Úni­co tes­ti­go. 1986

La Vanguardia - Culturas - - Pantalla|s -

Una de las es­ce­nas más cé­le­bres de Úni­co tes­ti­go es aque­lla que sir­ve de de­to­nan­te de to­do el re­la­to: cuan­do el pe­que­ño Sa­muel ob­ser­va sin que­rer un ase­si­na­to. El plano de la mi­ra­da del chi­co a tra­vés de la ra­nu­ra de una puer­ta es to­do un em­ble­ma de la pe­lí­cu­la. Los ojos de Sa­muel tam­bién son el eje en torno al que gi­ra otra es­ce­na: cuan­do es­te se en­tre­tie­ne ob­ser­van­do los dis­tin­tos rin­co­nes de la co­mi­sa­ría has­ta des­cu­brir la foto del hom­bre que co­me­tió el ase­si­na­to. Con pul­so clá­si­co, Weir pres­cin­de de las pa­la­bras pa­ra ex­pli­car uno de los gi­ros más im­por­tan­tes de la pe­lí­cu­la.

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