La Vanguardia - Culturas

Clara Peya, la revolución de la vulnerabil­idad

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NURIA CUADRADO

Su sinceridad llega a resultar dolorosa. Su generosida­d al compartirs­e, abrumadora. Y es así fuera y dentro del escenario. Clara Peya (Palafrugel­l, 1986) es un torrente que puede destilar dolor pero que, cuando baja calmo, rezuma belleza.

“Tengo aspecto de dura, pero soy muy frágil. La apariencia es pura carcasa”, dice esta creadora (negro en el perfilado de los ojos, en la ropa, en los tatuajes que marcan su cuerpo…) que admite que, si se muestra, si se desnuda,sidescubre­sussecreto­s,esporque eso le ayuda a hacerse más resistente: “La exposición genera ruido, pero también soledad. Creo en una revolución de la vulnerabil­idad, creo que cuando nos mostramos también nos hacemos más fuertes”, reconoce. Así que, siempre guerrera, siempre peleona, ha decidido embarcarse y hacer suyas todas las batallas a las que la vida la ha arrastrado (mujer, diagnostic­ada de trastorno obsesivo-compulsivo –TOC–…) y convertirl­as en arte como pianista, como creadora. Y, poco a poco, paso a paso, va derrotando enemigos y arrebatánd­oles territorio­s. Como artista, su última conquista (aunque no parece dejarse obnubilar por los honores, ni por las medallas, ni por las palabras grandilocu­entes), es el Premi Nacional de Cultura que le entregaron a principios del pasado mes de julio (galardón que distingue su “alto compromiso creativo con la libertad de expresión en escena, que llena de energía transgreso­ra desde una perspectiv­a de género”) y que ella recogió con un discurso en el que defendió su manera de entender el arte y la cultura: siempre reivindica­tivos, siempre accesibles.

Para saber de los principios de Clara Peya hay que mirar tres décadas atrás. Exacto: a cuando tan sólo tenía tres años. Fue entonces cuando empezó a tocar el piano. Su abuela y su tía también la habían precedido. Y también se inició su hermana, Ariadna, aunque ella lo dejó por la danza (de la que su madre es también una enamorada: fue figurante en el espectácul­o de Peeping Tom que se vio durante el último Grec). Hija de una familia acomodada, lo que siente como un verdadero privilegio, durante años pensó que odiaba el piano, hasta que finalmente Suite TOC núm 6. Su creación más reciente, también con Les Impuxibles, estrenada la pasada primavera, sobre la (des)estigmatiz­ación de los trastornos mentales AÜC. Espectácul­o de Les Impuxibles, la compañía que comparte con su hermana Ariadna y que, tras estrenarse en el Grec 2017 ha recorrido diversos festivales y escenarios lo sintió como su gran aliado y como su mejor amparo. “La creación ha sido mi refugio”, un abrigo que le permitía escapar del pozo oscuro de sus obsesiones para adentrarse en otra obsesión, cierto, pero esta mucho más luminosa.

Clara Peya padece trastorno obsesivo-compulsivo desde niña, aunque no se lo diagnostic­aron hasta haber cumplido los veinte años. Recuerda de sus tiempos de colegio los episodios de bullying, un mal que advierte “no es de ahora, siempre ha existido, siempre en contra del que es diferente… y ya entonces mi expresión de género era muy distinta a la del resto”. Así que sí, que Clara Peya necesitaba de ese refugio que encontró en el piano, un instrument­o que estudió primero con clases particular­es y después con una formación reglada. “No me interesa la manera que tienen de enseñar. No me interesa el sistema educativo porque lo que pretende es dejarte sin una voz propia. Tardé en darme cuenta, pero esos años de aprendizaj­e también me han servido, porque tomé lo que me ofrecieron y ahora hago con ello lo que quiero”, apunta Clara, que primero se adentró en la música clásica en la Escuela Superior de Música de Catalunya, después marchó a formarse hasta San Petersburg­o (“tuve que volver: me añoraba”, admite a la vez que recuerda la homofobia que allí se respiraba)

Su música bebe de la clásica y el jazz, el pop y la electrónic­a, en composicio­nes a veces frágiles, otras rabiosas

y continuó en el Taller de Músics adentrándo­se en el universo del jazz. Y entre todas esas aguas navega su música que bebe de la clásica y el jazz, de la electrónic­a y el pop, y se embarca en unas composicio­nes, a veces frágiles, otras rabiosas, pero siempre fascinante­s. “Antes decía que mi música era punky-romántica. Ya no. Ha cambiado. He descubiert­o mi lado oscuro”.

“Me he sentido muchas veces Copito de Nieve. Muchas veces he tenido que escuchar aquello de para ser chica, tocas muy bien”, admite con tristeza esta pianista que grabó su primer disco propio en el 2009, Declaracio­ns, al que han seguido +Declaracio­ns (2011), Tot aquest silenci (2012), Tot aquest soroll (2013), esPiral (2014), Mímulus (2015), Oceanes (2017) y, el último, Estómac, una deconstruc­ción de la imagen del amor romántico, el que se viste de la factoría Disney y el príncipe azul.

Su trabajo como compositor­a y pianista (ahora también, a veces, can

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