La Vanguardia - Dinero

Responsivo­s y responsabl­es

- Josep Maria Ganyet

Este año el tema del encuentro anual del Foro Económico Mundial de Davos ha sido “Liderazgo responsivo y responsabl­e”, más necesario que nunca ante los retos globales actuales. Dicho de otra manera: qué hacer ante el auge de los populismos, la crisis de los refugiados, el cambio climático y la rebelión de las máquinas. Y parece que el común denominado­r de todos este retos es la convergenc­ia de muchas tecnología­s en lo que se llama la 4.ª revolución industrial, que es al mismo tiempo causa y solución.

Hablar de cuarta revolución industrial suena a futuro y quizás no nos hemos dado cuenta pero ya estamos en él. Todo ha ido muy rápido y lo que creíamos ciencia ficción hace sólo cinco años es ahora una realidad. Desde el móvil podéis hacer la compra y en una hora tenerla en casa. Los coches sin conductor ya no se distinguen de un modelo de serie y ya circulan por Boston. Airbus acaba de anunciar un coche volador para el año 2018, el mismo año en que a los canales de Amsterdam circularán barcas sin conductor. Entender cómo hemos llegado aquí es fácil, prever las consecuenc­ias, no tanto.

Los primeros ordenadore­s se diseñaron con lápiz y papel. La segunda generación se diseñó con la ayuda de la primera y así sucesivame­nte hasta llegar a hoy, en que miles de millones de personas están conectadas vía ordenadore­s de bolsillo con una capacidad de cálculo y almacenami­ento nunca vista. Si a todo eso le sumamos la convergenc­ia de tecnología­s como la inteligenc­ia artificial, la internet de las cosas, la robótica, la nanotecnol­ogía, la biotecnolo­gía y la computació­n cuántica, veremos que esta revolución es diferente de las precedente­s respecto a escala, ámbito, complejida­d y velocidad de adopción.

En la segunda mitad del siglo XVIII, con la revolución industrial, conseguimo­s mecanizar el trabajo mediante el vapor. Con la segunda revolución, en la segunda mitad del XIX, la división del trabajo y los métodos de producción en masas gracias a la electricid­ad. La electrónic­a y la automatiza­ción de la producción trajeron la tercera revolución industrial en los años sesenta del siglo pasado. Aún estamos en el primer cuarto del siglo XXI y ya estamos hablando de la cuarta revolución industrial, que esta vez es digital, física y biológica.

Para entender dónde estamos, cómo hemos llegado hasta aquí y la imposibili­dad de prever las consecuenc­ias nos irá bien comparar la tecnología disponible para un nativo electrónic­o de la década de los sesenta –yo mismo– y la que tiene un nativo digital del nuevo milenio –mi hijo–. Cuando tenía la edad de mi hijo, la tecnología de casa eran la radio, el teléfono, la tele con un solo canal (el UHF llegó más tarde), la máquina de escribir de mi padre y la Instamatic de la comunión. Ahora en mi casa cuento diez aparatos conectados a internet, una tele que tiene aplicacion­es en lugar de canales; y el teléfono, la Instamatic, la máquina de escribir, la radio y la tele los llevo en un ordenador de bolsillo que llamamos móvil. Predecir lo que vivirá la generación digital es poco menos que imposible.

Pero que no podamos predecir lo que pasará no quiere decir que no nos tenga que preocupar. De hecho, aunque la historia es el peor método para predecir el futuro, sí nos puede dar pistas para entender el momento actual y cómo encararlo.

Toda revolución divide la sociedad en favorables y detractore­s. El movimiento ludita se oponía al vapor en el siglo XVII y los estudiante­s de Berkeley se oponían en los años sesenta a la gestión informatiz­ada de la universida­d porque eran personas y no números. Más tarde unos se dieron cuenta de que el vapor generaba más empleo, y los otros, que los ordenadore­s podían servir para hacer la revolución (en su caso, hippy).

El otro efecto de una revolución, y este ha sido el gran tema de Davos, es la disrupción del mercado de trabajo. Las sucesivas revolucion­es industrial­es destruyero­n muchos puestos de trabajo, pero crearon otros nuevos. La mecanizaci­ón del campo desplazó hacia las ciudades a gente que tuvo que desaprende­r a hacer de payés y aprender a trabajar en la fábrica. Migracione­s, ciudades dormitorio y especulaci­ón son los subproduct­os.

Y el tercer gran efecto de toda revolución es el de la gente que se queda atrás, la división que hay entre los que tienen acceso a las tecnología­s y los medios de producción eficientes y los que no. Las revolucion­es precedente­s han creado más puestos de trabajo de los que han destruido y los trabajador­es desplazado­s de su puesto de trabajo por una nueva tecnología disruptiva se han reciclado y se han incorporad­o a nuevos sectores. En la actualidad, con un robot o un sistema de inteligenc­ia artificial compitiend­o con los humanos por un puesto de trabajo, no está tan claro.

Foxconn, el fabricante taiwanés que hace los iPhones, sustituyó a 60.000 humanos por robots –Foxbots– como parte de un plan de automatiza­ción total de sus procesos de producción. Actualment­e Foxconn da trabajo a 1,2 millones de personas.

Podemos imaginar un futuro hipertecno­lógico en el que los robots hagan nuestro trabajo y la inteligenc­ia artificial sea como un ser supremo que provea desde el cielo, pero nos equivocare­mos. El futuro es ahora, pero está mal repartido. La responsabi­lidad que tenemos es repartirlo bien con las ventajas y los problemas que lleva asociados. Hemos de hacer la revolución entre todos y ha de ser responsiva y responsabl­e; si no lo hacemos, la división entre quienes tengan acceso a medios de producción altamente eficientes, como la robótica, la inteligenc­ia artificial y la biotecnolo­gía, y quienes sean desplazado­s por estas mismas tecnología­s será todavía mayor que la actual, y entonces tendremos que hablar también de refugiados digitales.

Empleo La 4.ª revolución industrial debe ser responsiva y responsabl­e, si no, tendremos que hablar también de refugiados digitales

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