­turno: una ca­se­ta, un arro­yo de co­lor te­rro­so y unas hue­llas de ho­jas que ha­cen el efec­to de un bos­que, de un pai­sa­je de Paul Klee. En el ex­tre­mo de­re­cho del cua­dro, sa­ca la ca­be­za una lu­na, una lu­na que es más la año­ran­za de una luz pal­pa- da ba­jo el ca­lor de unas sá­ba­nas que el de una luz per­ci­bi­da con ple­ni­tud por la vis­ta. ¡Oh, la tris­te­za que ve cla­ro!, que di­ría Òs­sip Man­dels­tam. En otro cua­dro, en­con­tra­mos un sol he­cho con un tra­zo es­que­má­ti­co: un tra­zo an­ti-tapias, un tra­zo que le nie­ga el es­ti­lo. Dos man­chas de aciano, una que se cie­rra en for­ma trian­gu­lar y otra que pa­re­ce un mar, nos cie­rran el pa­so. Igual­men­te se en­cuen­tra en me­dio del azul y del blan­co un pez pin­ta­do co­mo si fue­ra una se­ñal clan­des­ti­na. Un sol y un pez an­ti­guos en­mu­de­ci­dos de tan­ta his­to­ria. Ex­pul­sa­dos de la me­mo­ria.

Se po­dría ha­blar del sig­ni­fi­ca­do ico­no­grá­fi­co que tie­nen los miem­bros ampu­tados en la obra de Tà­pies. En­tien­do que son una año­ran­za y una crí­ti­ca. Año­ran­za de aque­llos mo­men­tos fe­li­ces de la an­ti­güe­dad en que la cul­tu­ra per­mi­tía en­ten­der la reali­dad co­mo un to­do. Año­ran­za ma­ni­fes­ta­da por el pin­tor en un va­cío de fon­do que, co­mo un ho­ri­zon­te, so­por­ta las par­tes tro­cea­das y per­mi­te en­la­zar­las, y un re­pro­che a nues­tra so­cie­dad, que par­ce­la dra­má­ti­ca­men­te el co­no­ci­mien­to has­ta con­ver­tir­lo en es­pe­cia­li­za­ción desata­da de una in­tan­gi­ble reali­dad que da sen­ti­do fi­nal al con­jun­to. Si bien no to­das las ampu­tacio­nes de Tà­pies han si­do una que­ja (en la se­rie Mi­ra la mano, por ejem­plo, la mano es una ex­cla­ma­ción má­gi­ca). Las ampu­tacio­nes de es­te año son, en cam­bio, una afir­ma­ción ro­tun­da de to­ta­li­dad. Una to­ta­li­dad que en la obra de Tà­pies a me­nu­do se ex­pre­sa en for­ma de ca­ma. ¿No es en la ca­ma don­de se na­ce y se mue­re? ¿No se ha­ce el amor, que es tam­bién una ma­ne­ra de na­cer y de mo­rir? Pues bien, en una ca­ma de co­lor ma­rrón, con di­bu­jos blan­cos de ro­cia­dor ful­gu­ran­tes, ve­mos dos bra­zos ampu­tados que se dan la mano, unos bra­zos sín­te­sis, que tie­nen di­bu­ja­dos en las ex­tre­mi­da­des opues­tas los de­dos de unos pies in­vi­si­bles... ¡To­ta­li­dad ab­so­lu­ta!

En otro cua­dro es­ta sín­te­sis se ha­ce más ra­di­cal: una fran­ja ho­ri­zon­tal de ma­te­ria es par­ti­da por un cor­te en me­dio que se con­vier­te en el se­xo de una mu­jer –la fran­ja se trans­for­ma en el tra­mo fi­nal en dos pier­nas, que lle­van di­bu­ja­das en las ex­tre­mi­da­des los de­dos de los pies. De­ba­jo de ca­da uno de es­tos pies in­for­mes hay pin­ta­do un za­pa­to, el de un hom­bre en un la­do y el de una mu­jer en otro. Mas­cu­lino y fe­me­nino no só­lo no se opo­nen, son in­se­pa­ra­bles. “El cuer­po es el gran poe­ma”, di­ce Wa­lla­ce Ste­vens, en un afo­ris­mo. Es el poe­ma, po­dría­mos con­cluir no­so­tros.

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